Columnistas

El ocio
Autor: Pedro Juan González Carvajal
9 de Junio de 2015


En la antigua Grecia, el ocio era considerado como el tiempo dedicado, principalmente por los filósofos, para reflexionar sobre la vida, la ciencia y la política.

En la antigua Grecia, el ocio era considerado como el tiempo dedicado, principalmente por los filósofos, para reflexionar sobre la vida, la ciencia y la política.


Nada más lejano que asociar el ocio como la pérdida deliberada de tiempo, o a labores recreativas o intrascendentes. El ocio era un espacio de la vida cotidiana donde aquellos que se podían dar el lujo de no tener que dedicarse al trabajo o a algunas rutinas propias de las labores domésticas, se dedicaban al pensamiento reflexivo, a la conversación productiva o a la discusión de temas importantes asociados con la persona o con la comunidad.


Existía una preocupación permanente por entender el mundo y tratar de mejorarlo.


En épocas modernas, superadas las luchas sociales medioevales y los absolutismos, es el trabajo la labor que concentra la mayor parte del tiempo de los humanos, sobre todo en lo que tiene que ver con su vida productiva, ya que la mayor parte del tiempo consciente estamos en función del trabajo y dedicamos a la vida personal y al hogar, las pocas horas que nos quedan del día para reponernos y convivir en familia, es decir, lo privado se asocia hoy al agotamiento.


Lamentablemente, uno de los grandes costos asociados al incremento de la competencia en el mundo económico, en medio de la globalización,  tiene que ver con la obsesión con la productividad, que lleva a una mayor competitividad, pero que limita el tiempo de los humanos para el ocio productivo, es decir, para las labores de pensamiento.  


El avance tecnológico con relación a las telecomunicaciones, la miniaturización, la movilidad y la amigabilidad de la propia tecnología, hace posible que los humanos estemos disponibles y ubicables las 24 horas del día, lo cual debe ser evaluado fríamente con respecto a los pro y a los contra que esto representa en la calidad de vida de  los humanos.


Interrogantes como ¿Cuál es el fin superior de la existencia? o ¿Para qué vivimos? Se colocan en primera fila cuando de evaluar el estrés mundial, que hoy se visibiliza como una pandemia propia de la salud pública, nos ataca y nos agota y no nos permite siquiera imaginarnos lo que pudiera llegar a ser la felicidad.


Dirán algunos que “ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre”, zanjando la discusión alrededor de un saludable término medio. Lo que es claro es que las labores intelectuales cada vez son más escasas para el común de los mortales, lo cual está paulatinamente creando o recreando nuevas clases sociales de pensamiento, o élites del saber, que nos alejan de los tan anhelados y añorados principios de una verdadera democracia, donde la equidad y la igualdad de oportunidades para todos, se convierten de nuevo en una quimera.


Posturas promovidas por movimientos como el “slowly”, y su propuesta de la “vida slow”, nos llaman la atención con respecto a la responsabilidad que los humanos tenemos con nosotros mismos y a la obligación o la necesidad que tenemos  para hacer de nuestras vidas unas vidas más amables, menos a las carreras, donde la responsabilidad y el disfrute tengan la posibilidad de ir de la mano. 


Recordemos a Aristóteles cuando sentencia: “La felicidad reside en el ocio del espíritu”.