Columnistas

Centralismo, territorio y paz
Autor: Álvaro González Uribe
8 de Agosto de 2015


Hace poco escuchaba un programa nocturno de una conocida cadena radial en el que varios panelistas acostumbran discutir diversos asuntos de interés nacional.

@alvarogonzalezu


Hace poco escuchaba un programa nocturno de una conocida cadena radial en el que varios panelistas acostumbran discutir diversos asuntos de interés nacional. Esa noche el tema propuesto por el director eran varias encuestas electorales realizadas en diversas ciudades del país. Pese a las directrices y a ser un programa de alcance nacional, cerca del 95 % de su tiempo estuvo dedicado a Bogotá y el resto a Cali y Medellín (las otras ciudades ni existían).


La sola cantidad de tiempo dedicada a la Capital dice mucho sobre el arraigo del centralismo en Colombia, pero lo más grave no fue eso. Me impresionó el craso desconocimiento que los ilustres panelistas tenían sobre asuntos elementales de ciudades diferentes a Bogotá. Lo peor era la forma como pontificaban sobre diversos candidatos y hechos de Medellín, con una seguridad pasmosa, confundiendo dirigentes, candidatos y procesos políticos.


Aunque desinformar a los oyentes es ya reprochable de por sí, este programa radial es solo una muestra de un mal que sin duda es de los más grandes escollos para el desarrollo y la paz de Colombia: el centralismo extremo en todos los órdenes que no permite la adopción de políticas públicas y medidas pertinentes que impacten todo el territorio, en especial si se trata de un país como el nuestro de tan inmensa diversidad geográfica, cultural y política.


Desde hace mucho tiempo, en especial desde la Constitución de 1991, se está hablando de modificar el modelo territorial de Colombia, en concreto de que el Congreso se ocupe de una verdadera ley orgánica de ordenamiento territorial, LOOT. Digo verdadera ley, porque hace algunos años se expidió una ley de ordenamiento muy parca, que solo toca algunos aspectos que poco o nada han servido para que aprovechemos de manera integral nuestro rico y diverso territorio.


El error comienza con el entendimiento de la noción de territorio. Aún conservamos la visión antigua simple y estática, pues excluimos de dicho concepto fenómenos y realidades que le son propias y por tanto lo integran, como las economías, las culturas, los climas, los desarrollos, y, lo más elemental: también realidades físicas como el subsuelo, el espacio aéreo, y los mares y sus profundidades. Todavía concebimos el territorio solo como la superficie sólida y el ordenamiento simplemente como unas fronteras entre departamentos y demás entidades territoriales.


Hoy más que nunca, cuando estamos en medio de un proceso de paz con las Farc, es imperativo entender el territorio como debe ser, pues gran parte de las problemáticas que se discuten en La Habana están relacionadas con la tierra, la producción y economía campesina, y las realidades sociales de las regiones. Por ello se habla con acierto de una paz territorial. Para comprender las causas de la guerra, sus dinámicas y la forma de terminarla, es indispensable comprender los territorios escenarios de los tres fenómenos, pero los territorios en ese sentido moderno integral.


Por ejemplo, nos acostumbramos a hablar de un solo conflicto con las Farc y ello tiene sentido porque tanto la estructura constitucional del Estado como la estructura organizacional de dicha guerrilla son centralistas. Sin embargo, se trata de diversos conflictos que responden a la realidad de cada región. No son lo mismo la guerra y la paz del Cauca que las de Antioquia, como tampoco las del Chocó que las del Guaviare.


Incluso, entendamos de una vez que cuando se firme la paz en La Habana ciertos territorios seguirán en conflicto, y no solo por la presencia del Eln y las bacrim, sino porque su dinámica ha tomado otros rumbos que se separan de la estructura de mando de las Farc, dado que las motivaciones para que allí continúe la violencia están marcadas por ser zonas con especiales características que favorecen la ilegalidad, tales como sociedades e instituciones débiles, áreas propicias para cultivos ilícitos y minería criminal, y corredores estratégicos para el narcotráfico, el comercio de armas y la trata de personas.