Columnistas

Delitos sin fin
Autor: Manuel Manrique Castro
20 de Mayo de 2015


El abuso contra las mujeres parece no tener l韒ites. Cada d韆 ocurre un acontecimiento peor que el anterior y los atentados contra ellas se suceden sin parar en una rueda incesante de delitos alimentadas por hechos bochornosos.

Puede tratarse de noticias sobre abusos sexuales  supuestamente cometidos por el alcalde de Tarazá, un pastor de la iglesia Pentecostal del mismo municipio,  la reciente denuncia de  violación de 53 niñas, hace más de diez años, en Melgar, Tolima y Girardot,  por contratistas y soldados estadounidenses, los vejámenes y abusos de las Farc contra un número aún desconocido de mujeres jóvenes o tantas golpizas y maltrato psicológico que no llega a los medios ni hace parte de las estadísticas. 


Según el Instituto Nacional de Medicina Legal, las muertes asociadas al delito sexual o a la violencia de pareja, va en aumento y la Capital del país es la región donde más ocurren estos hechos.  En el mundo más del 30% de las mujeres son maltratadas por su pareja. 


Los anzuelos son muchos y a los tradicionales se suma ahora el de las redes sociales  donde sucumben jóvenes atraídas por el glamour de la diversión y el consumo más allá de sus posibilidades.


Esa larga lista de delitos, agravada e impune cuando se trata del conflicto armado, se mezcla en los escenarios de la comunicación instantánea con los  feminicidios en República Dominicana o Ciudad Juarez y otros municipios del estado mexicano de Chihuahua, fronterizo con Estados Unidos,  donde, entre 2008 y 2013, han desaparecido 1,818 mujeres. 


Allí están también las atrocidades de  Boko Haram, abusivo y déspota saliéndose con la suya, confiado y desafiante frente a un resto del mundo incapaz de responder con firmeza.  


Nadie fue detrás de este movimiento como sucedió con Osama Bin Laden y poco efecto tuvo la fugaz campaña protagonizada por figuras de Hollywood  y la política mundial, como Michele Obama, Malala, Angelina Jolie y la Canciller alemana,  clamando: devuélvannos a nuestras niñas. 


Hace pocos días el ejército de Nigeria liberó 700 de ellas pero no hubo tiempo de alegrarse con la  buena noticia porque 214 volvieron embarazadas y dieron testimonio de vejaciones y abusos sin fin sufridos durante el cautiverio.  Entre las 2.000 mujeres y niñas secuestradas por este grupo extremista durante los últimos 13 meses, aún están las 219 estudiantes de Chibok  -cuyo paradero se desconoce-  y que fueron motivo de gran movilización mundial. 


Cuando en septiembre de este año se haga el balance de las Metas y  Objetivos del Milenio -y nada de lo anterior será ajeno a ese recuento- el 75% de los países habrá llegado a la paridad de género en la escuela primaria mientras el resultado para la educación secundaria básica será sólo 56%.  Casi una de cada cinco adolescentes en el mundo,  no está escolarizada. En ambos casos brecha aún grande,  tratándose  de la educación, una de las principales herramientas para romper la discriminación de género, reducir la pobreza y, como lo muestran numerosos estudios, atacar los mil rostros de la tan extendida violencia contra mujeres de todas las edades.  


Los victimarios y agresores de cualquier latitud,  se van saliendo con la suya y dejan  en la atmósfera la idea insana de que contra las mujeres todo se puede porque los poderes permanecen inermes, acompañados de  una ceguera social cómplice que no ve, no oye ni sabe.  


Mientras los avances sociales y políticos suben por lentas y estrechas escaleras, el ascensor de la violencia contra la mujer se nutre de la impunidad y complacencia de sociedades que legitiman con su silencio y pasividad el aumento y cruel sofisticación de ataques contra ellas.  Sólo acrecentando el rechazo colectivo y acelerando las transformaciones que las mujeres hace tiempo reclaman, se podrá revertir el inaceptable panorama actual.