Columnistas

Escombrera y conflicto urbano
Autor: Jorge Mejía Martinez
5 de Agosto de 2015


La decisión de la Alcaldía de Medellín y la Fiscalía General de la Nación de meterle el diente a la tierra y los escombros para escarbar la verdad de decenas de desaparecidos fue una bocanada de oxígeno en un ambiente enrarecido por la indolencia de una institucionalidad que durante muchos años hizo caso omiso del clamor de madres, hermanos e hijos

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La decisión de la Alcaldía de Medellín y la Fiscalía General de la Nación de meterle el diente a la tierra y los escombros para escarbar la verdad de decenas de desaparecidos fue una bocanada de oxígeno en un ambiente enrarecido por la indolencia de una institucionalidad que durante muchos años hizo caso omiso del clamor de madres, hermanos e hijos de buscar a sus familiares para hacer el duelo y paliar el dolor producido por la incertidumbre de no saber con certeza la verdad de su suerte. Esa indolencia se tradujo en resentimiento contra el Estado sordo y mudo. 


La intervención en La Escombrera movilizó a los medios de comunicación nacionales y foráneos. Ha sido la oportunidad para que cronistas y reporteros nos hagan llegar una y otra vez la voz de las víctimas con sus historias de sufrimiento acumulado y peregrinar incansable tocando las puertas que no se abrían. El gran mérito de la decisión del Gobierno local y la Fiscalía es el de visibilizar a esas valientes mujeres, que le ponen rostro al largo conflicto y al añorado posconflicto.


Pero ha faltado el análisis que permita articular lo ocurrido en la comuna 13 con las particularidades del conflicto urbano en Medellín en los últimos 30 o 35 años de violencias que hicieron de la ciudad, a comienzos de la década del 90 y según la tasa de homicidios por cada cien mil habitantes, la más violenta del mundo. Por ello, de manera simultánea, la Alcaldía de Medellín a través del Museo Casa de la Memoria trabaja en dos direcciones: construir un relato histórico de lo ocurrido en la comuna 13, alrededor de La Escombrera,  de manera conjunta con las víctimas para saber qué pasó antes, en y después de las operaciones militares como Mariscal y Orión, sus resultados y consecuencias; y con el Centro Nacional de Memoria Histórica y el Ministerio del Interior elaborar el Informe Medellín ¡Basta ya¡, cuyo objetivo general es“Construir un relato sobre la memoria histórica del  conflicto armado y las violencias que ha vivido Medellín en el periodo 1980-2013 mediante la identificación de patrones de violencia, formas de victimización, impactos poblacionales y territoriales diferenciales y las respuestas que se han generado desde la sociedad y la institucionalidad”. 


La historia de la comuna 13 será uno de los más importantes hitos del ejercicio de memoria histórica próximo a escribirse en Medellín como expresión del conflicto armado urbano, tan poco abordado por los expertos y relatores del conflicto armado nacional y en las mismas conversaciones de la Habana, lo que explica en parte la apatía de la población citadina respecto a lo que se conversa entre el gobierno y las Farc. 


También estamos en mora de abordar otros hitos que la memoria colectiva ya echó al olvido: los carros bombas de Pablo Escobar, en particular el de La Macarena, el asesinato de cerca de 500 policías a millón por cabeza dependiendo del grado del uniformado, las masacres de Villa Tina y discotecas de la ciudad, la persecución a algunas ONG y colectivos de sindicalistas, defensores de DDHH, mujeres y lideres sociales. 


Con La Escombrera se revive la esperanza de las víctimas, que sin embargo no dejan de tener los pies sobre la tierra ante la inmensidad del reto. La obligación de la institucionalidad es demostrar que cualquier propósito de paz y reconciliación tendrá razón de ser si las víctimas son el centro de atención en aras de la verdad, la justicia, la reparación y la no repetición. Por ello no dejan de ser irresponsables los llamados a que saldemos la deuda acumulada con los familiares y amigos de los desaparecidos de la Comuna 13 con una simple declaratoria del lugar como Campo Santo, sin antes hacer un esfuerzo real por arañar la tierra y los escombros hasta encontrar lo que quede de ellos.