Columnistas

Gobernar
Autor: Álvaro González Uribe
6 de Junio de 2015


Cada gobernante tiene su propia interpretación y estilo de gobernar. Sin embargo, hay un aspecto básico que no depende de interpretaciones ni estilos porque está dado por la ley: el tipo de cargo que ocupa y las funciones asignadas.

@alvarogonzalezu


Por ello es trascendental que los electores tengan claro el cargo al que aspira su candidato y sus funciones, es decir, lo que este puede y no puede hacer si es elegido. Igualmente, hay que conocer la jurisdicción, o sea el territorio sobre el cual puede ejercer esas funciones, pues aunque parezca obvio, es uno de los aspectos que más confunden candidatos y electores, al igual que gobernantes y gobernados.


En las campañas electorales sucede que por desconocimiento o demagogia candidatos a diferentes cargos lanzan propuestas que no son de su competencia en cuanto a funciones y al territorio en el cual pueden ejercerlas. Aquí es clave, por un lado, la capacitación de los candidatos cuando no sea por populismo -pues en este caso no hay capacitación que valga-, y, por otro lado, la educación ciudadana.


Suponiendo ya claro lo anterior, preguntémonos qué hace a unos gobernantes mejores que otros.


Empecemos por lo elemental. Gobernar tiene varias acepciones en el Drae, pero las más cercanas a la política son: “Mandar con autoridad o regir algo”; “Dirigir un país o una colectividad política”; y “Guiar y dirigir”. Sin duda, son acciones que un gobernante debe ejercer pero que solo indican poder: el instrumento con que cuenta un gobernante para gobernar.


Pero, ¿se gobierna de verdad solo teniendo el poder? Recordemos la frase de Darío Echandía: “¿El poder para qué?”. Un candidato, más tarde gobernante, que no tenga claro para qué quiere serlo, solo busca un cargo, busca y consigue el poder para tenerlo, en el mejor de los casos para satisfacer su ego, y, en el peor para beneficiarse económicamente ya sean él o un grupo. Ambos fines son para provecho personal y ese no es el ideal de gobernar.


Una de las mejores definiciones de administrar (que es una parte de gobernar) es “agregar valor”. Pues bien, en un período determinado, un gobernante debe agregar valor a los ciudadanos que gobierna y al territorio donde gobierna en función de aquellos. Ese es el principio. Así no haga daño ni sea corrupto o permita la corrupción, un gobernante que pase sin pena ni gloria, es decir, simplemente cumpliendo las funciones legales, es un gobernante inocuo, en especial en un país con tantas carencias. Hay muchos que maquillan sus gobiernos con actos populistas o con prensa, pero sus mandatos no pasan un juicio mínimo.


Ahora, se actúa sobre el territorio haciendo obras de infraestructura y ejecutando proyectos que satisfagan las necesidades de los ciudadanos, eso está bien, y de hecho así es como los “buenos” gobernantes ejercen su poder. Pero, ¿es eso suficiente? Si hablamos de un país que requiere profundas transformaciones físicas y humanas la respuesta es no. Hacer carreteras -por decir un tipo de obras- aunque es clave para un país, no es suficiente.


Un gobernante excelente es aquel que hace eso, obras y proyectos de todo tipo, pero que también modifica conductas, aquel que es capaz de transformar positivamente y de manera integral, no solo la piel de un territorio, sino su espíritu, su alma. Aquel que cuando termina su mandato puede decir que una gran mayoría de ciudadanos es mejor de lo que era cuando inició su periodo. Aquel que deja seres humanos, no solo con mejor calidad de vida, sino más equipados para decidir, para superarse por ellos mismos y avanzar. Utilizando un concepto ya muy estudiado, aquel gobernante que incrementa cualitativamente el capital social.


Por eso un gobernante no es un simple gerente o administrador, lo debe ser en algunos aspectos, pero tiene que ir más lejos: debe ser un líder transformador de seres humanos que son la razón de las acciones sobre los territorios. El paso de un buen gobernante debe dejar una huella en los ciudadanos que les permita distinguir entre lo que eran antes y después.