Columnistas

El embalaje final
Autor: Bernardo Trujillo Calle
18 de Julio de 2015


“Tanto va el cántaro al agua hasta que por fin se rompe”, serían las palabras que le sentarían como mandadas a escribir para la guerrilla.

“Tanto va el cántaro al agua hasta que por fin se rompe”, serían las palabras que le sentarían como mandadas a escribir para la guerrilla. Ya lo decíamos en días pasados que de las grandes crisis surgen, paradójicamente, las grandes soluciones, en esta ocasión, la de la paz, cuando parecía que el proceso de tres años se hundiría irremediablemente por cuenta de la brutalidad de los comandantes de la subversión que sin razón se ensañaron contra la población más pobre y el medio ambiente. Lo de Buenaventura y Tumaco y la indiscriminada acción contra oleoductos, torres de energía, y transporte público llenó la tasa de la paciencia y produjo la airada respuesta del gobierno por las voces del presidente y Humberto De la Calle que pusieron en cintura el desmadrado comportamiento de las Farc.


Fue así como la semana pasada hubo algunos hechos de cordura sorpresivos que encarrilaron de nuevo el proceso, poniéndolo a recorrer el tramo final a contrarreloj.  Entonces, lo que por el peso específico de los temas faltantes de la agenda se veían lejanos por la táctica dilatoria que había impuesto la zurumbática dirigencia guerrillera, de pronto cambió. Lo cierto es que jamás habíamos estado más cerca y seguros del final de esta cruenta guerra. “La paciencia se agota”, “el caucho de las palabras ya no estira”, “un día de estos no nos hallarán en esta mesa”, “el proceso está llegando a su fin, por bien opor mal”, “estamos en el peor momento de la crisis”, fueron las frases mágicas que De la Calle, que por realistas y dramáticas, dieron en el blanco y a partir de ellas, como en un juego de cara y sello, ganó la buena suerte de Colombia.


Primero, las Farc decretaron un nuevo cese unilateral del fuego por un mes, ampliado casi de inmediato a cuatro, plazo cabalístico, que será a partir del cual el gobierno también empezará a desescalar bajo precisas condiciones de evaluación de los avances con el preciso objetivo de “acordar sin demora los términos del cese del fuego y de hostilidades bilaterales y definitivo y dejación de las armas, incluyendo el sistema de monitoreo y verificación”. Esto quiere decir, ni más ni menos, que vamos más de prisa de lo esperado, con el inestimable acompañamiento de las Naciones Unidas y Unasur, “de manera directa en la mesa”, en la que ya actúan con ejemplar constancia los países garantes Cuba, Noruega, Chile y Venezuela. Voces sensatas rodean el proceso de paz para ponerle fin a la antigualla de un conflicto protagonizado por una subversión sin ideales, ni porvenir y estancada en el tiempo.


Hay que dar por terminado el vocabulario eufemista y entrar de una vez a llamar las cosas por su nombre: cese del fuego bilateral, entrega total de armas, concentración de tropas guerrilleras, justicia alternativa sin rejas, incorporación de la subversión a la política democrática etc. etc. No permitamos que esta esperanzada paz se enrede otra vez en la sinuosa retórica de quienes desde hace rato agotaron su oportunidad de conseguir la paz mediante el exterminio “hasta del último guerrillero”. El sentencioso nuevo Comandante del Ejército, General Alberto Mejía dijo: “Soy un hombre de guerra y quiero ser arquitecto de la paz”.  Y agregó esta otra frase lapidaria: “Con la paz garantizaremos la seguridad de las Farc hasta con nuestras vidas”.


Démosle crédito al General Mejía, que es un hombre culto y sensible.  Pero también al papa Francisco, a las 26 congregaciones religiosas de “todas las confesiones y creencias”, a los jefes de Estado de América y Europa, a los pacifistas del mundo que nos vienen acompañando y a los líderes de la no violencia, muchísimos por cierto que nos vienen apoyando desde dentro y desde fuera, porque es el momento de traerle a los colombianos, incluyendo a los guerreristas enemigos de la convivencia, una paz definitiva, merecida y esperada.


El polígrafo se tendrá que popularizar como instrumento de control para los funcionarios de Estado. No sólo para los contratistas, sino para los que tienen la facultad de ordenar los gastos, celebrar los contratos y responder por la probidad de la administración pública.  El que nada debe nada teme. No podría tenerse como prueba deshonrosa si se eleva a exigencia sine qua non.  ¡Necesitamos un Congreso que dicte la ley!