Columnistas

Sobre el morir y el estar muriendo
Autor: Dario Valencia Restrepo
1 de Junio de 2015


Como Sergio Prada ya publicó el pasado 9 de abril en EL MUNDO una columna sobre el libro Being Mortal: Medicine and What Matters in the End, del médico Atul Gawande (tinyurl.com/SergioPrada), se intentará ahora complementar aquella buena reseña de un libro trascendental. Aunque casi todo lo tratado por Gawande se refiere a Estados Unidos, diferentes aspectos nos conciernen.

Recuerda el autor que durante sus estudios de medicina aprendió mucho sobre anatomía, funcionamiento del cuerpo humano y recursos para diagnosticar y enfrentar  enfermedades, pero nada sobre qué hacer y cómo relacionarse con un paciente que envejece y que se está muriendo cuando son inútiles los esfuerzos curativos. Sin embargo, su formación tuvo un contacto marginal con este tema cuando en un seminario se estudió La muerte de Iván Ilich, la clásica novela escrita por León Tolstoi (tinyurl.com/IlichTolstoi). 


Fue apenas natural que una persona sensible y compasiva como Gawande se impresionara con el proceso de deterioro y cercanía a la muerte que padece un burócrata que ha logrado progresar en el entorno de la aristocracia rusa. Iván Ilich se queja de la incomprensión y falta de piedad de familiares y amigos; de una terrible soledad que lo lleva a vivir sólo de sus recuerdos del pasado; de sentirse culpable de lo que le pasa y culpable de importunar y molestar a su esposa y a sus amigos; de saber que se muere pero que no se habitúa a ello y no lo puede comprender.


Aquella revelación llevó al autor del libro a interesarse por la función social que cumplen las muchas y costosas casas de ancianos, y en sus visitas se horrorizó al ver cómo la vida de los residentes está regimentada por personas desconocidas que les dicen cuándo levantarse, cuándo comer, cuándo hacer esto o lo otro; además, sufren toda clase de imposiciones y restricciones porque lo fundamental es su seguridad. En resumen, han perdido totalmente su autonomía, nada allí se parece a un hogar y, por lo común lejos de sus seres queridos, no le encuentran sentido a su vida en esta etapa final. Por ello no está fuera de lugar comparar esas casas con prisiones: las rutinas se establecen para facilitar la tarea de los cuidadores, a expensas de la libertad y autoestima de los ancianos. Además, observa que la generalidad de sus colegas pierde interés en pacientes sin tratamiento posible, a pesar de los enormes avances de la medicina, y que algunos de ellos alientan en el enfermo esperanzas mediante inútiles y traumáticos procedimientos.


Al extender su recorrido, Gawande encuentra ejemplos que muestran alternativas a aquellos ancianatos gracias a un nuevo concepto: vida asistida. Un creciente número de personas altruistas considera que su trabajo no es suprimir las opciones de las personas en nombre de la seguridad, sino brindarles una ayuda que les permita un cierto grado de autonomía en sus propias casas o en sitios donde puedan llevar vida independiente hasta donde sea posible, establecer relaciones y desarrollar actividades que les den un propósito a sus vidas. Dice a este respecto el filósofo Richard Dworkin que, sean cuales fueren los límites o dificultades que enfrentemos, el mayor deseo es retener la autoría de nuestra propia vida, pues en ello reside lo central de la condición humana.


El libro describe y reflexiona mientras entrevista a los autores de los nuevos modelos que transforman aquellas tradicionales casas con ideas como plantar un jardín para que sea mantenido por los residentes; fundar una guardería infantil anexa para permitir la interacción con los niños; crear responsabilidades mediante el cuidado de mascotas, entre ellos pájaros cuyos cantos alegrarán el lugar; facilitar juegos, paseos y salidas a conciertos y obras de teatro. Con emoción Atul Gawande registra cómo en esas casas se recobra la vida, cae el uso de sedantes y disminuye la tasa de mortalidad.