Columnistas

La segunda batalla del Puente de Boyacá
Autor: Luis Fernando Múnera López
15 de Junio de 2015


¿Qué sintió usted hace unos años cuando un grupo de talibanes, con la pasividad complaciente del gobierno de Afganistán, destruyó con disparos de armas pesadas las esculturas monumentales de Buda talladas hace 1.500 años en el valle de Bamiyán, al norte del país, con el argumento de que eran imágenes de ídolos contrarios a la religión islámica?

luisfernandomunera1@une.net.co


¿Qué siente hoy cuando el Gobierno colombiano, en cabeza de su Ministerio del Transporte, con el visto bueno de su Ministerio de Cultura (¿cultura?) y con el respaldo del vicepresidente de la República, Germán Vargas Lleras, autoriza la construcción de la doble calzada de Bogotá a Tunja atravesando el campo donde se celebró la batalla de Boyacá, con el débil argumento de que desviarla es más costoso? 


En ambos casos yo he sentido indignación e


 incredulidad.


El Puente de Boyacá, patrimonio cultural de la Nación, no es solamente el conjunto de estructuras y emblemas que allí se levantan. El campo todo tiene carácter de monumento. Es un conjunto indivisible de valores geográficos, históricos y arqueológicos. Constituye el símbolo mayor de nuestra independencia y del nacimiento de nuestra República. Pero hay quienes no lo ven así, minimizan su importancia. Duele profundamente que sea precisamente el Gobierno Nacional el que asuma esa actitud.


La firma Solarte y Solarte, concesionario de la obra, afirma despectivamente: “La construcción de la vía en su momento afectó un 8 % de este monumento. En nuestra propuesta inicial teníamos planeado intervenir un 5 % de las hectáreas, pero luego del rediseño solo vamos a afectar un 2 %”. No, señores, por ahí no es la cosa: El daño que la carretera causará no puede medirse en el porcentaje de tierra que se afectará, sino en la ruptura de la unidad geográfica y en el fraccionamiento irreparable de su significado histórico. 


La construcción de la nueva vía causará otro daño más, la pérdida de los vestigios arqueológicos, compuestos por restos humanos de civilizaciones antiguas y por restos militares de la batalla misma que subyacen el suelo del campo de Boyacá a la espera de trabajos de rescate arqueológico.


Si la carretera inicial causó daño, la solución es disminuirlo, no aumentarlo. La coyuntura de la construcción de la doble calzada debe aprovecharse para desviarla por fuera del campo y recuperar la integración de todo el terreno. Si costase más (¿cuánto más?), sería una inversión para toda la vida.


Este conflicto no puede verse como una discrepancia entre el Gobierno y los historiadores, sino como el derecho del pueblo colombiano a que su patrimonio cultural se respete, se conserve y se aproveche. Una sociedad que valore su esencia, representada en sus monumentos históricos, aprovecharía mejor este patrimonio para crear y afianzar el sentido de nación.


El presidente de la Academia Colombiana de Historia, don Juan Camilo Rodríguez Gómez, dijo recientemente: “En lugar de afectar el Campo de Boyacá hay que revalorarlo y resignificarlo”. Por ahí sí es la cosa. 


La historia es importante, no solamente por lo que contiene, sino por lo que hacemos con ella. La historia no consiste en mirar hacia el pasado, sino mirar hacia adelante con la conciencia clara de lo que somos, de nuestros valores y de nuestras imperfecciones.


En el caso que nos ocupa, es necesario fortalecer el mensaje de nacionalidad que surge del campo de Boyacá; aprovechar más ese espacio para convocar a los colombianos a un mejor conocimiento y una mayor conciencia de nuestros valores y, por qué no, de nuestras deficiencias; dotar el lugar con más facilidades logísticas y más medios didácticos, y, muy importante, fortalecer la formación de las nuevas generaciones en el conocimiento y comprensión de nuestra historia, tarea que anda de capa caída en colegios y universidades.


El pueblo colombiano ha librado dos batallas en el Puente de Boyacá. La primera, contra el Rey de España, la ganó. Y la segunda, contra el Gobierno de Colombia, no puede perderla. La historia jamás se lo perdonaría.