Columnistas

La muerte de la civilización
Autor: Dario Ruiz Gómez
6 de Julio de 2015


El destino de cada Encíclica papal sobre la condición del ser humano, sobre la quiebra de valores morales, sobre una economía inhumana tienen, como es fácil comprobarlo, un destino.

El destino de cada Encíclica papal sobre la condición del ser humano, sobre la quiebra de valores morales, sobre una economía inhumana tienen, como es fácil comprobarlo, un destino: no ser leídas y sobre todo no ser debidamente divulgadas por quienes, supuestamente, tienen el encargo de hacerlo. La capacidad de la palabra escrita en estos casos, para conmover nuestra tibieza, nuestro egoísmo ante la suerte del prójimo se pone a prueba y lo más importante, nos pone a prueba. La vulgaridad con que alias Pastor Alape se ha referido a la Encíclica de Francisco I sobre la defensa de la tierra, la conservación necesaria del medio ambiente, después de los despiadados atentados  de las Farc casi de la misma dimensión que la de la Exxon Valdes en Alaska, luego de la voladura del acueducto de Algeciras, de dejar sin electricidad a cerca de 500.000 personas, coronando esta infamia con la acción inhumana de condenar a la sed a los 200.000 habitantes de Tumaco, de agredir a Puerto Asís, hospitales cerrados, niños, ancianos, enfermos, sin atención debida, en acciones de devastación condenadas por la Convención de Ginebra, alias Alape brutalmente hace mofa de lo que la palabra de Francisco I pide para intentar salvar de la ruina a la naturaleza, al ser humano.  La tragedia de los pobres mirada como una noticia más, y,  como recuerda Baudrillard,  convertida por los medios de comunicación en espectáculo,  es lo que se ha dado como respuesta a este cobarde despliegue bélico. Y la habitual monserga presidencial de que “esto nos demuestra que es necesario urgentemente firmar la paz para que no vuelva a repetirse”. El conformismo moral ante la deliberada provocación terrorista siguiendo la teoría de Sartre de “desafiar el poder burgués para comprobar hasta qué límites llega la permisibilidad de éste”,  es lo que los teóricos de las Farc están haciendo frente a un Congreso corroído por la mediocridad de los politiqueros, frente a una justicia de magistrados somnolientos, frente a una clase empresarial que con prepotencia supone que nada pasará. ¿Quién podría explicarles que ya nos hemos situado ante un imposible moral? 


El objetivo se ha conseguido: desacreditar  el lenguaje que debería ser portador  de la indignación y la esperanza, sustituyéndolo por una fraseología donde los indispensables  códigos de honor  se han hecho ya innecesarios. Y esta condescendencia frente a un crimen de lesa humanidad, esta infamia contra la naturaleza que llevará décadas para ser reparada ha sido acompañada, repito, de una información que en lugar de hacer ver el problema como un problema que nos incumbe a todos,  lo ha ubicado en una remota periferia donde lo que suceda no fastidiará para nada la farsa de si Pekerman se ha equivocado con la alineación  de la Selección o si, tranquilamente,  puede seguir el espectáculo.  La contaminación de las playas gallegas por el vertido de un barco petrolero llevó a una hermosa fraternidad de ciudadanos que se volcaron a limpiar esas playas para salvarlas finalmente. La devastación de Tumaco, de Buenaventura no ha llevado ni de parte del Gobierno ni de parte de la ciudadanía del país a la más mínima expresión de solidaridad.  ¿Dónde se han escondido los profetas de la ecología criolla, los histéricos “defensores de los Derechos Humanos”? ¿Dónde está el respeto a las exigencias de la Encíclica por parte del Cardenal Salazar, del inefable Monseñor Castro? Porque no estamos ya en una discusión de tipo político sino frente a una verdadera afrenta al ser humano, a la Naturaleza, a la civilización, a  lo  que comporta la catástrofe de toda una sociedad y de su clase dirigente.