Columnistas

Pablo Montoya: el escritor humanista
Autor: Dario Ruiz G髆ez
10 de Agosto de 2015


La belleza aparece en el humanismo griego como el objetivo que las disciplinas del esp韗itu exig韆n: el equilibrio, la proporci髇, la armon韆.

La belleza aparece  en el humanismo griego como el objetivo que las disciplinas del espíritu exigían: el equilibrio, la proporción, la armonía. O sea la respuesta que da la razón al desorden de la naturaleza y sobre todo a la inclemencia de los mitos telúricos. De este modo y luego del riguroso aprendizaje  de unas disciplinas se podía acceder a la comprensión de la belleza, se podía contar con ideales pues la belleza es el paradigma supremo de éstos. “La belleza, aclara Thoureau, es siempre un problema moral” Y lo dice frente al carnaval de los nuevos ricos que confunden belleza con gusto y este con poder económico. La búsqueda de la belleza entraña una dispendiosa senda hacia la soledad en tiempos donde ya los dioses han abandonado el escenario. Frente a la opulencia, ascesis, para que la mirada permanezca  atenta a ese  instante que no se volverá a repetir. Tarea del espíritu para hacer frente al acecho permanente de las irracionalidades que buscan el regreso de la bestia. Ante el tumulto y el crimen que lo rodean, Montaigne se retira a su torre, a sus libros y señala en el intelectual moderno  la renuncia a los espejismos del poder, a los fastos cortesanos. Esta tradición moral es la que Pablo Montoya reclama como su tarea en el hermoso y profundo discurso que dio para agradecer la concesión del premio Rómulo Gallegos. El escritor como humanista en tiempos difíciles asediado por la barbarie atávica disfrazada de redención política, pero también por la nueva barbarie del consumismo, de la literatura como mercancía, de la sustitución del intelectual por escritores sin escritura inventados por la publicidad. 


A través de la vida de Le Moyne, Dubois, de Bry, sumergiéndose en las peripecias de sus vidas en tiempos de crueldad, queda en claro que su “Tríptico de la infamia” es ante todo la búsqueda de la belleza como tarea de hacer reconocible, lo que hasta entonces se perdía en la vastedad de lo ignoto, en las limitaciones de un conocimiento dominado por la superchería. Ese intento de “juntar la moral del cielo con la moral de la tierra”, de ensanchar el horizonte de la razón ante la delirante pulsión del fanatismo y que olvidando los paradigmas del humanismo da paso a íconos vacíos, a irracionalidades disfrazadas de profecías políticas inhumanas. “Los desastres de la guerra” de Goya, los nuevos Leviatanes, una constante de horror donde se encubren los beneficiarios directos de matanzas y nuevos holocaustos. Es cierto, como señala Pablo que en Colombia no son cincuenta años de violencia sino la constante histórica de la barbarie oponiéndose ferozmente a cualquier proyecto de creación de una república, ofensa y ensañamiento contra el inocente para dejarlo sin nombre, persecución de los espíritus libres. Ofensa a la razón y a la cultura. La belleza, suplantada por las fosas comunes.


La desaparición del escritor humanista supone la  desaparición del crítico de su tiempo, aquel que busca la palabra que pueda convertirse en señal de esperanza luego de estas expresiones de mercantil intemperancia o de totalitarismo político. Aquí Pablo sabe afirmar su independencia mostrando su libertad en el lenguaje, acudiendo al asombro del Andréi  Rubliov, que abre los ojos estupefactos ante la saña de la intolerancia.  ¿Qué patria puede habitar el extrañado Saer? ¿Qué patria puede acoger la grandeza de Sanín Cano? Escribir, recuerda Pierre Bergounioux, es comenzar a extrañarse a si mismo pues la escritura es el comienzo de ese caminar hacia, hacia lo imprevisible, buscando lo que los antiguos buscaron, reto que suelen evadir los mediocres. Gracias Pablo.