Columnistas

Democracia, nepotismo y redes de influencias
Autor: David Roll
25 de Junio de 2015


El ideal de una democracia de igualdad de condiciones no existe, y es quizá inalcanzable. De hecho es funcional muchas veces que un político elegido contrate a sus amigos para sentirse respaldado si son buenos en el área, y ese es un nepotismo sano.

También es entendible que existan alianzas entre sectores económicos y grupos políticos sin que ello configure delitos a la hora de contratar con alguna preferencia. ¿Pero...cuál es el límite? Hay personajes de la política colombiana y del mundo académico o de los medios que hablan con frecuencia despectivamente de la cultura del avispado y cosas similares. Pero algunos de ellos a la hora de hacer convenios con beneficios económicos manejan redes complejas de amistades y alianzas que contradicen su discurso porque se fundan, no en un mérito, sino en una conexión y un intercambio a mediano plazo de influencias y favores. Uno mismo no sabe cuando solicita una consultoría o un amigo lo llama a ayudarle en lo público, qué tanto pesa el currículo y hasta qué punto ser conocido del personaje. Parece que no es fácil, y en esta línea gris se ocultan muchos sinsentidos hipócritas de nuestra democracia y de las democracias en general. Pero si vamos a decir la verdad, sí es fácil realmente saber qué es y qué no es correcto en términos de lo público e incluso de lo privado, cuando ambos se entremezclan. Es evidente por ejemplo que si hay algún tipo de comisión o retribución presente o futura está mal. Incluso lo está cuando no hay expresamente intercambio, pero la cuantía es importante sin que exista un concurso claro; en especial cuando el beneficiado no es conocido, sea institución o persona, por sus habilidades en esa área. Leyendo el libro de  Roberto Saviano, Gomorra, sobre la preeminencia de la ilegalidad sobre cualquier otro valor en su país, se pregunta uno si alguien se atreverá a escribir algo parecido sobre el tráfico de influencias en la democracia colombiana en todos los niveles y qué pensaremos cuando lo leamos los que defendemos la democracia liberal. Como ejercicio personal uno no debiera nunca pedir trabajo a un amigo o conocido en algo que no sea realmente experto o tenga algo que aportar significativo; y como práctica institucional las empresas, universidades, ONG y demás debieran ser obsesivas en no negociar sino sobre la base de verdadero conocimiento y capacidad de gestión. Tengo la sensación de que las nuevas generaciones en Colombia vienen con un chip mental diferente al de las precedentes y se escandalizan cuando ven los negociados que hacen incluso personas a las que consideraban intachables o instituciones de prestigio social. La pregunta clave es hasta qué punto podrán mantener esa distancia y modificar en algún grado la situación existente, o si se adaptarán con gusto o por pura necesidad a esta picaresca postmoderna reeditada en términos de globalización y tecnología. No se sabe, pero hay pequeños detalles. Evaluar con la misma nota por ejemplo a un alumno responsable y a uno oportunista promueve la corrupción futura. Igual que premiar al hijo vago o al empleado mediocre y no promover al funcionario eficiente, etc., son minúsculos gestos de la cotidianidad sobre los que se construyen las democracias, y en los que todos erramos con frecuencia. La cuestión es que uno se de cuenta de ello y no pretenda verlo como el orden natural de las cosas. Es decir, cuando estos actos nos parezcan a la mayoría normales y creamos que las acciones antimeritocráticas y cuasimafiosas de algunas  redes de influencias son legítimas sin límite porque pertenecemos a alguna de ellas, esta causa, la de la democracia, ya estará perdida sin remedio. 


*Profesor titular Universidad Nacional