Columnistas

La cívica y la ética en los partidos políticos
Autor: Luis Fernando Múnera López
10 de Agosto de 2015


políticos, los tradicionales y los emergentes, de la gravedad que entraña el vergonzoso espectáculo que han dado con la “feria de los avales” y con los pactos y componendas para seleccionar sus candidatos a las próximas elecciones?

luisfernandomunera1@une.net.co


¿Se darán cuenta los dirigentes de los partidos políticos, los tradicionales y los emergentes, de la gravedad que entraña el vergonzoso espectáculo que han dado con la “feria de los avales” y con los pactos y componendas para seleccionar sus candidatos a las próximas elecciones? Tristemente, no parece. O puede que sí, pero no les importa.


Lo menos que los ciudadanos esperamos de los partidos políticos es coherencia ideológica y propuestas de gobierno que sean acordes con los principios que dicen defender. Y con las necesidades reales de la comunidad. Pero lo que ellos —con algunas excepciones— nos han dado en esta elección de candidatos a gobernaciones y alcaldías ha tenido de todo menos eso. No hubo debates por ideas, sino búsquedas oportunistas y coyunturales de opciones personales 


Lo sucedido con los candidatos a la Gobernación de Antioquia del Partido Conservador Colombiano y del Centro Democrático es vergonzoso. Cito estos dos ejemplos, que no son los únicos, por el gran peso ideológico y político que dichas colectividades tienen en la vida colombiana, pero cuyos principios e ideales esta vez brillaron por su ausencia.


Nuestra Constitución Política define a Colombia como una democracia participativa, modelo político que facilita a la ciudadanía expresarse, asociarse y organizarse de tal modo que pueda ejercer una influencia directa en las decisiones públicas. A esto se agrega que las redes sociales permiten a toda la gente expresar de manera libre y masiva sus necesidades y sus opiniones. 


Los colombianos venimos aprendiendo a utilizar estas dos herramientas, una política y la otra tecnológica. Las movilizaciones sociales callejeras son frecuentes y el uso de las redes sociales es intenso. Lo que allí se encuentra es de hondo contenido, pero adolece de un problema y es la falta de estructura y de cohesión. La gente se manifiesta individualmente, pero nadie recoge esas expresiones, las elabora y las presenta de forma coherente. 


Los partidos políticos deberían hacer esta tarea, recoger y canalizar las demandas sociales, para convertirlas en propuestas en los respectivos programas de gobierno.  Eso sí, enmarcadas en la ideología, los principios y los ideales que cada partido dice defender. Y después de analizar y priorizar las verdaderas necesidades, con el fin de evitar costosas desviaciones hacia asuntos que no son esenciales.


La cívica es la disposición del individuo de interesarse por los asuntos de la comunidad en que vive, comprender los procesos y las instituciones que la conforman, conocer y cumplir sus normas, vivir de manera respetuosa con la sociedad y con sus instituciones, y trabajar, en cualquier actividad que desempeñe, de tal forma que aporte al desarrollo de esa comunidad.


Esta verdad tan sencilla y tan lógica no es ni evidente ni efectiva en nuestra vida diaria en Colombia. Nos falta formación para conocer, entender y aplicar estos principios. Y por tanto necesitamos educarnos para ello. La cívica y su hermana la ética deben enseñarse, como se enseñan la geometría, la gramática, la historia y la geografía.


Existen dos foros naturales y necesarios para esta enseñanza: el hogar y la escuela. Los asuntos públicos, las necesidades de la comunidad, las posiciones ideológicas deberían ser objeto de diálogo constructivo y permanente en la mesa del comedor y en el sofá de la sala de nuestra casa, cuando nos reunimos en familia. Y también deberían formar parte, como lo era antes, de los programas de estudio en escuelas, colegios y universidades.


Los partidos políticos y, en especial, sus dirigentes también están llamados a trabajar por la formación cívica de sus electores. Sus propuestas deben presentarse de una manera tan sólida que el ciudadano vea en ellas una intención clara, un análisis de las necesidades prioritarias de la comunidad, un contenido ideológico coherente y una actitud ética. ¿Serán capaces de hacerlo?


Los dirigentes políticos deben entender que las campañas son de corto plazo, pero las ideas —y los partidos— son de largo plazo. Al menos deberían serlo. ¿Será pedirle peras al olmo?