Columnistas

La econom韆 pol韙ica nacional keynesiana
Autor: Guillermo Maya Mu駉z
1 de Junio de 2015


En el art韈ulo La autosuficiencia nacional (The Yale Review, 1933), de JM Keynes, de claro sabor nacionalista, se encuentran gratas coincidencias entre el genio Brit醤ico y el genio Alem醤, Federico List.

Aunque Keynes creía en el libre comercio, en las circunstancias del siglo XX, entre las dos grandes guerras, las cosas eran diferentes, y ya había cambiado de opinión: “Crecí como todos los ingleses para respetar el libre comercio, no solo como una doctrina económica, que una personal racional e instruida no podría dudar, sino también como parte de una ley moral”.


Sin embargo, admite Keynes, ya no está de acuerdo con el libre comercio y con sus argumentos: “la orientación de mi mente ha cambiado (...) En parte porque mis fundamentos de la teoría económica están modificados (...) Yo atribuyo mi cambio de punto de vista a mis esperanzas, temores y preocupaciones, que comparto con muchos, que son diferentes de los que fueron en el siglo XIX. Nuestras hábitos de pensamiento y preocupaciones son diferentes a aquellos del siglo XIX, de los que estamos escapando, en cuanto a métodos y valores, así como cada centuria lo ha sido de la precedente”.


¿Cuál es el problema del imperialismo como amenaza a la Paz? “no parece obvio que una gran concentración del esfuerzo nacional para la captura del comercio extranjero, que la penetración en la estructura de un país por los recursos y las influencias de los capitalistas extranjeros, y que una dependencia mayor de nuestra propia vida económica sobre las fluctuantes políticas económicas de los países extranjeros son salvaguardas y aseguramientos para la paz internacional. Es falaz, a la luz de la experiencia del pasado, argumentar en contrario”.


Keynes alerta sobre los efectos nocivos del imperialismo económico y de los movimientos internacionales del capital: “La protección de los intereses extranjeros de un país, la captura de nuevos mercados, el progreso del imperialismo económico –recordemos que es Keynes quien escribe, no Lenin- estas son aquellas cosas que escasamente podemos evitar en el esquema que espera tener la más alta especialización internacional y más grande difusión geográfica del capital en dondequiera que se encuentre su propiedad”. 


Hoy, estas palabras no pueden pasar inadvertidas, cuando hemos sido testigos de las guerras “humanitarias” y los “cambios de régimen” para controlar los recursos naturales, combustibles y minerales, bajo la pretendida doctrina del “excepcionalismo” norteamericano, una reelaboración de la doctrina del “Pueblo Escogido”: EEUU. Los otros son dispensables, desechables (PC Roberts).  Al mismo tiempo, que se usan los tratados, como los TLC, para imponer las reglas de protección a la inversión, patentes y derechos de propiedad intelectual, a través de tribunales privados de arbitramento internacional, que menoscaban la soberanía nacional, en beneficio de las grandes corporaciones transnacionales, y los abogados corporativos.


En este sentido, Keynes plantea todo un programa contrario al llamado Consenso de Washington que rige desde las dos últimas décadas del siglo XX, en el diseño de la política económica, y suscrito por todas las agencias multilaterales, en coordinación con la Secretaria del Tesoro de los EEUU, brazo político de Wall Street: “Yo simpatizo con aquellos que minimizarían, más que con aquellos que maximizarían las  redes  económicas entre las naciones. Las ideas, el conocimiento, la ciencia, la hospitalidad, los viajes son cosas que deberían ser por sus propias naturalezas internacionales. Pero dejemos que los bienes sean hechos en casa, siempre y cuando sea razonable y convenientemente posible, y sobre todo, dejemos que las finanzas sean ante todo nacionales” , debido a los efectos nocivos de las “fuga de capitales” sobre los países receptores. 


En interés de la paz mundial, Keynes recomienda la autosuficiencia nacional: “Por estas fuertes razones, entonces, yo estoy inclinado a la creencia de que una medida más grande de autosuficiencia nacional y un aislamiento económico entre los países mayor a la que existió en 1914 puede tender a servir la cusa de la paz, y no al contrario. (...) la época del internacionalismo económico” o cosmopolitismo como lo llamaba List,  “no tuvo especial éxito en evitar la guerra”.


Aunque “un grado considerable de especialización internacional es necesario en un mundo racional, cuando en todos los casos sea determinado por una gran variedad de diferencias de clima, recursos naturales, aptitudes nativas, nivel cultural y densidad de la población”.


Sin embargo, “La experiencia se acumula para probar que la mayoría de los procesos de producción en masa pueden ser hechos en la mayoría de países y climas con casi igual eficiencia” (760). Es decir, Keynes incluye, en la capacidad de producir manufacturas, tanto a los países templados, Europa, EEUU, etc, como a los llamados “países cálidos” por List, quien los excluía (este punto se desarrollaría en otra columna).


En conclusión: “La autosuficiencia nacional, en pocas palabras, aunque ella cuesta algo, podría convertirse en un lujo que nos podemos dar, si nosotros deseamos hacerlo”.   


Pero, solo la crítica y el debate nos puede salvar, como humanidad: “Ahora bien, para este proceso es condición sine qua non del éxito final, una crítica atrevida, libre y sin misericordia. Necesitamos la colaboración de todos los espíritus brillantes de la época”.  Keynes era un liberal, pero no un liberal pro corporativista clintoniano, blairiano o colombiano (aquí pueden poner el apellido que quieran).