Columnistas

Colombia y el beato Romero
Autor: Hernán Mira
27 de Mayo de 2015


La beatificación de monseñor Óscar Arnulfo Romero se cumplió en San Salvador ante unas 300.000 personas, con sus reliquias: la camisa ensangrentada que tenía puesta el día de su brutal asesinato y una palma, símbolo de la victoria de los mártires.

A los 35 años de su muerte se logró que se elevara a beato, en un proceso que venía desde 1990 y estuvo “engavetado” en el Vaticano en el pontificado de Juan Pablo II, seguramente por que Romero fue firme y contundente en enfrentar la violencia, la injusticia, la guerra y la clase dirigente salvadoreña de ese entonces, encabezada por un militar. Ahora, el Papa Francisco firmó el decreto en el que reconoce el martirio en “odium fidei”, esto es, odio a la fe y afirmó, en su comunicación, que Romero  es un “hombre de Dios” y no había “algún impedimento” para su beatificación.  


El acontecimiento es la oportunidad para reflexionar y mirar críticamente el compromiso de la iglesia y los católicos colombianos con relación al largo huracán de violencia, inequidad e injusticia en el que vivimos inmersos y ahogados a lo largo de nuestra historia. Citaré unos planteamientos de las homilías y escritos de mons. Romero, recopilados en el blog Cristianisme i justicia, para mirarlos en la perspectiva del país y del cristianismo y catolicismo que aquí vivimos.


Empiezo con este muy preciso en la realidad que estamos viviendo hoy y hace tantos años: “Los servidores de la absolutización de la derecha, que hoy aquí en El Salvador –también en Colombia-, es la riqueza, la propiedad privada, el poder político, servidores de ese frente de ultraderecha, las organizaciones de ultra derecha que amenazan, acribillan a balazos, secuestran, todo eso es servicio al falso dios. Eso es también idolatría de dioses que están cobrando vidas humanas. Servidores del dios Moloc”. Este era un dios de los fenicios al que se ofrecían sacrificios de vidas humanas, especialmente niños. Aquí le rendimos y seguimos rindiendo culto en esta guerra sin fin.


“Otra forma falsa de Dios es el Dios espiritualista, el Dios desencarnado, el Dios del sacerdote y el levita que pasaron cuando vieron al herido y no le hicieron caso (parábola del Buen Samaritano). Es el Dios de aquellos que dicen: ¡Ah, la iglesia ya se metió en política, solo habla de socialismo, de cosas terrenales! Y es porque ellos quisieran que no se hablara de esas cosas, que no se le hiciera caso al hombre herido”. Aquí, defendiendo siempre intereses individuales, borramos de un tajo eso de que toda teología verdadera es política y calificamos de marxistas comunistas a religiosos comprometidos. El beato Romero debería ser uno de los que se invocara a diario, para iluminarnos, aquí y ahora. 


CODA. Un claro ejemplo en lo local, está en la más reciente columna, “Campesinos víctimas”, del jesuita Francisco de Roux en El Tiempo. Cuenta que un empresario que lo visitó a propósito de la reclamación de tierras de los campesinos “me dijo que él era un empresario de familia católica y que no entendía por qué yo no me ponía de su parte. Le expliqué que él tenía todo el derecho a defender sus intereses privados, pero que no se sorprendiera de que en esta disputa jurídica, siendo yo un seguidor de Jesucristo, me pusiera de parte de los pobres. ¿Acaso él no había leído el Evangelio?”