Columnistas

Oportunidad y riesgo
Autor: Sergio De La Torre
24 de Mayo de 2015


Sin duda alguna el proceso de paz, a cuatros años largos de haberse iniciado, pasa por su peor momento.

Sin duda alguna el proceso de paz, a cuatros años largos de haberse iniciado, pasa por su peor momento. Y cuando digo cuatro incluyo el período precedente, que suele haber siempre, de negociaciones subterráneas e informales, donde las partes se miden el aceite, se miran a los ojos, acuerdan (teniendo la prudencia de no revelarlas a destiempo) las bases del arreglo que a ambas interesa, y adoptan la agenda que habrá de acreditársele a la sociedad para que también ella, participando en el debate, pueda expresarse, así su voz poco incida en lo que de antemano se tiene pactado. 


Se trata pues del tiempo previo, donde prueban el pulso y se deciden las cosas cruciales: cómo terminar el conflicto, cuándo cesar las hostilidades, qué ofrece y recibe cada bando en el reparto final en punto a perdones, olvidos, reparaciones, áreas asignadas, denominadas “de reserva campesina”, o sea territorios cuyo dominio se reconocerá (según sus antecedentes, su gravitación, su presencia real en ellos) a los alzados ya reintegrados. El resto de lo que percibimos en la mesa, sumado al eco y resonancia que tenga en Colombia, es pantomima y teatro. Vale decir, el bullicio y el suspenso que suscita una contienda al asumirse su cancelación, cuando se aboca la rendición o el armisticio previos. O sea el espectáculo que se ofrece a la galería para que, juzgando y deliberando en parte, no sea la nación un testigo mudo sino que intervenga algo en un acuerdo llamado a devolverle el sosiego y definir su futuro.


En esa primera y secreta etapa a que aludimos, donde las habas se cuecen, actúan aquellos que tienen el poder de decisión. Que en nuestro caso, a nombre del Gobierno fueron Enrique Santos y Sergio Jaramillo, conocedores a fondo de los entretelones del conflicto colombiano desde su germinación a mediados del siglo pasado. Humberto de la Calle, persona respetable, despierta y competente, como debe serlo quien presida la delegación estatal, es el notario que registra el detalle e implementación de un arreglo ya proyectado en lo básico. Su papel es relevante, pero a ello se reduce: dar la cara, anunciar los esquivos avances y progresos, responder las quejas de la ciudadanía, absolver sus dudas si puede, y soportar el ritmo desesperante que nuestra contraparte le imprime a las dispendiosas tratativas.


Hasta ahí todo es claro y entendible. Responde al modelo aplicado en procesos similares adelantados en Europa y el Tercer Mundo. Pero ¡cuidado!: el nuestro corre un riesgo, consistente en que se trata de un proceso repetido, ya padecido con igual parsimonia y lentitud en el Caguán, o sea casi un cuatrienio, que es lo que completa el de La Habana. Amén de otros ensayos que con similares parafernalia y expectativas también fallaron con la misma guerrilla, verbigracia Tlaxcala. Cuando la experiencia vivida en una negociación se ha sufrido en otras, la impaciencia generada es mayor, y la espera por resultados cada vez apremia más y se soporta menos. El peligro de que la empresa se malogre está entonces no tanto en su demora como en su repetición. Hay en la población un acumulado de fatiga y desconfianza que viene de atrás. Las Farc calculan mal con el paso de tortuga que le aplican, pues 37 ciclos hasta ahora cumplidos son demasiados para el país y el mundo, que no quiere que la contienda intestina (la única que queda en el planeta sin resolver) ni las conversaciones destinadas a zanjarla se prolonguen más. La reserva de paciencia (hoy muy mermada) que acompaña esta cruzada, va extinguiéndose.  ¿Cómo es que entre sus consejeros o asesores, que no deben faltarle en el mundo académico o el Parlamento, no hay quien le abra los ojos a la comandancia sobre la torpeza abismal con que maneja esta oportunidad única de poder reinsertarse intacta, la cual no se repetirá en mucho tiempo? Alguien que para sacarla del error en que vive emboscada, apele, no a la inteligencia, que nunca tuvo en grado suficiente, sino al menos a la astucia campesina que debiera quedarle, pese al progresivo deterioro de sus cabecillas, producto de la opulencia, la molicie y la rutina.


Lo arriba expuesto ensombrece el panorama de la paz y pone en duda el éxito de una causa que el mundo entero ha abrazado con ansiedad. Pero lo que más atenta contra ella es el cinismo y la frescura. Las masacres, las minas quiebrapatas, etc., merecen repudio total, pero lo que más hiere es la frescura con que responden al reclamo ofendido de la sociedad. Como cuando afirman ser ellos también víctimas de la guerra. Y que no reclutan niños sino que los recogen para protegerlos. Como si en lugar de una guerrilla tuvieran una guardería. ¡Vaya angelitos!