Columnistas

Peste electoral
Autor: Rubén Darío Barrientos
30 de Julio de 2015


El Ministerio del Interior, escrutó los antecedentes de los aspirantes a los cargos de elección popular que van a competir en los comicios del entrante 25 de octubre.

rdbarrientos@une.net.co


El Ministerio del Interior, escrutó los antecedentes de los aspirantes a los cargos de elección popular que van a competir en los comicios del entrante 25 de octubre. La verdad es que no hay derecho a que la friolera de 9.824 no puedan participar, por su pestilente actualidad. Óigase bien: se hallaron 6.260 con antecedentes judiciales; 3.514 estaban inhabilitados o sancionados por la Procuraduría y 50 tenían sanciones fiscales. ¡Una vulgaridad! ¿Dónde están los comités éticos de los partidos? ¿Dónde están los principios de los aspirantes? ¿Dónde están los filtros de las campañas? ¿Dónde habita la honradez de quienes van a dirigir los destinos de este país?


Ahí está el reflejo de una politiquería que tiene reventadas las bases de los partidos en Colombia. Navegamos en las aguas turbias de la inmoralidad y de la desvergüenza. Sumémosle a ello, que confirman los voceros gubernamentales la recepción de 1.124 denuncias sobre delitos electorales, especialmente por trashumancia electoral, fraude en inscripciones de cédulas e intervención en política de servidores públicos. Apenas en julio y ya hay instauradas 700 denuncias por trashumancia electoral. Lo de trasteo de votos, parece inacabable. ¡Qué peste la que nos invadió!


La Misión de Observación Electoral (MOE) habla, escribe, denuncia y revela las coordenadas de la corrupción. Pero, todo se convierte en letra muerta. No pasa nada. Cada vez crece como espuma la indecencia. Los ilegales influyen en las fechorías y el país está más y más desprotegido contra los políticos corruptos. ¿Cómo recuperar el ejercicio de la política en Colombia, si imperan el clientelismo, el voto comprado y las promesas? Qué esperanzas puede uno tener si en muchas partes de nuestra amada patria, hay más inscritos que votantes.


Se dice que los pueblos tienen los dirigentes que se merecen. Y otros agregan que “si existe una clase política oscura es porque existe un pueblo corrupto”. Campean el uso indebido del poder y los beneficios personales. Los cohechos, las mordidas, los serruchos, los sobornos, las coimas, las dádivas, las tajadas y las liguitas, son palabrejas de un diccionario miserable. El mismo, donde parece no encontrarse términos como: honestidad, rectitud, pudicia y transparencia. Nos encanta decir que “hecha la ley, hecha la trampa”. Un conferencista dijo una vez que “la corrupción destruye la eficiencia del estado”. 


En efecto, la corrupción revienta la credibilidad, porque refleja el uso indebido del poder. Muchos creen que este mal ya no se puede desarraigar y es porque no hacemos esfuerzos por exterminarlo. Los resultados del Barómetro de Las Américas, revelaron que “en Colombia, la percepción de la corrupción alcanzó 79,6 puntos, ubicándolo como el segundo país con mayor índice de corrupción del continente, únicamente superado por Venezuela con 80 puntos”. Si vemos, hay un penoso empate técnico entre los dos países. El mismo estudio (de mayo de este año), exterioriza que los colombianos tenemos un promedio de casi 40% de desconfianza en los procesos electorales. 


Estamos “llevaos del chiras” como diría cualquier parroquiano. Hemos llegado a niveles insospechados, en donde consideramos pleonasmo hablar de corrupto y servidor público. Por supuesto que no podemos generalizar, pero es dramática la situación. Si queremos mostrar energía de cambio, tenemos que hacinar las cárceles de venales y corruptos. Sin conmiseración con nadie. Pero si la propia impureza está impregnada en quienes podrían ser juzgadores, terminamos tirando la toalla. ¿Cómo sería este país sin la corrupción que se roba la nación? ¡La mejor esquina del mundo, con los mejores deportistas del planeta y con los paisajes más maravillosos de la tierra!