Columnistas

Equilibrio imposible
Autor: Sergio De La Torre
21 de Junio de 2015


Sin hablar de otros temas, distintos a los que atañen a la justicia, ya dijimos que lo expedido por el Congreso bajo el rótulo de “equilibrio de poderes” es reconfortante mas no suficiente.

Primero, porque no los equilibra de verdad, acomodándolos a las reglas y principios que informan la democracia convencional o clásica, fundada en los tres poderes que prefiguró Montesquieu. Los cuales se vigilan mutuamente para que ninguno subsuma a los demás, así se interfieran al ejercer esa vigilancia, fundada en los recíprocos controles que tanto se invocan y en el consabido juego de pesos y contrapesos. Juego que no se practica cabalmente en ninguna democracia. Ni siquiera en la propia Inglaterra donde se estrenó, y donde pese a la pretensión de que todo funcionara obedeciendo a tal designio, se dejó viva la monarquía, contrariando el principio sacralizado del equilibrio. La monarquía incide sobremanera en la acción estatal y en la marcha de la sociedad. Su influjo fue determinante al menos hasta la terminación del largo reinado de la reina Victoria, quien, con un Parlamento adocenado, no solo reinaba sino que gobernaba, a diferencia de quienes la sucedieron en el trono, según dicen. Ejerció Victoria la más grande autocracia que recuerda Inglaterra después de Enrique Octavo. Hasta su muerte era ella quien decía la última palabra en las cuestiones vitales de la guerra y la paz, que comprometían la propia supervivencia del Imperio Británico. Y aún ahora, transcurrido siglo y medio en que sus herederos son más decorativos que efectivos , el monarca ( verbigracia la actual Isabel Segunda,) tiene un poder real que no aparenta y que pocos, fuera de Inglaterra saben medir, pues ella , que nunca opina, ni emite órdenes, desde su silla gravita calladamente sobre la vida nacional. Su fuerza no es apenas moral, ni difusa, sino que emana de una tradición que todos guardan y acatan. En silencio ejerce una tal influencia política que, en caso extremo, podría provocar remezones capaces de definir el destino colectivo.


Yo me pregunto si en el evento en que el Primer Ministro, producto de unas mayorías legítimas, entre en contradicción con la reina sobre un asunto crucial cualquiera, quién acabaría imponiéndose a la hora de dirimirse el contrapunto. La reina, sin duda, o bien porque se apoye y coincida, como suele suceder, con la opinión pública, o bien porque ésta última se guíe por lo que supone es el parecer de Isabel, así ésta se lo guarde y no lo revele con palabras sino apenas con gestos o guiños. La autoridad de la reina es axiomática, inmanente, se confunde con el pasado y no está sujeta al vaivén electoral, ni al voluble criterio que domina en la calle o registran las encuestas, ni a quién predomina en la Cámara de los Comunes, si los laboristas o los conservadores. El criterio del monarca allá no se contamina, es impermeable a las novedades y nada impresionable. Las veleidades o coyunturas pasajeras obran poco en él.


En lo que ahora llamamos “gobernabilidad” (que no es más que la eficacia mínima del Estado, arriba, y abajo la correlativa obediencia espontánea de los súbditos) la Corona cumple un papel básico en Inglaterra, así suene paradójico en tratándose de una democracia electiva. La monarquía es el as bajo la manga, la reserva que se tiene disponible para una eventual, gravísima emergencia en que haya que apretar las riendas, sin necesidad de recurrir a soluciones extraconstitucionales. Por ejemplo, si el orden, base de la convivencia, entra en crisis o, peor, amenace con colapsar, la sociedad toda (siempre flemática, muy compuesta y a la vez conservadora por instinto, pese a sus intermitentes bandazos hacia el laborismo socialdemócrata e igualitario), tendrá al monarca constitucional que, dotado de atribuciones superiores que se le devuelvan, conjure el peligro, restablezca la tranquilidad.


La monarquía no es entonces una pieza cualquiera en el engranaje. Tanto que ella ejerce también la máxima autoridad religiosa, como cabeza que es de la iglesia anglicana allá predominante. Su poder es más que terrenal, pues combina factores diversos: leyenda, tradición y religión, los cuales, por su imbricación, juntos se torna omnímodos e imbatibles a la hora de la verdad. 


 La democracia por antonomasia, la que nos sirve de modelo en Occidente, no tiene pues equilibrio de poderes. Como no lo tienen Francia ni Estados Unidos, que son los otros paradigmas que siempre quisimos imitar. Menos lo tendrá Colombia, por supuesto. Ello en la práctica, y hasta en los textos jurídicos que la regulan, es una utopía irrealizable. Y la redundancia no sobra, para que se entienda mejor. Ya proseguiremos con éste tema, ladrilludo pero muy oportuno en momentos de jactancia y autosatisfacción desbordadas. Repetimos: la reforma que salió del Congreso es buena, pero apenas el alumbramiento de un ideal que, estructuralmente, jamás podrá cumplirse de manera integral en el mundo, y menos en este país rengo y cojitranco como el nuestro.