Editorial

Obama vuelve a triunfar
16 de Julio de 2015


Una conclusi髇 le da la vuelta al mundo. Esta negociaci髇 es el verdadero legado de Obama a nuevas formas de relaciones en el mundo.

Gran parte del mundo coincide en aplaudir el trascendental acuerdo suscrito por las potencias de Occidente, entre las que se coló Rusia, y el Gobierno de Irán, cuya consolidación está pendiente de muy probable refrendación por el Congreso de Estados Unidos. La alegría de algunos y el alivio de muchos reconoce que las partes asumieron sacrificios para llegar a una decisión en la que la humanidad ha ganado la esperanza del fin de un riesgo de guerra global. 


El pueblo de Irán ha logrado las concesiones que buscaba cuando eligió a Hassan Rouhaní como presidente: tiene un acuerdo que le permite desarrollar energía nuclear y volver a exportar petróleo, gana el apoyo de los aliados para combatir la amenaza de Isis y deja de ser calificado como la peor amenaza global. A cambio de ello, ha admitido colaborar con la permanente vigilancia internacional sobre sus instalaciones nucleares, abrir algunas militares y ofreció la  eliminación de las reservas de uranio acumuladas por el gobierno Ahmadineyad. Con generosidad, que ha encontrado fuertes resistencias, Occidente ha conseguido llevar y mantener en la mesa a un enemigo que representaba serios riesgos para sus aliados en Medio Oriente, ha neutralizado un riesgo permanente para la débil paz de esa región y ha obligado a Vladimir Putin a mostrar sus cartas. 


Una conclusión le da la vuelta al mundo.  Esta negociación  es el verdadero legado de  Obama a nuevas formas de relaciones en el mundo. Por eso se le equipara con el acuerdo de Camp David que forjó la trascendental reconciliación de Egipto e Israel, en 1979, mientras que algunos bastante hábiles, como The New York Times, lo llevan al nivel del trascendental acuerdo nuclear y comercial suscrito con el radical Mao Tse Tung, en 1970, que forjó la imagen imborrable de los republicanos Richard Nixon y su secretario de Estado, el pragmático Henry Kissinger. 


Aun por encima del apretón de manos, que el mundo todavía tendrá que esperar, o de la reapertura de relaciones diplomáticas con las potencias de Occidente, la gran victoria que el presidente Obama mostrará por este acuerdo, y el suscrito con Cuba, es la de la defensa de la diplomacia como posición ética que le forja al Imperio nuevas estrategias y maneras de relacionarse aun con aquellos que sigue reconociendo como enemigos. En este sentido, tan importante como la existencia del acuerdo fue haber conseguido que Irán o los países de Occidente hubiesen permanecido en la mesa cuando parecía más difícil que la mesa continuara buscando el acuerdo.


El reconocimiento al diálogo y las acciones diplomáticas también tiene que serlo a la firmeza con que los países de Occidente, con liderazgo de Estados Unidos, y la Agencia Internacional de Energía Atómica, enfrentaron la soberbia con que Mahmud Ahmadineyad inició y avanzó en una carrera que tenía como objetivo principal el de fabricar una bomba atómica para dirigirla  contra Israel, país usado como objetivo intermedio en el propósito de jalarle las barbas al Tío Sam. El bloqueo diplomático y económico conseguido a pesar de los obstáculos que puso el cínico Vladimir Putin, apoyo fundamental de aquel gobierno, logró el cambio político que llevó a la Presidencia del país a Hassan Rouhaní, también negociador pragmático que logró imponer entre los clérigos su tesis sobre la necesidad de negociar, aunque se abstuvo de conceder al mundo tanto como debía y le era posible. 


Porque representan al Gobierno que se batió en defensa de las sanciones, los republicanos despliegan su máxima capacidad de reclamo contra este acuerdo. Y no les falta razón a los radicales de derecha en el Congreso de Estados Unidos y en Europa cuando rechazan un acuerdo que no neutraliza definitivamente la amenaza iraní, al permitir al mayor productor de petróleo del mundo mantener unas plantas nucleares cuya existencia justifican en necesidades incontrovertibles sino en remotas posibilidades. Quienes hacen este análisis recuerdan que los argumentos que ahora se admitieron fueron justamente los que hace una década rechazó Occidente y temen que la posibilidad que se ha dejado sea convertida por los iraníes en oportunidad para reiterar la amenaza que ahora se considera desactivada. En tan atractivo argumento faltan, sin embargo,  la reflexión sobre la verificación, sobre la que el presidente Obama ha señalado es garantía de cumplimiento. Esta garantía de control crea posibilidades de conducir a los congresistas de la mayoría republicana a votar favorablemente el acuerdo, no sin dejar de mostrar sus dientes.