Columnistas

Respetemos nuestros deportistas
Autor: Álvaro González Uribe
20 de Junio de 2015


Qué duros somos los colombianos con nuestros deportistas cuando no ganan. Duros cuando pierden o no alcanzan el primer lugar, y blandos hasta el delirio cuando hay algún triunfo, en especial ese triunfo inicial que puede ser el único de sus vidas o el primero de muchos.

@alvarogonzalezu


En ambos casos hay injusticia o, mejor, lo que llaman tropicalismo. Con una rapidez pasmosa enaltecemos y denigramos. Además de ese carácter tropical volátil y facilista, hay otras causas: desconocimiento del deporte, falta de caridad y también irrespeto. Estos jóvenes que a veces triunfan, que a veces pierden, siempre tienen una historia personal detrás, una historia familiar, una historia de esfuerzos, disciplina y privaciones, más un talento innato en muchos casos.


Y hay más: con algunas excepciones que no por ello son menos valiosas, casi todos nuestros deportistas son de origen humilde, provienen de hogares, campos y barrios con decenas de carencias, lo cual hace doblemente meritorias sus carreras. En un país donde hemos tenido -tenemos- personajes tan nefastos en varios sectores, a veces nos ensañamos más contra estos muchachos honestos y valerosos.


Eso no es justo. Es hasta paradójico, pues con la excepción de futbolistas consagrados y algunos ciclistas elite que hoy tenemos, el gran reto de nuestros deportistas es conseguir patrocinio, y lo consiguen luego de inmensos y largos esfuerzos, pero los ciudadanos no los patrocinamos apoyándolos en las malas, porque nunca se puede esperar que un deportista sea siempre ganador, ni acá ni en ninguna parte del mundo.


Por ejemplo, en el caso de Nairo Quintana, ahora solo nos sirve que gane el Tour de Francia. Si alcanza lugares secundarios he de ver las críticas: ¡Nairo resultó paquete! A Juan Pablo Montoya no le dejaban pasar media, más por su forma de ser que por sus actuaciones. Hoy, por ejemplo, sigue triunfando. Igual sucedió con el golfista Camilo Villegas, quien fue ascendido a los cielos en un año y luego ante actuaciones no tan brillantes lo bajamos estruendosamente. Hoy Villegas es un golfista de los mejores del mundo, si bien es cierto no ocupa los primeros lugares. Pero no, solo nos sirve que sea el número uno.


Además de que son seres humanos con sus días buenos, regulares y malos, esa presión es la que muchas veces impide que los triunfos sigan. Una presión que empieza con un matoneo, como lo pudimos ver esta semana en las redes sociales contra varios jugadores de la Selección Colombia que perdió con Venezuela. Las burlas más que reproches contra Falcao y Zúñiga eran peores que las que se han leído contra delincuentes de la peor calaña o personajes de pésima reputación por sus actos.


Somos desagradecidos. En un santiamén olvidamos las alegrías que nos han dado. Me pregunto cuántos jóvenes deportistas nuestros con gran futuro habrán abandonado sus carreras ante esas andanadas de críticas e insultos provenientes de tribunas, redes sociales, notas de prensa o comentaristas radiales o de TV. Ese contraste del cielo al infierno no lo aguanta cualquier carácter.


Ya tenemos un ejemplo de cómo esa animadversión ante actuaciones erradas -por lo general fugaces así cuesten mucho- pueden llegar a producir por alguna u otra razón crímenes como el de Andrés Escobar. Luego del partido de Colombia con Venezuela el domingo anterior, en Twitter circuló un trino amenazante contra nuestro gran Falcao precisamente recordándole el caso de Andrés Escobar.


Les exigimos a nuestros jugadores y demás deportistas, no solo que ganen siempre, sino que maduren, pero quienes no maduramos somos los aficionados. Pasa en otros lugares del mundo, pero ese no es el ejemplo para que nos comportemos de esa manera inhumana y guache con estos humildes, esforzados y capaces jóvenes que tantas satisfacciones nos han dado, muchas veces con recompensas mínimas.


A veces creo que Colombia no se merece esos valientes héroes. Al menos el miércoles contra Brasil nuestros futbolistas respondieron las burlas como debe ser. ¡Qué lección!