Columnistas

¿Nuestro destino manifiesto?
Autor: Sergio De La Torre
19 de Julio de 2015


El cuadro de violencia que exhibe Colombia es tan complejo y variado que no cabría definirlo de un plumazo. Pues no es una violencia uniforme, fácil de reconocer por su origen y características, perceptible en sus contornos.

El cuadro de violencia que exhibe Colombia es tan complejo y variado que no cabría definirlo de un plumazo. Pues no es una violencia uniforme, fácil de reconocer por su origen y características, perceptible en sus contornos. Como lo fue, digamos, la de mediados del pasado siglo, que aquí denominamos ”Violencia política”, con sus protagonistas bien identificados, los liberales y conservadores, dos partidos enemigos que tras la Emancipación se alternaron el poder en largas hegemonías que rotaban no por obra de elecciones sino de recurrentes guerras civiles. Dicha Violencia, la última en su género, fue una guerra civil mas, solo que no declarada como las anteriores, en las cuales se enfrentaban, hasta ya entrado el siglo XX, los mismos actores con distinto nombre o etiqueta: gólgotas y draconianos, centralistas y federalistas, rojos y azules. En sus respectivos bandos se alinearon, promediando la centuria, más o menos las mismas fuerzas que animaron las viejas conflagraciones. Vale decir, a un lado los hacendados y criollos ricos, con ínfulas aristócraticas pero sin títulos nobiliarios. Con su incurable nostalgia de la Metrópoli colonial y de su monarquía. También la Iglesia y sus congregaciones, siempre con ellos , en las buenas y en las malas, implacable en la tarea de pulpitiar y anatematizar a los contrarios. Y al otro lado, los herederos del comunero José Antonio Galán, y de Nariño, Caldas, Carbonel, Bolívar y Santander, que habían librado las batallas de la independencia o padecido prisión y muerte. Fruto de la Revolución Francesa y su proyección napoleónica, eran ellos, casi todos y quienes los sucedieron en la cúpula, iluministas, masones y librepensadores. Al revés de los godos de entonces, eran más cercanos a la Europa moderna y laica, en plena floración, que a la España frailuna y medioeval. Su base de apoyo social estaba entre los labriegos del campo y los artesanos (germen de la futura burguesía) en la capital y las villas de provincia que ya despuntaban.


Si algo me he detenido en esta última violencia es porque ahí encuentro algunas de las raíces del largo conflicto actual ,que pugnamos por superar dialogando. Nuestras consabidas guerras se nos complicaron cuando dejaron de ser partidistas para volverse ideológicas (en el peor sentido de la palabra) , por cuenta de la Guerra Fría que envolvió al planeta desde el 46. El comunismo, que pelechaba donde podía, no era más que un simple credo cuasireligioso, vergonzante , inofensivo. Y pasó a ser toda una Iglesia , con su respectiva feligresía (léase militancia) cerrada y dogmática, su Vaticano en Moscú y, como se acostumbra en toda Iglesia, su propio y particular cisma maoista. Mas aún: el comunismo dejó de ser apenas un partido para volverse un imperio militar con tendencia a la expansisón, de donde resultó la Cuba castrista, su satélite o avanzadilla en América.


Las guerras aquí no demoraban mas de mil días y se resolvían en un santiamén, mediante acuerdos joviales, acompañados de chocolate y parva, entre los caudillos cachiporros y azules . Acuerdos que daban paso a gobiernos compartidos como el Canapé Republicano de 1910 y el Frente Nacional del 57. La guerra de ahora, en cambio, tarda décadas en resolverse, porque arrastra esa zaga ideológica (entendida como fe religiosa, repetimos), y lleva el ingrediente del narcotráfico que como una plaga le cayó a Colombia. La guerrilla fariana en todo poroceso de paz simula estar redimiendo a un campesinado que, lejos de quererla, la teme. El sueño de sus comandantes es hacer la revolución “por contrato”. Es decir, en la mesa de las conversaciones, donde no corren riesgos ni les cuesta el mismo sacrificio que, por ejemplo, debió hacer Fidel Castro en la Sierra Maestra hasta alcanzar el triunfo.


Concluyamos diciendo que esta violencia de ahora es más difícil de tratar. Pues, por si no bastara con lo arriba dicho, no es una sola sino varias violencias que, cuando conviene, se entrecruzan, suceden, reciclan y transforman unas en otras. Se trata, en suma, de una combinación de violenciaa distintas que acaban, o acabarán, confundidas en torno a la fuente común que las alimenta : el comercio de drogas, amén de otras modalidades del crimen, igual de sórdidas y letales para la sociedad, como el secuestro, la extorsión y la minería ilegal. Si lo de La Habana cuaja, como lo esperamos tantos, quedarán activos los restantes focos de infección y purulencia: el Eln y las bacrin. La violencia que nos dejó incubada la conquista española con el exterminio sistemático de nuestrso antepasados, los nativos, pesa sobre Colombia como una maldición imposible de conjurar toda ella, según cuentas.