Columnistas

Una discusión alternativa sobre la desigualdad
21 de Julio de 2015


Probablemente uno de los fenómenos por el que los economistas han mostrado mayor interés en los últimos años es el de la desigualdad económica.

Juan Felipe Velez Tamayo


Probablemente uno de los fenómenos por el que los economistas han mostrado mayor interés en los últimos años es el de la desigualdad económica. Particularmente, desde la crisis del año 2008 la desigualdad ha adquirido cada vez una mayor resonancia en los debates públicos. 


La desigualdad no resulta un problema menor en nuestra sociedad actual. Es abundante la literatura científica que documenta que a medida que aumenta la desigualdad puede disminuir la tasa de crecimiento del ingreso per cápita. No obstante, también está el paradigma de aquellas sociedades que abogaron por un sistema que promoviera la igualdad absoluta, suprimiendo la propiedad privada, la iniciativa de mercado, y hasta cierto grado la individualidad, otrora conocidas como el bloque comunista. Al final de la década de los ochenta los países comunistas se vieron estancados tanto en los ámbitos sociales como tecnológicos viéndose obligados a implementar reformas de mercado y adoptar sistemas económicos más abiertos a la iniciativa privada.


Las sociedades modernas, y sobre todo aquellas que han alcanzado unos mayores niveles de bienestar, han trascendido del debate de mercado versus igualdad, y han buscado modelos complementarios que fomenten la igualdad sin obstruir la iniciativa privada, que al final resulta la principal generadora de riqueza.


Los países nórdicos, Suiza, Hong Kong, Singapur, Taiwán y Nueva Zelanda han logrado proveer a sus ciudadanos de manera muy equitativa una red de bienes y servicios tal que les permite tener una calidad de vida superior al resto del mundo sin afectar los procesos del libre mercado, sino todo lo contrario complementándolos. 


A pesar de que todos estos países tienen modelos económicos muy distintos (los países nórdicos optando por un Estado del bienestar fuerte y garantista, mientras que los últimos por un Estado más pequeño y focalizado) todos tienen algo en común: Han apostado por una infraestructura pública educativa de calidad, unos derechos de propiedad fuertes, sistemas progresivos de tributación enfocados en el ingreso de sus ciudadanos y no en las utilidades de las empresas, economías abiertas al comercio y estímulos a la libre competencia.


En Colombia todavía ostentamos la penosa posición de ser uno de los países más desiguales del mundo con un coeficiente de Gini del 0.58 -el país más igualitario, Suecia, tiene un coeficiente de 0.23. 


Y es que aunque contamos con un sistema tributario sumamente regresivo con respecto a los impuestos al ingreso que permite la evasión con facilidad -como así lo documentan los estudios de la economista Juliana Londoño, éste penaliza, a su vez, la generación de riqueza con impuestos que pueden llegar a llevarse el 75% de la utilidades de una empresa en Colombia, según el índice Doing Business del Banco Mundial – de acuerdo con el ranking nuestro país cuenta con una estructura tributaria muy desfavorable para los negocios ubicándola en el puesto 146 en una muestra de 189 economías.


La disparidad en los niveles de educación es otro factor que exacerba la desigualdad en el país, entendiéndose que a mayores niveles de educación se aspira a ingresos más altos en el futuro, los estudiantes Colombianos durante las pruebas pisa en el 2014 al ser evaluados en matemáticas, lenguaje y ciencias quedaron de puesto 61 en una muestra de 65 países.


La disparidad de ingresos también resulta debido a las diferencias entre los empleados formales e informales, una buena parte de la población ocupada se encuentra empleada en el sector informal que muchas veces involucra empleos de poca productividad que no permiten elevar el ingreso y no vinculan a los trabajadores a un sistema de seguridad social. Debido a los altos costos de contratación, uno de los salarios mínimos relativamente más altos de la región y excesivos costos extra-salariales, el país parece estar condenado en el corto plazo a tener casi la mitad de su población ocupada en la informalidad.


Las soluciones para disminuir la desigualdad, al parecer, deben integrar alternativas de mercado con un gasto público focalizado en educación y bienes públicos. Es tarea de la legislación actual, y las futuras, diseñar un sistema tributario progresivo que no incentive a la evasión y no penalice la creación de riqueza, y que sus recursos sean usados para la creación de una infraestructura pública fuerte y un sistema educativo que permita a los individuos tener más oportunidades, flexibilizar la estructura laboral para que más personas puedan acceder a un empleo formal, e incentivar la competencia para así permitir la creación de más empresas y más riqueza. 


Es necesario que nuestros gobernantes entiendan que para mejorar nuestra calidad de vida no solo se debe repartir mejor la torta sino también hacerla más grandes, un trabajo difícil pero necesario si queremos un país más próspero e igualitario.