Columnistas

Mu閟tremelo, el permiso
Autor: Carlos Cadena Gait醤
19 de Mayo de 2015


縌ui閚 tiene permiso para ocupar un and閚 en el centro de una ciudad, una acera en una de las v韆s principales que llevan hacia el centro? La respuesta es sencilla: todos.

Todos tenemos exactamente el mismo derecho ciudadano a caminar por allí, a respirar, a pararnos en la cabeza y a bailar mientras soñamos. Infortunadamente, esto no quiere decir que todos tengamos el derecho a ubicar en ese espacio público nuestro negocio de manera permanente.


La semana pasada volvimos a presenciar un espectáculo bochornoso en Palacé. Una de las únicas vías con cinco carriles –en un solo sentido– que tiene la ciudad de Medellín, se sigue resistiendo a abrir sus andenes para que los ciudadanos los usen. Muchos de los comerciantes de la zona, siguen insistiendo en que tienen todo el derecho a exhibir sus carros en el espacio público; como si esas aceras solo les pertenecieran a ellos.


Luego de que la tutela que había detenido las obras de construcción de ciclorruta y andenes en esa vía, fuera declarada improcedente, los ciudadanos salimos a festejar que nuevamente revive nuestro sueño de ciudad. Hace unas semanas, en el marco del proyecto #PalacéParaTodos, habíamos utilizado un ataúd como símbolo de nuestra tristeza acerca del futuro de ese proyecto; en ese entonces protestábamos respetuosamente porque “nos estaban enterrando nuestro sueño de ciudad”.


En esta oportunidad decidimos salir a celebrar silenciosamente en el espacio público. A bailar, cada uno con audífonos y conectado al mismo ritmo vía señal de celular. Ahora, nuestro mensaje era muy sencillo –al estilo de Joselito Carnaval: “el muerto no estaba muerto, sino que andaba de parranda”; reflejábamos la alegría de saber que revivía la posibilidad de recuperar esos andenes para los seres humanos, de organizar el transporte colectivo en la vía, de ver árboles en la zona, y proteger a los ciclistas que por allí transitan en grandes números.


Sin embargo, la fiesta no fue como la planeábamos. Llevábamos poco tiempo allí cuando salió enfurecido el señor gerente del concesionario Hyundai. Manoteando y gritando en un penoso espectáculo, le ordenó a sus trabajadores que sacaran los carros y los parquearan precisamente en el espacio público donde nosotros estábamos bailando. ¿Pensó realmente él que nos quitaríamos para darle espacio a sus motores poderosos? Al evidenciar que no nos movíamos, llamó a la policía.


Para sorpresa del beligerante gerente del concesionario, los agentes de la policía no encontraron nada ilegal en nuestras acciones, y le recordaron al señor que todos los ciudadanos tienen derecho a usar el espacio público. Desesperado, el señor demandó que le mostráramos el permiso para usar el espacio. Se lo mostramos: nuestras cédulas.


Sin embargo, la pregunta quedó en el aire: ¿acaso el (y los miles de otros poderosos que se han apoderado por tanto tiempo del espacio público para usufructuarlo, tienen un permiso especial, que nosotros no conocemos? ¿Por qué nos hemos quedado callados al respecto por tantos años? ¿Por qué aceptamos como realidad que no haya espacio para niños, adultos mayores, personas con movilidad reducida, en cientos de vías de esta ciudad? ¿Por qué hay tantos medios de comunicación que no informan al respecto? ¿Será que dependen de la jugosa pauta de las empresas de automóviles?


Nosotros continuamos la fiesta (ahora acompañada de poderosos bafles instalados por el señor gerente, buscando espantarnos), y nos dedicamos a llamar a la Secretaría de Movilidad para que viniera a remover los carros que invadían flagrantemente el espacio público. Lo hicimos a través de todos los canales, incluyendo el Twitter, tradicionalmente muy bien manejado por sus community managers, pero nada sirvió; la Secretaría de Movilidad decidió no hacer presencia en el lugar, y los carros pudieron seguir invadiendo el espacio público, como si fuera absolutamente legal.


¿Hasta cuándo?