Columnistas

Lecciones de Boston
Autor: Manuel Manrique Castro
3 de Junio de 2015


Cuando se trata de delitos cometidos por adolescentes, la intolerancia y la exigencia de castigo es la primera reacción colectiva.

Esa voz reclama mano dura y no está interesada en entender circunstancias ni razones, porque al  hacerlo, supuestamente mostraría debilidad. Esta actitud ante jóvenes que delinquen proviene de una predisposición más amplia, comprensible en cierta manera y producto de largos años de innumerables y atroces actos de violencia apilados uno sobre otro, en todo el país, por guerrillas, narcotraficantes, paramilitares y las mil facetas y tácticas de la delincuencia común. 


El comentado estudio del Instituto de Estudios Políticos de la Universidad de Antioquia y la Alcaldía de Medellín, reseñado acertadamente en un reciente editorial de EL MUNDO, encontró que el 14% de los habitantes de las comunas 1 (Popular), 8 (Villa Hermosa) y (13)  San Javier, de entre 14 y 18  años, corre el riesgo de ser reclutado por los aparatos criminales que operan en la ciudad y el 11 por ciento está al borde de delinquir.  Se evidencia con ello, primero,  el poder de las organizaciones delincuenciales y segundo la frágil condición  social de miles de  muchachos con un pie en la ilegalidad.  El estudio reitera también la conocida precariedad de las familias de donde provienen y las compensaciones afectivasque encuentran en los combos que los reclutan


Allí está para ser tomado  en cuenta el llamado Milagro de Boston hecho realidad a partirdel compromiso y persistencia del pastor Bautista afrodescendiente Jeffrey Brown y su Plan de diez puntos iniciado en 1992,  cuyos esfuerzos se concretaron en una reducción del 79% de la criminalidad juvenil en los barrios más difíciles de esa ciudad estadounidense en nueve años.  Brown se propuso comprender la violencia que afectaba a Boston, acercarse a sus actores principales y romper mitos como aquel de que esos chicos eran fríos, sin emociones y por tanto podían ser asesinos.  


Cuenta Brown que él y sus colegas pastores decidieron escuchar y no predicar. Como resultado, El milagro de Boston consistió en una gran movilización que convocó a jueces, policía, colegios, empresarios, instituciones públicas, comunidades; todos los que podían sumarse al esfuerzo para reducir la violencia. El propósito, lo reiteraron muchas veces, no era llenar las cárceles de jóvenes y sí encontrar soluciones para la vida de ellos. Tampoco era asignar más policías  al área sino reconocer el potencial existente en los barrios y su aporte para reducir la violencia.  Donde la policía veía una banda criminal, decía Brown,  nosotros reconocíamos seres humanos con características diferentes. 


Aunque se trata de una experiencia de hace algunos años, la de Boston mostró el valor de un líder y un movimiento social, conscientes de las interconexiones económicas, sociales, morales y espirituales de la criminalidad para, a partir de allí, actuar con mirada holística,  sensibilidad  y compromiso, buscando reducir la criminalidad juvenil pero por sobre todo, desarrollo humano. 


En nuestro país el  36% de los delitos que cometen los jóvenes son por hurto, 28% por porte y tráfico de estupefacientes y 9% por ciento lesiones personales.  Es decir el 73 por ciento de los casos, más de siete de cada 10, relacionados con crímenes que hablan claramente de la condición social y económica de quienes los cometen.  Por eso, tomar en cuenta trayectorias inspiradoras como la del Plan de diez puntos y otras de semejante índole,  que miran el bosque y no sólo los árboles, entendiendo la multi-causalidad del fenómeno de la criminalidad juvenil, resultan útiles. También, para quitar a las bandas criminales la facilidad con que atraen jóvenes desorientados a sus filas y, ojalá, ofrecerles a cambio posibilidades de vida digna y productiva.