Columnistas

Con Villegas le llegó un aliado al Presidente
Autor: Bernardo Trujillo Calle
4 de Julio de 2015


Según se mire o entienda el proceso de paz, hay quienes le apostaríamos a un buen final con el cambio de ministro de Defensa.

Según se mire o entienda el proceso de paz, hay quienes le apostaríamos a un buen final con el cambio de ministro de Defensa. El exministro Pinzón sacado de su cargo “con la mano del gato” dejó la impresión de querer la guerra, antes que la paz. De su paso por el sensible cargo fue más lo que se le criticó y menos lo que se le aplaudió. Tal vez se le pueda aplicar la frase de Cohelo: “El mal no es lo que entra por la boca del hombre; es lo que sale de ella”. Creo que nadie lo tuvo en mente como posible sucesor de Santos, si bien el arrogante exministro solía sacar pecho cuando algún despistado guerrerista lo sugería.


En cambio Luis Carlos Villegas tiene el perfil adecuado para ese Ministerio por su experiencia en cargos de importancia nacional, por sus finos modales diplomáticos y por sus palabras repensadas de hombre de mundo, todo lo cual aumenta el bagaje de prudencia necesaria para desempeñarse como corresponde al alto cargo. Por ejemplo, dice en el reportaje concebido al diario El Tiempo (28,06) cosas sensatas, como corresponde: “A los ministros de Defensa, en general, los enrolan para administrar la guerra, pero siento que en mi caso, mi oficio será contribuir a terminar la guerra en Colombia”. Adviértase que en esta frase no hay estridencias o amenazas de exterminio; salta allí el vocabulario de los buenos modales. El grito quedó atrás, lo cual no significa desfallecimiento ante las dificultades anejas al proceso de paz. Hablar sin gritar es una manera de proceder acorde con lo que se pretende, nada distinto al de llegar pronto a la firma del Acuerdo Marco que requiere sólo tinta, papel y voluntad de paz, nada de disparos.


Otra mirada suya es la convicción respecto a la neutralidad política de las Fuerzas Armadas. No queremos repetir la sombría época de los años 50 del siglo pasado. El soldado y el policía, aquí y en cualquier país del mundo, tiene que ser prenda de garantía, vehículo de paz, insignia de confianza para los ciudadanos de todos los partidos. Porque ellos, como humanos, son susceptibles de recibir tanto la buena como la mala influencia y respecto a ésta,desafortunadamente tenemos muchísimos aprovechadores de la política que trabajan por hacer de las Fuerzas Militares, presa del sectarismo partidista.


El ministro Villegas lo ha dicho: “Hay intento de politizar la fuerza pública que viene de dirigentes especialmente de la oposición”, lo cual no es un enigma pero sí un crimen contra la nación. Como tampoco es un misterio que el intento de politizar se ha extendido hasta el sector privado, lo repite el ministro, conductas estas reprochables respeto de las cuales hay que decirles a estos malos hijos de Colombia que les va a faltar tiempo para arrepentirse. Todo por el mezquino afán de poner al gobierno contra la pared, un gobierno que se la ha jugado sin reservas por devolverles a los colombianos el derecho a gozar de la paz.


La experiencia es sabia y el ministro Villegas conoce sus secretos. Humildemente ha dicho en su revelador reportaje que las Fuerzas Militares saben cómo actuar en su rol táctico y por eso él no va a pretender dárselas de sabihondo en achaques castrenses y permitirá que sean ellos los que asuman la competencia haciendo uso de su profesionalismo. Yo diría que el ministro Villegas tiene sus pies firmes sobres la tierra y su cabeza arriba, donde corresponde. Ese mismo talante lo tuvo durante el tiempo en que presidió la Andi. Recuerdo sus frecuentes reportajes sesudos sobre las realidades sociales y sus optimistas formulaciones sobre el acontecer económico. Cuando Santos lo llamó a formar parte de su gabinete, debió sentir una plácida sensación de alivio al soltar por la borda el fardo de su ministro Pinzón. Me atrevo a pensar que él no quiso seguir apoyándolo por retador y rabietas, pronto al estallido contra Raimundo y todo el mundo.


Por último, es obvio que el presidente necesita amigos leales de pensamiento y acción en su gabinete. Fatiga la indiferencia de algunos ministros ante los descomedidos ataques del guerrerismo politiquero. Los amigos de la paz tenemos con hechos más allá del oportunismo, el deber de demostrarlo: De la Calle, Jaramillo, Naranjo, Mora y los otros miembros que negocian la paz a nombre del gobierno son un buen ejemplo de lealtad.