Columnistas

El punto 4
Autor: Jorge Mejía Martinez
8 de Julio de 2015


La tragedia de los cultivos ilícitos de coca me la describió un ex oficial del Ejército colombiano, tropero y conocedor de los riesgos diarios en las selvas del sur del país.

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La tragedia de los cultivos ilícitos de coca me la describió un ex oficial del Ejército colombiano, tropero y conocedor de los riesgos diarios en las selvas del sur del país. En sus correrías era frecuente encontrar áreas pequeñas o medianas sembradas y protegidas por familias que no escondían sus necesidades reflejadas en los rostros de los niños, implorantes de consideración porque esos cultivos eran su única fuente de sustento. Hambre o sembrados de coca, era el dilema. El militar al mando del escuadrón increpa al jefe del hogar y le sugiere la sustitución de los cultivos por cacao, maíz o yuca. La respuesta es clara: están a 10 horas por el río o a lomo de mula del poblado más cercano y el costo del transporte de los productos se tragaría cualquier utilidad, en cambio, la coca se la compran al campesino en su misma parcela, en efectivo. El oficial del Ejército sólo atina a darle la razón al poblador y solicitar discreción con su presencia. Así se levantan esas familias en los territorios donde la representación del Estado se reduce a ese militar que pasa esporádicamente persiguiendo guerrilleros.


La cifra de hectáreas de coca sembradas suministrada por la ONU, se espera con ansiedad en el país cada año. Para muchos, es el principal indicador de si la guerra contra las drogas se pierde o se gana, luego de tantos sacrificios y esfuerzos por parte del gobierno y la sociedad. Las respuestas son las mismas: más represión, más fumigación con glifosato o no, más erradicación, más sustitución. Esa es la presencia del Estado que se reconoce hace falta. ¿Y la inversión social, asistencia técnica, mercadeo y comercialización, acceso a la tierra, seguridad, legitimidad y confianza institucional? 


¿Que podrá pensar un campesino abandonado por el Estado en algún rincón de la patria o el soldado o policía que arriesgan su vida e integridad por perseguir a los cultivadores y traficantes de la droga, al escuchar desde el Vaticano que el Papa Francisco en su visita a Bolivia masticará la coca para contrarrestar los efectos del soroche, reconociendo sus bondades medicinales tal como ha sido tradición por parte de los indígenas que la consumen no para trabarse sino para afrontar los rigores de la realidad?


El tema de las drogas se vuelve pan de cada día por su estrecha relación con el conflicto armado colombiano. Es su principal combustible. De allí la preeminencia del papel de las Farc en el asunto como su gran beneficiador, animador. Por ello el tema no pudo ser eludido por quienes, del gobierno y la guerrilla, diseñaron la agenda de 6 puntos que posibilitaron el inicio de conversaciones en la Habana. Este fin de semana las Farc propusieron al gobierno la implementación inmediata del punto 4 de la agenda, ya acordado. Es el punto donde la guerrilla reconoce hacer parte de la cadena del cultivo y tráfico de drogas, asume el compromiso de coadyuvar a su desmonte, la necesidad de atacar las estructuras criminales e intensificar la persecución contra el lavado de activos y la urgencia de revisar los enfoques de la infructuosa cruzada.


No puede haber mejor socio para luchar contra las drogas ilícitas, que quien ha sido su más fuerte promotor. Suena duro, pero la realidad es esa.Es la mismalógica acordada, con aplausos de por medio, para desenterrar desde ahora las nefastas minas antipersona. Por allí hay una fuente de oxígeno para el asfixiado proceso de la Habana.