Columnistas

Por una ciudad amable
Autor: Dario Ruiz Gómez
15 de Junio de 2015


La emotividad y no la crítica razonada es lo que nos caracteriza en momentos en que se elude enfrentar la realidad contando con el aporte necesario de diferentes puntos de vista por parte de ciudadanos y de especialistas, sustituyendo la información objetiva por la falsedad de la propaganda, llevando a que la opinión pública prácticamente sea negada y se vaya represando peligrosamente la insatisfacción ciudadana ante la mentira de quiénes toman decisiones inconsultas. Iain Sinclair el pensador británico ha señalado que los grandes proyectos urbanísticos como la autovía de circunvalación M-24, la Cúpula del Milenio y los Juegos Olímpicos del 2012, simbolizan la desconexión que se produce en Londres entre la ciudadanía y la clase política que “fabrica urbes imposibles y expulsa a la población original por obras de mayor poder adquisitivo”.

De ahí que cuando oye a un político hablar de regeneración urbana se eche a temblar, bostece: “Los políticos sólo piensan en sus batallas por  el poder” Y agrega algo contundente. “Regenerar la ciudad no significa ocultar los problemas o llevárselos a otros sitios”. Sinclair que cuenta hoy con miles de fervorosos seguidores de sus planteamientos sobre la ciudad, sueña con grandes parques para perderse en ellos y para hacer más cordiales las ciudades asediadas por el deterioro. Psicogeografía es la disciplina que propone a través de la recuperación de recorridos marcados por el caminante en su deseo de exploración lúdica y perspicaz del entorno,  en su afán de “descubrir el trasfondo mágico del espacio y la arquitectura que la articula”. ¿Qué se fue para siempre de las ciudades tal como magistralmente lo verifica en cada una de sus novelas Patrick Modiano, en cada uno de sus recorridos Marc Augé, en cada retazo de recuerdo Walter Benjamin? Volver a caminar la ciudad es darse cuenta de las desapariciones dolorosas de aquello que el paso del tiempo había llenado de magia y fue articulando poéticamente y hoy, tal como lo he venido señalando a través de los años, ha sido  desarticulado por esas “grandes obras” en cuyo fondo lo único que alienta son los cuantiosos contratos.


¿Cómo, en medio de estas agresiones, volver más amables las ciudades? Amables quiere decir a escala humana, bajo el derecho de cada ciudadano a permanecer en el lugar escogido para vivir y morir sin estar asediado por normas que encubren bajo fraseologías supuestamente legales como los impuestos prediales y de valorización la expulsión de las gentes de sus lugares de origen tal como lo recuerda Sinclair. ¿Dónde está la ciudad proyectada para la infancia, la ciudad para los adultos, para los ancianos, responsabilidades a resolver espacial y paisajísticamente por parte del urbanismo oficial?  O sea la ciudad que crea ciudadanos y no extraños, que fortalece los vínculos sociales en lugar de romperlos abruptamente, que recupera la calidad de la vida en lugar de deteriorarla, que fortalece la interacción vecinal en lugar de estratificarla malévolamente. “En Londres- prosigue Lewis- se está dejando de lado a la gente. Nadie escucha a las personas que viven en los barrios. La ciudad está llena de edificios vacíos  comprados desde China, Malasia. Los hospitales y las escuelas están al borde del colapso porque nadie invierte en ellos. Pero cada vez hay más burocracia, más edificios de moda”. La propaganda donde se presenta como un paraíso lo que no es más que un infierno, busca que cerremos los ojos ante un grave problema, cuando lo ético consiste en hacer al ciudadano  partícipe crítico de una problemática que es la suya y detrás de cuyas aparatosas  demostraciones  tecnológicas siempre se disimula un error cuyas consecuencias se pagará con el detrimento de la vida ciudadana.