Columnistas

El cero y el infinito
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
4 de Agosto de 2015


Tal vez al lector de estas líneas le ha ocurrido lo que ocasionalmente pasa con los libros, que se comportan como familiares y vecinos más o menos desconocidos: por años se da la ocasión fugaz de verlos, los saludamos levemente, ansiando en secreto una ocasión que nunca llega: la de sentarnos a compartir un café o un vino y un buen rato de conversación.

Tal vez al lector de estas líneas le ha ocurrido lo que ocasionalmente pasa con los libros, que se comportan como  familiares y vecinos más o menos desconocidos: por años se da la ocasión fugaz de verlos,  los saludamos levemente, ansiando en secreto  una ocasión que nunca llega: la de sentarnos a compartir un café o un vino  y un buen rato de conversación. Este fue el caso de uno de los títulos que mantuvo por años un discreto anonimato, oculto  entre los estantes de mi biblioteca. Allí estaba, siempre entre los pendientes de leer: El cero y el infinito, una inquietante novela, comparable a la del proceso kafkiano y a los archipiélagos Gulag. Una buena tarde, por fin, se ha propiciado el encuentro. La leo y encuentro que se trata, en resumen, de una de las obras literarias de la mejor calidad y envergadura humanística del siglo XX.


Su autor, el húngaro Arthur Koestler fue protagonista de los procesos políticos e históricos más importantes del siglo XX. Conoció de cerca los procesos de 1935, cuando el dictador Stalin personalmente se ocupó de las purgas, del homicidio de todo aquel que representase un peligro para su poder superior al de cualquier zar, amparado en las quimeras de la dictadura del proletariado soviético, una de las formas más crueles  de socialización de la felicidad  de los seres humanos en esas interminables décadas. De modo contemporáneo al totalitarismo soviético se dio el nacionalsocialismo hitleriano, que argumentando cuestionables ideales de nación y de raza, convirtió a toda Europa en un desolado campo de sangre, de bombas, de alambradas, y en fin, de pérdida del sentido de lo humano. En los totalitarismos el individuo no cuenta, cuenta la quimérica supremacía  del estado y de los imaginarios intereses comunitarios  por encima de la dignidad de la persona.


En El cero y el infinito -Oscuridad al mediodía sería una traducción más precisa pero menos poética del título- se pone de manifiesto lo que sucede cuando el poder totalitario enfrenta –y de paso elimina- a las personas concretas que en determinado momento chocan contra la voluntad del dictador y  su séquito. El ser humano, reducido a la condición de parte mecánica e intercambiable de un entramado social, pierde su dimensión de dignidad y es aniquilado. ”En el partido la muerte no era un misterio, no tenía nada de romántica. Era una consecuencia lógica. Un factor con el que se contaba y que tenía un carácter más bien abstracto. Por otra parte, rara vez se hablaba de ‘muerte’, y no se empleaba casi nunca la palabra ‘ejecución’; la expresión habitual era ‘liquidación física’. Estas palabras no evocaban más que una sola idea concreta: el cese de toda actividad política. El acto de morir no era en sí más que un detalle técnico, sin ninguna pretensión de interesar. La muerte como factor en una ecuación lógica había perdido toda característica humana”.


Con el doloroso relato de Koestler no puede uno dejar de cuestionarse sobre la tremenda paradoja del tropical avance de los poderes totalitarios comunistas en América Latina. Bajo el signo de la hoz y el martillo, un signo de putrefacción en la adolorida Europa eslava, hoy superado, pero vivo en la producción exportadora de la isla caribeña, crecen las fuerzas de la izquierda latinoamericana. Resulta que en nuestra región continúa siendo imagen y signo de engañosos ideales. Por todos los límites de Colombia, desde el Caribe hasta las llanuras y las selvas tropicales,  a nuestro país lo rodean regímenes de inspiración marxista leninista. Y como cosa curiosa, en el interior de nuestros procesos electorales los comunistas-teñidos de diferentes colores (amarillo, verde, rojo, incluso azul) progresan en sus aspiraciones y en el ejercicio de un poder que no están dispuestos a dejar. La izquierda progresa, disfrazada de un “socialismo light”, en el fondo no es más que la repetición de los colosales errores políticos del siglo pasado: la aniquilación de la persona, sustituida por la idolatría a los poderes totalitarios.