Columnistas

Jornada única y calidad educativa (y 2)
Autor: Alejandro Garcia Gomez
13 de Junio de 2015


Como ejemplo de iniciativas, La Ley 115/94. Es seguro que en los momentos actuales, ésta que, en su momento, se proyectaba como un hallazgo de la educación colombiana en ciento ochenta años de vida republicana, hoy tenga varios reparos.

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Como ejemplo de iniciativas, La Ley 115/94. Es seguro que en los momentos actuales, ésta que, en su momento, se proyectaba como un hallazgo de la educación colombiana en ciento ochenta años de vida republicana, hoy tenga varios reparos. Pero en ese entonces fue modelo de debate democrático y representó un hallazgo. ¿Qué pasó con ella? Sólo se tomaron hilazas y retazos (sólo hilazas y retazos que no demandaran erogación ni presupuesto significativos) para hacernos creer a los colombianos que la educación sí se enrumbaba por el verdadero camino. Y llegó luego la Ley 715 de 2002, que nació del Acto Legislativo 01/01, después del gran debate a la pretendida solución monetarista de la educación, con el que al final salieron triunfantes el entonces presidente Andrés Pastrana y su ministro de Hacienda Juan M. Santos, con el apoyo de sus bancadas, y con la del liberalismo oficial (serpo-samperista) y del no oficial en el Congreso. La ley monetarista pastranista-santista (715/02) que salió del 01/01 es la que nos rige actualmente, con todas sus consecuencias. ¿De qué nos quejamos?


Definir el fin de la educación es entrar en la definición de concepciones epistemológicas y éstas obedecen a la conceptualización filosófica acerca del mundo y del poder. Una de las propuestas, la de un grupo de intelectuales colombianos, plantea que las estrategias educativas deben apuntar a tres consensos educativos: Educar para la Libertad: o sea, acabar con métodos y contenidos dogmáticos; con el autoritarismo y la verticalidad en el desarrollo del conocimiento sin descuidar el proceso de formación de una autodisciplina. La finalidad es formar sociedades autónomas, responsables y pluralistas. Educar para la Democracia: es educar para aprender a vivir en medio de la esencia de la vida en sociedad: el conflicto. Es aprender a resolverlo con respeto; a buscar la opción más adecuada a la comunidad, a la sociedad, arriesgándose a enfrentar los intereses de los grupos de poder. Educar para el trabajo con fines para el desarrollo: es educar para el crecimiento integral: físico, intelectual, espiritual, cultural y económico. No fundamentar el éxito personal en la mera adquisición inmediatista de poder o de fama y fortuna. Es buscar la excelencia en la satisfacción por pretender y conseguir la transformación de cada estudiante como persona libre, democrática y transformadora. Es buscar y lograr también la transformación de los recursos materiales y energéticos con el aporte corporal, intelectual y espiritual de ellos y de todos nosotros para la adquisición de beneficios que, al mismo tiempo que nos permitan vivir con dignidad y plenitud, aporten beneficio y mejoramiento a la calidad de vida de todos los miembros de nuestra comunidad y de la sociedad. 


Pretenden ser éstas, algunas reflexiones que quieren ayudar a buscar un norte a nuestro sistema educativo, ahora que –por lo menos- la educación empieza a convertirse en debate público de las cadenas radiales, televisivas y de la gran prensa escrita. Ahora que se perciben los afanes sinceros de la señora mineducación Parody. Los más sinceros aún del presidente Santos que, en su momento interpuso como minhacienda de Pastrana, un recurso de súplica ante la Corte Constitucional que le había negado en primera instancia el neoliberal Acto Legislativo 01/01 para que se lo aprobara, el cual era el paso obligado para la creación de la ley monetarista y financiera que nos rige, la 715/02 y su decreto reglamentario 1850/02. Escuchando la alocución presidencial de la noche 03.V.15, mi mente se negaba a aceptar tanto el 2-1 del Dpvo. Cali contra el DIM como las buenas nuevas en la educación colombiana de las que nos hablaba el presidente Santos. Después me dije: a él le ha tocado rodar y “voltiar” mucho, debe ser verdad. 


Quizá quedan más consideraciones sobre la llamada jornada única como elemento para mejorar la calidad educativa. Por ahora dejamos ahí.