Columnistas

El centro de Medellín es recuperable
Autor: David Roll
9 de Julio de 2015


Después de haber visitado un centenar y medio de países y más de mil ciudades, escribiendo artículos de cambio político, migraciones y turismo, debo confesar que Medellín sigue siendo mi casco urbano favorito.

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Después de haber visitado un centenar y medio de países y más de mil ciudades, escribiendo artículos de cambio político, migraciones y turismo, debo confesar que Medellín sigue siendo mi casco urbano favorito. En efecto, mi vida viajera comenzó a los 14 años, cuando sin motivo tomé un bus hacia el centro y descubrí fascinado ese mundo variopinto de mi ciudad natal, lo cual desató una adicción sin cura por lo viajes y sobre todo  por leer con la mirada la intensa vida que se respira en los centros urbanos. Con cierta frecuencia regreso a Medellín, en la cual no vivo desde hace más de dos décadas, y recorro por enésima vez las calles del centro atiborradas de rostros, colores olores y sabores tan propios de cada lugar del mundo, sintiendo una emoción similar a la que se experimenta caminando por Bangkok, Cairo o Ciudad del Cabo, con la adición de los recuerdos de haberla vivido en sus diferentes momentos y grandes transformaciones. Una de ellas fue cuando Guayaquil dejó de ser ese museo maravilloso de la antioqueñidad que significaba la plaza de mercado y el caótico centro de parqueo de buses de los pueblos, para convertirse en la también hermosa zona administrativa que es hoy, con biblioteca, estación de trenes reinventada y toda la propuesta arquitectónica integral, que se extiende hasta los pies descalzos y el edificio inteligente. 


Otra  mutación menos afortunada y no planificada fue cuando se cerraron las salas de cine cercanas al Parque Bolívar, en las que varias generaciones pasaron muchas tardes de asueto: El Cid, El Lido, El Odeón, El Libia, El Ópera; y más terrible aún cuando se clausuró la Librería Continental, la que realmente nos educó a la mayor parte de los medellinenses de más de cuarenta años que nos dedicamos a las letras. La ciudad Botero es otro gran acierto (aunque insisto en que el museo debería ser gratuito como lo es el de Bogotá), así como la peatonalización de la calle Carabobo, la conservación del Hotel Nutibara, y otros detalles aquí y allá que cambiaron la cara de esta parte de la ciudad sin quitarle su sabor tradicional. Hay muchos otros lugares que combinan armoniosamente lo viejo con lo posmoderno, como Junín que sigue siendo Junín, con su zona peatonal, sus pastelerías tradicionales de sapitos rellenos de crema, la casi centenaria Joyería Plata Martillada en los bajos del impertérrito Edificio Coltejer, o el viejo Club Unión reconvertido en Shoping Mall pero con un Mcdonalds que vende frijoles. Hasta el Parque Berrío, con su tranvía antiguo recién recuperado para exhibición, ha recuperado algo de lo perdido con la estación del Metro.


Pero me pregunto por qué Medellín en su conjunto, que se transformó en una auténtica tacita de plata en los últimos 25 años, en la más innovadora, la de mayor descenso de homicidios en el mundo, y todos los otros récords verdaderos por casi todos conocidos, está perdiendo poco a poco el centro de la ciudad. Sé de los esfuerzos que se hicieron en otras y esta alcaldía  y en especial de los que se hacen en esta administración en ese sentido para recuperar Palace y otras calles y vigilar con cámaras  lugares claves, pero mi sexto sentido de viajero no me falla, y veo que se está perdiendo la partida o va muy lento el proceso a pesar de tan ingentes medidas. ¿A qué se debe esa sensación de inseguridad, respaldada desafortunadamente por cifras, que hace tiempos no se percibía con tanta intensidad en el centro? Los habitantes de la calle, que antes eran parte de la acuarela completa en la que mezclaban vendedores de fruta, oficinistas, jubilados, escolares y sobre todo familias caminando tranquilamente por las calles, ahora son el principal elemento del paisaje, y se hace chocante el desparpajo con el que se mueven decenas de personas con evidente actitud delincuencial a la espera, abordados por policías que los revisan de manera rutinaria e inútil al parecer por la sonrisa con la que se someten al cacheo. No es una sensación personal de extranjero o autoexiliado de la tierrita, sino algo ratificado por muchas personas que viven en la ciudad y refrendado con noticias y artículos consultados. Y no es un tema de viajes tampoco, sino ante todo un asunto de política, y de democracias y de coaliciones de partidos, por la cercanía de las 


elecciones.


Entrevistando en ese viaje al arquitecto Jorge Pérez, el director de planeación de Medellín y artífice del nuevo POT, que será un paso más en esa sucesión de progresos por todo el mundo reconocidos, cómo fue que Medellín alcanzó todos esos logros en la ciudad en su conjunto, para ver como puede encontrarse una fórmula similar para el centro, su respuesta fue inmediata:  hubo un consenso entre empresarios, políticos y ciudadanos en general sobre la necesidad de salir del caos que había significado la difícil época del narcoterrorismo, y ese compromiso se hizo realidad a través de políticas públicas persistentes, apuestas arquitectónicas audaces y compromisos colectivos con resultados visibles, con más aciertos que errores. Así las cosas, considero, si se me permite opinar no siendo ya habitante de la ciudad, que  habría que asumir un nuevo reto colectivo con el próximo alcalde: Recuperar el centro, habitarlo de nuevo por todas la clases sociales y convertirlo en lugar visitable por los propios y los  turistas (que van de afán al Museo Botero y salen corriendo al Parque Lleras de nuevo). Este por lo tanto debería ser un tema central de debate entre los candidatos a la Alcaldía de Medellín.