Columnistas

Las Farc en la democracia
Autor: Dario Ruiz Gómez
1 de Junio de 2015


Será un hecho irreversible que a partir de la firma de la Paz, los cuadros políticos e intelectuales de las Farc deberán salir de la relativa clandestinidad en que han vivido infiltrados en los medios de comunicación y los diversos estamentos del Estado, en que se han apoderado de la educación escolar y dar la cara como Partido que aspira a vivir en una democracia.

¿Cómo  justificarían  una nueva clandestinidad cuando ya su aparato armado habrá  abandonado la lucha?  Su trabajo  consistirá  en ganarse el respeto y la confianza de los ciudadanos, en aceptar que sus opositores no son esa derecha caricaturesca que  han inventado si no  sus contrarios en ideas a las cuales deberán responder con argumentos y no con amenazas ni difamaciones. ¿No sucedió esto con el M19 y con el Epl que al incorporarse a la democracia  dieron a conocer sus cuadros intelectuales  conformado por ciudadanos  de quiénes  jamás se sospechó que defendieran ideas  violentas pero  que hoy merecen nuestro total respeto? Recuerdo la incorporación del Partido Comunista a la vida  democrática después de la muerte de Franco, la aparición del nombre de reconocidos intelectuales y políticos que habían trabajado para esa organización desde la clandestinidad y bajo nombres ficticios, caso de Jorge  Semprún. Hacerse demócratas fue entonces abrirse a aquello que la férrea ortodoxia de Carrillo se había negado o sea a denunciar la lacra del totalitarismo estalinista y abrir el Partido a las nuevas corrientes del pensamiento marxista , admitir las lógicas disidencias que brotaron de inmediato y que hoy frente una nueva izquierda los ha llevado a desaparecer.


Aceptar vivir bajo una democracia es aceptar el libre juego de ideas, enfrentar los cambios que en el orden social han introducido las nuevas economías.  “Cuando los hechos cambian, dijo Keynes, yo cambio de opinión, ¿Usted no?” ¿Cómo hablar de un proletariado si éste ya no existe? ¿Cómo combatir el flagrante problema de la inequidad, de la miseria si no han sido capaces de forjar un nuevo discurso contra la injusticia?  ¿Dónde está su discurso sobre los problemas urbanos, sobre la problemática agrícola, sobre la economía industrial? Repetir clichés antiimperialistas, lanzar  proclamas olvidando la necesidad de investigar la problemática de las regiones, la presencia de una compleja sociedad plural los ha llevado al peor maniqueísmo y al hecho constatable de que en estos cuadros intelectuales ya ni siquiera se hable de los pobres, como si éstos fueran un pasado vergonzoso. Partamos entonces de que aceptar el juego democrático es renunciar a un proyecto totalitario como el que ha postrado a Cuba y Venezuela o sea a la obediencia ciega a un Partido Único que se niega a admitir que un Partido democrático supone ante todo la democratización de sus bases, el aporte necesario de la libre opinión de trabajadores y campesinos. Pero hay además algo que la condición misma de la democracia impone y es la aceptación, bajo la norma de libertad de  opinión, de que se debe condenar  toda forma de violencia  o sea renunciar a las estrategias  de  “tomas del poder”  utilizadas aún en algunas universidades por minorías dogmáticas. La libertad de cátedra es contraria a la imposición de un pensamiento único, es lo opuesto al terrorismo; y aceptar el juego  democrático va a ser  tener que admitir  que ya la misma realidad se había encargado de demostrarles  que estaban no solo equivocados  sino sobrepasados por la Historia y que el as bajo la manga de tratar de imponer una colectivización agraria tan regresiva como la que proponen, sería una funesta traición a la democracia o sea volver a las andadas.