Columnistas

Lisiados del alma
Autor: Omaira Martínez Cardona
26 de Mayo de 2015


Como parte de mi labor me llegó el nombre de un cuento del que me apropio para titular esta columna y reflexionar sobre la discapacidad espiritual que cada vez nos hace más desconsiderados con los otros.

En una sociedad que se enorgullece de tener leyes de inclusión que en la práctica no cumple porque termina por excluir a muchos, tampoco hay consciencia de que la mayor incapacidad está en el interior de las personas; es una sociedad enferma, lisiada del alma, con síntomas como la indolencia y en individualismo en la que poco o nada importan ya los demás.


Se considera como discapacitada o lisiada a una persona que tiene un trastorno en sus facultades físicas o mentales; pero estar lisiados del alma es no tener la capacidad de comprender muchas de las emociones que motivan las acciones que a diario realizamos aún en detrimento de nuestro bienestar y el de los demás. Se tiene el bendito hábito no siempre intencional de terminar dando prioridad a las cosas que sabemos pueden debilitarnos o destruirnos por esa  tendencia a la autodestrucción y a ponerle obstáculos o excusas a todo, lo que nos hace vulnerables e incapaces de reconocer que vamos camino a la deshumanización absoluta de la humanidad.


Ser discapacitado del alma  es ser incapaz de mirar más allá de los intereses propios. Una sociedad está lisiada del alma cuando se evade ante el dolor de unos pocos, cuando se jacta de aprovecharse de la debilidad e incapacidad de algunos temerosos en un entorno donde la coerción se convierte en el principal mecanismo  para mercadear las necesidades y el bienestar, en ambientes  en los que la esperanza sucumbe ante el miedo y la bondad ante las acciones malintencionadas.


Sin embargo, no hay que dejarse apabullar porque la discapacidad del alma también es tratable si se tiene la voluntad y se ejercita más la conmiseración y menos esa tendencia enfermiza de provocar malestar a los demás. Justificaciones como “no se puede, no puedo, no soy capaz”, “es muy difícil” o la atribución a otros de nuestros temores, responsabilidades e incapacidades, son trabas que se ponen e impiden fortalecerse y hacer más placentera la propia existencia y la de las personas que nos rodean y con las que nos relacionamos. La inseguridad y la falta de autoestima generan sentimientos y acciones de malestar hacia sí mismo y con los demás.


Por eso, cuando el alma cojea o va a la deriva tanteando en absoluta ceguera; cuando no escucha  ni quiere percibir las señales ni sonidos que la guían, está en fase de metástasis y es prudente revisarla, sacudirla,  transformando los obstáculos en oportunidades, lecciones aprendidas y experiencias que hacen más resistente el espíritu, capacitándolo para soportar y sobrevivir en un mundo tan complejo,  en el que cada ser trae su propia carga, haciendo de sí mismo su principal obstáculo  y enemigo para alcanzar propósitos de vida.


Retomando el cuento de referencia y recordando Ensayo sobre la ceguera de José Saramago, en el que se hace un profundo análisis de las enfermedades espirituales, es la incapacidad de la humanidad de reconocer al prójimo, su rostro, sentimientos, aflicciones y anhelos, lo que convierte al mundo actual y a quienes lo habitan en personas infames y muchas veces despreciables que solo a partir de la propia tragedia pueden encontrar y reconocer la fuerza del espíritu y la capacidad del alma para dejar de utilizar la razón como excusa para humillar la vida y comenzar a dignificarla.