Columnistas

Las ciudades muertas
Autor: Dario Ruiz G髆ez
8 de Junio de 2015


En el cine hab韆 visto muchas veces las ciudades detr醩 de la Cortina de Acero, una desolaci髇 tan emparamada como la sempiterna lluvia que ca韆 sobre sus calles vac韆s sin la presencia de vecinos.

En el cine había visto muchas veces las ciudades detrás de la Cortina de Acero, una desolación tan emparamada como la sempiterna lluvia que caía sobre sus calles vacías sin la presencia de vecinos, apenas algunas luces encendidas,  el silencio detrás de las ventanas  como si ya el último ser humano hubiera sido sometido para siempre. Cuando gracias a una invitación visité  el Berlín comunista quedé perplejo ante la hilera de edificios en ruinas que enmarcaban la entrada a la ciudad y que mi memoria situó en algunos films, especialmente en “El espía que escapó del frío” de Martín Ritt y en la memorable secuencia final donde Richard Burton que camina buscando la libertad es abatido de un disparo por un oficial comunista. El frío es la metáfora con que Le Carré describe el tedio mortal en esas en ciudades  donde la vida pública había  sido doblegada por el autoritarismo  y en donde la efervescente anarquía de las fiestas populares estaba vetada, tal como estaba prohibida la risa espontánea. Hoy en el Berlín unificado el rastro de esa dictadura ha desaparecido y la horrible arquitectura del aquel régimen se disimula gracias a la reconquista de una vida espontánea con transeúntes  que caminan  libremente. Recuerdo que en aquel recorrido por  esa escenografía  yerta, saludé a un hombre que cruzaba en solitario un puente y fue imborrable su gesto de agradecimiento levantando los brazos y corriendo un trecho detrás del autobús.


Cruzar en muchas ciudades norteamericanas por suburbios muertos donde no se ve la silueta de un ser humano  porque los grandes cruces viales mataron la vida de la calle, es algo que estremece a quienes nacimos y nos criamos en la vitalidad  de un barrio, entre el afecto de vecinos que miran la noche y hablan de sus vidas modestas. Bolognini, De Sica, Monicelli, dieron fe en el cine de la importancia decisiva  del intercambio social que llega a tener la vida de barrio. Fue lo que viví gloriosamente en el Argüelles  del Madrid de los años sesenta, la fiesta eterna de la calle, aquella celebración del sol que no quería marcharse e imponía que las persianas sólo se levantaran hacia las diez de la noche, mientras sonaban en los comedores los platos para la cena, verano excelso en las plazas  adornadas  de fuentes que calmaban mi sed de andariego deslumbrado por los barrios,  mientras me moría de envidia al ver a las gentes platicando en las terrazas de los bulevares. Entonces  el corazón me saltaba de alegría y le escribía emocionadas cartas a mi mamá esperando que mi escritura pudiera comunicarle algo de aquella plenitud de vivir en una ciudad que me permitía ser plenamente el adolescente que soñaba. Uno escribe sobre la ciudad, amándola como se ama, paradójicamente,  lo fugaz,  ya que jamás  deja de estar  en peligro de ser destruida por una amenaza que nunca nos muestra su rostro ni desvela su nombre. Es la grandeza del arte a través de la escritura, de la imagen fotográfica o cinematográfica, de la música, dar fe de esos momentos que no se repetirán  y que se convierten para siempre  en la ciudad que nos acompaña silenciosamente.


Me subía al tranvía o el autobús para soñar a lo largo del trayecto y descubrir cada día las conmovedoras transformaciones de la luz, los rostros de las muchachas en los antejardines. Si se destruye a nombre de obras de “progreso” en abstracto,  el derecho inalienable de cada ciudadano a transitar con libertad los distintos recorridos urbanos, no es posible hablar de peatones ni de transparencia ni mucho menos de territorios  porque ya la ciudad está muerta.