Columnistas

Viene el cese bilateral
Autor: Alfonso Monsalve Sol髍zano
28 de Junio de 2015


El desespero del se駉r Juan Manuel Santos y su gobierno por firmar la paz que sea con las Farc se escapa entre las fisuras de las declaraciones altisonantes con las que el primer mandatario suele esconder sus claudicaciones.

Acostumbrado el país a que cuando éste les dice que no a las Farc, en realidad, les está diciendo que sí, ahora contempla cómo, de manera vergonzante,  el presidente le abre paso, de manera vergonzante, a la tregua bilateral sin que todavía se haya alcanzado un acuerdo, después de que haber insistido por enésima vez que no cedería en ese punto. En efecto, no acababa de pronunciar una frase en ese sentido, cuando,  renglón seguido proclamaba que si las Farc desescalan la confrontación, el hace lo mismo.


No se necesita ser un genio para entender lo que Santos quiso significar, como quiera que cuando esa organización declaró una tregua unilateral que nunca cumplió, el gobierno salió a asegurar que las Farc estaban cumpliendo su promesa, y que, en consecuencia, el conflicto se había objetivamente desescalado, Y fue algo que sostuvo como verdad divina hasta que asesinaron a los once soldados en el departamento del Cauca y no pudo seguir tapando el sol con las manos. Se vio, entonces, obligado a ordenar la reanudación de los bombarderos contra ellas y desplegar una cierta y no planificada ofensiva militar para hacerle creer al país que tenía como detener la arrogancia de su oponente.


Era evidente , durante todo este tiempo de “ofensiva”, que la orden le quemaba las manos y que cuanto antes se retractara de las medidas en esa dirección que había tomado, tanto mejor para él y su envalentonado interlocutor, al que había que asegurarle que la iniciativa militar dispuesta era para calmar a la galería. Y ocurrió lo que se veía venir. Asustado con la reacción de las Farc, el presidente Ahora busca que la guerrilla “desescale” la “guerra”. Como quien dice, la andanada terrorista de las Farc, que según el propio Santos ha cometido crímenes ambientales intolerables, asesinado a mansalva a miembros de la Fuerza pública y sometido a la población civil del Pacífico nariñense a la carencia de agua potable y energía eléctrica, está obteniendo los resultados que buscan, doblegando al Estado hasta arrodillarlo. 


La idea  del presidente es acelerar el acuerdo, lo que en la lógica actual significa aceptar los términos de las Farc. Hasta salió este jueves pasado a informar que el punto de las víctimas estaba listo, y que ese día, o a más tardar el viernes, sería presentado a los colombianos. Por supuesto, eso no ocurrió porque la organización terrorista no iba a darle a Santos ese salvavidas hasta que éste aceptara la tregua bilateral, que es lo que hizo con su teoría del desescalamiento. 


En la semántica del presidente, “acelerar el acuerdo” significa aumentar la velocidad de la carrera con la que el estado es conducido al despeñadero. Su afán por complacer a las Farc le impide entender que esa estrategia no le producirá ningún resultado, porque la presión retórica no sirve para nada contra esa organización, curtida en décadas de “negociaciones” que han utilizado para fortalecerse militar y políticamente. Ese grupo sólo respeta el lenguaje de la fuerza, que es, precisamente el que aplica al gobierno para obtener sus objetivos. Si de verdad Santos quisiera acelerar las negociaciones, tendría que desplegar una ofensiva militar de gran alcance, no respuestas militares deshilvanadas y puntuales como hace ahora, para hacer entender a las Farc que está hablando en serio y que tienen que negociar si no quieren ser golpeadas irreparablemente. Y, si fuere necesario, suspender las conversaciones hasta que esa guerrilla de claras señales de querer la paz, en el entendido que detener las conversaciones también hace parte de los métodos para lograr acuerdos favorables para la democracia colombiana.


Por supuesto, una estrategia como esa exige dejar el afán de llegar a acuerdos al precio que sea en el menor tiempo posible. Pero claro, Santos ha desmantelado la inteligencia de  las Fuerzas Armadas, ha llevado a sus miembros a un estado de desmoralización y desánimo que hace que su actitud de combate se esté perdiendo, la judicialización de sus comandantes sigue en marcha y se está negociando la reducción de su tamaño y su doctrina. Y se tiene un modelo de negociación que excluye toda pausa que implique presión política. En estas circunstancias retomar el camino requeriría de sentido autocrítico, voluntad política y fuerza de carácter de las que parece carecer el señor Santos. Mala cosa para Colombia.