Editorial

La ofensiva contra las Farc
24 de Mayo de 2015


Como esta señal responde a las demandas de la ciudadanía que espera la solución del conflicto armado pero rechaza una claudicación, le corresponde a las Farc demostrar si tienen voluntad de paz.

Con las operaciones iniciadas desde el pasado jueves contra las Farc, y que reportaron éxitos en Guapi, costa pacífica del Cauca, y Segovia, Antioquia, el Gobierno Nacional ha dado respuesta a los sucesivos ataques con que esa organización presiona una tregua bilateral, que sería extraña al modelo de la negociación en La Habana e inconveniente para su conclusión. Así como las acciones militares, las declaraciones del presidente Santos y miembros del Gabinete se han de entender como notificación, ojalá sin reversa, de que el Gobierno Nacional retoma plenamente el modelo de negociar en medio del conflicto y, en consecuencia, declara cerrada cualquier discusión sobre el cese el fuego bilateral anhelado por la guerrilla y sus amigos.


Desde el pasado diciembre hemos ratificado nuestra confianza en que el presidente Santos mantendría su compromiso de no declarar la tregua bilateral y resistiría las fuertes presiones recibidas para actuar en contrario, entre ellas la dramática masacre de diez militares guarecidos en una ramada en Buenos Aires, Cauca, el pasado 15 de abril, y el cruel asesinato de la niña Ingrid Guejía Gueico y las heridas a sus tres compañeritos, al pisar una mina. Ha llegado el momento de confiar en que el jefe de Estado exigirá con firmeza los avances necesarios en un proceso que peligra por estancamiento. Después de notificar, el viernes, que “esta ha sido, esta es y esta seguirá siendo la orden: no bajar la guardia”, el doctor Santos reiteró el sábado que “la obligación de nuestras Fuerzas Militares, de nuestra Policía, del Presidente de la República, es combatir todo tipo de criminalidad”. Tal contundencia, que se avisó en los gestos y declaraciones de los negociadores el jueves, muestra el camino que se emprende buscando un acuerdo con justicia y reconocimiento de derechos de las víctimas, así como dejación y entrega de armas. Como esta señal responde a las demandas de la ciudadanía que espera la solución del conflicto armado pero rechaza una claudicación, le corresponde a las Farc demostrar si tienen voluntad de paz.


Distintas organizaciones dedicadas a seguir el cumplimiento del supuesto cese el fuego de las Farc, denunciaron más de una docena de ataques durante la tregua, en el Putumayo, Caquetá, Cauca, Nariño. Desde estas columnas hemos denunciado la persistencia en el reclutamiento de niños, niñas y adolescentes, los negocios criminales y la siembra de minas por distintos grupos de las Farc. Autores reiterados de estos hechos son el Bloque Occidental, golpeado en Guapi, Cauca, y el José María Córdova, combatido en Segovia. El grupo del occidente, comandado por Jorge Torres Victoria, alias pablo catatumbo, y Édgar López Gómez, a. pacho chino, negociadores, es responsable de la bomba contra el mercado de Inzá, Cauca, que el 7 de diciembre dejó nueve muertes; el asesinato de dos niños en Chilvi, Tumaco, en mayo de 2014; el ataque a Gorgona, que dejó un subteniente muerto y la masacre de Buenos Aires. Su culpa se extiende al asesinato de dos miembros de la Guardia Indígena, en noviembre del año pasado; la siembra de minas alrededor de las escuelas indígenas, y el asedio a los miembros del pueblo Nasa. El Bloque Caribe, dirigido por alias isaías trujillo, negociador, está asociado con las bacrim en vastas zonas de Antioquia, y violó la tregua fariana en Ituango y Briceño. 


Ensimismada en su refugio habanero y en sus negocios criminales, esa organización se cree eximida de gestos de buena voluntad y pareciera que después de treinta meses de apariciones públicas ha confundido el respaldo de muchos con la solución negociada, con un apoyo irrestricto a su grupo y a quienes se unen a ellos en la demanda de tregua bilateral. Al olvidar el repudio que el país acumuló en su contra, juegan con la mitad de colombianos que hace un año los rechazó en las urnas y abusan de quienes respaldamos una salida negociada al conflicto, aclarando que esa pretensión no puede ser tomada como gestos de confianza o esperanza depositados en esa organización. Tal escepticismo, se requiere no olvidar, ha sido sembrado en varias negociaciones por la parte de la mesa que dilata acuerdos para enriquecerse, armarse, ampliar su control territorial y crecer sus filas con niños, niñas y adolescentes reclutados. Negociar la paz para alargar la guerra es perspectiva ya ensayada y descartada por sus efectos nefastos para el país. 


Desde el pasado diciembre hemos ratificado nuestra confianza en que el presidente Santos mantendría su compromiso de no declarar la tregua bilateral y resistiría las fuertes presiones recibidas para actuar en contrario, entre ellas la dramática masacre de diez militares guarecidos en una ramada en Buenos Aires, Cauca, el pasado 15 de abril, y el cruel asesinato de la niña Ingrid Guejía Gueico y las heridas a sus tres compañeritos, al pisar una mina. Ha llegado el momento de confiar en que el jefe de Estado exigirá con firmeza los avances necesarios en un proceso que peligra por estancamiento. Después de notificar, el viernes, que “esta ha sido, esta es y esta seguirá siendo la orden: no bajar la guardia”, el doctor Santos reiteró el sábado que “la obligación de nuestras Fuerzas Militares, de nuestra Policía, del Presidente de la República, es combatir todo tipo de criminalidad”. Tal contundencia, que se avisó en los gestos y declaraciones de los negociadores el jueves, muestra el camino que se emprende buscando un acuerdo con justicia y reconocimiento de derechos de las víctimas, así como dejación y entrega de armas. Como esta señal responde a las demandas de la ciudadanía que espera la solución del conflicto armado pero rechaza una claudicación, le corresponde a las Farc demostrar si tienen voluntad de paz.


Distintas organizaciones dedicadas a seguir el cumplimiento del supuesto cese el fuego de las Farc, denunciaron más de una docena de ataques durante la tregua, en el Putumayo, Caquetá, Cauca, Nariño. Desde estas columnas hemos denunciado la persistencia en el reclutamiento de niños, niñas y adolescentes, los negocios criminales y la siembra de minas por distintos grupos de las Farc. Autores reiterados de estos hechos son el Bloque Occidental, golpeado en Guapi, Cauca, y el José María Córdova, combatido en Segovia. El grupo del occidente, comandado por Jorge Torres Victoria, alias pablo catatumbo, y Édgar López Gómez, a. pacho chino, negociadores, es responsable de la bomba contra el mercado de Inzá, Cauca, que el 7 de diciembre dejó nueve muertes; el asesinato de dos niños en Chilvi, Tumaco, en mayo de 2014; el ataque a Gorgona, que dejó un subteniente muerto y la masacre de Buenos Aires. Su culpa se extiende al asesinato de dos miembros de la Guardia Indígena, en noviembre del año pasado; la siembra de minas alrededor de las escuelas indígenas, y el asedio a los miembros del pueblo Nasa. El Bloque Caribe, dirigido por alias isaías trujillo, negociador, está asociado con las bacrim en vastas zonas de Antioquia, y violó la tregua fariana en Ituango y Briceño. 


Ensimismada en su refugio habanero y en sus negocios criminales, esa organización se cree eximida de gestos de buena voluntad y pareciera que después de treinta meses de apariciones públicas ha confundido el respaldo de muchos con la solución negociada, con un apoyo irrestricto a su grupo y a quienes se unen a ellos en la demanda de tregua bilateral. Al olvidar el repudio que el país acumuló en su contra, juegan con la mitad de colombianos que hace un año los rechazó en las urnas y abusan de quienes respaldamos una salida negociada al conflicto, aclarando que esa pretensión no puede ser tomada como gestos de confianza o esperanza depositados en esa organización. Tal escepticismo, se requiere no olvidar, ha sido sembrado en varias negociaciones por la parte de la mesa que dilata acuerdos para enriquecerse, armarse, ampliar su control territorial y crecer sus filas con niños, niñas y adolescentes reclutados. Negociar la paz para alargar la guerra es perspectiva ya ensayada y descartada por sus efectos nefastos para el país.