Editorial

Carta de buenas intenciones
19 de Junio de 2015


Con el paso de los días las reformas a la estructura administrativa deben poner sobre la mesa los asuntos de gran calibre, como los derechos humanos, la democracia, la seguridad y el desarrollo.

La primera Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA) desde la llegada a la Secretaría General del uruguayo Luis Almagro, que culminó el martes en Washington, dejó una lista de buenas intenciones con respecto al futuro del organismo, pero también un enorme sinsabor al constatar que, una vez más, la entidad pasó de agache con respecto a la situación de Venezuela, la cual no hizo parte ni de la agenda oficial ni de las reuniones bilaterales de los ministros de relaciones exteriores con el Secretario, un hecho con el que Almagro bien habría podido empezar a marcar alguna diferencia con respecto a su antecesor, criticado precisamente por haber contribuido con su silencio a la consolidación de la tiranía chavista, que poco a poco está pasando a formar parte del paisaje latinoamericano.


A decir verdad, no nos sorprende la actitud del señor Almagro, quien ya había dado muestras de gran simpatía por los “gobiernos progresistas” en el discurso de agradecimiento tras su elección en marzo pasado, y que recogimos en nuestro editorial Sombrío relevo en la OEA, expresando nuestro temor por la amenaza que parece cernirse sobre los principios de la Carta Democrática de 2001, para ser reemplazados por una Visión Estratégica que, a juzgar por lo expresado por el Secretario General durante la recién concluida Asamblea, va a darle prioridad a la gestión administrativa y financiera sobre el diálogo intercontinental por el respeto a la democracia, los derechos humanos y las libertades. Habrá que esperar el desarrollo de los acontecimientos, pues si bien Almagro no salió a marcar diferencias radicales, como suelen hacer los recién llegados, también es cierto que con el paso de los días las reformas a la estructura administrativa, que incluyen eliminar algunas secretarías que no responden a los objetivos “sustanciales” de la OEA, según sus propias palabras, deben poner sobre la mesa los asuntos de gran calibre, como los derechos humanos, la democracia, la seguridad y el desarrollo. Será entonces cuando se ponga a prueba el enorme apoyo dado por los estados miembros de la organización a la persona de Almagro, y su propia postura frente a las realidades hemisféricas. La esperanza es que, dotado de una estructura que le permita actuar, tal vez se pase del estancamiento a la acción, no sólo en el caso venezolano sino en todos los terrenos en los cuales el declive es evidente. 


La situación venezolana es, a nuestro juicio, el más importante de los asuntos hemisféricos. Y el silencio generalizado nos cuestiona tanto sobre el papel de la oposición como sobre el efecto de la reciente visita a ese país del expresidente español Felipe González, para asistir a los presos políticos que mantenían una huelga de hambre en protesta por la persecución a la oposición, la censura y la incertidumbre en torno a las elecciones parlamentarias que deben cumplirse este año. Aunque no tuvieron el protagonismo de otros foros, los movimientos civiles y de oposición volvieron a reclamar al Secretario General de la OEA la aplicación de la Carta Democrática y el cese de la indiferencia que la organización mantuvo durante el mandato del chileno José Miguel Insulza, a lo cual Almagro respondió con un diplomático ofrecimiento de mediación entre las partes.  Pero dicho ofrecimiento lo hizo en una rueda de prensa al ser cuestionado directamente por el asunto, y no como parte de un pronunciamiento formal. Y si frente a estos pedidos el mutismo fue la respuesta oficial, las denuncias del expresidente González tampoco merecieron referencia alguna, pese a la gravedad de las mismas, lo que demuestra un cambio de estrategia por parte de  Venezuela, que no se apoderó de este Foro con declaraciones altisonantes y desafinadas para acallar a sus detractores, y la connivencia de muchos de los gobiernos con la paulatina demolición de la democracia en el vecino país. Lamentable realidad la de este foro, que no se cuestiona una realidad irrebatiblemente degradada, sino que la va asumiendo como si fuera el estado normal de las cosas.


En medio de este poco alentador panorama, el mayor  triunfo diplomático de la Asamblea lo obtuvo el Gobierno de Ecuador, al lograr que la Asamblea General de la OEA eligiera por 22 de 23 votos posibles a su candidato a juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, Patricio Pazmiño, actual presidente de la Corte Constitucional de ese país. Si bien la elección estuvo rodeada de la polémica, al ser Pazmiño ampliamente rechazado por organizaciones defensoras de Derechos Humanos, el mensaje que envía Ecuador al hemisferio es que su compromiso no es menoscabar la organización, como se había creído, sino que apuesta por una reforma “desde adentro”, tanto de la Organización como de la Corte y de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que ha sido blanco de duras críticas por parte del Gobierno de Rafael Correa. Nos declaramos a la expectativa sobre cuál será el papel que va a jugar el nuevo juez, pero reconocemos favorable que ese país esté dispuesto a dar un debate para la transformación de la OEA y no por su eliminación. Para bien o para mal, la discusión y los cambios que se avecinan tendrán que arrojar algún resultado.