Columnistas

緾u醠 tipo de negociaci髇?
Autor: Alfonso Monsalve Sol髍zano
17 de Mayo de 2015


Tratando de aplicar el principio de buena fe, me he preguntado insistentemente cu醠 es la raz髇 para que el Gobierno haga todo tipo de concesiones a las Farc a cambio de nada.

Din que llegue siquiera a importarle la reacción negativa, a estas alturas de la negociación, de una gran mayoría del pueblo colombiano. Y, además, violando su propia condición de que los acuerdos sólo entraran en vigor cuando todo esté acordado.


Después de darle vueltas al asunto, llegué a la conclusión de que podría deberse -siempre suponiendo la buena fe de Santos- de que estaría aplicando una teoría de la negociación en la que se fuerza al contradictor a llegar a acuerdos a pesar de que este no se encuentre comprometido realmente con el buen suceso de aquella y la use para ganar posiciones estratégicas que tienen que ver con objetivos diametralmente opuestos a los que dice buscar en la mesa. La idea es que la oferta sea tan apetecible y ventajosa que sea imposible rechazarla.


William Ury propuso una de ellas –hay otras- en su libro ¡Supere el no! Cómo negociar con personas obstinadas. Una de las estrategias aconsejadas, “ponerse del lado del oponente” implica tres cosas: “escuchar, reconocer y acceder. Escuchar lo que ellos dicen. Reconocer su punto de vista, sus sentimientos, su idoneidad y su prestigio. Acceder, cada vez que pueda”. Para hacerlo, hay que tender un “puente de oro”, en lugar de presionarlo, incluyéndolo en la solución, aceptando sus intereses, ayudándolo  a que quede bien y facilitando la negociación hasta donde se pueda.


Si se revisa  la historia ya larga de esta componenda, vemos que el Gobierno ha adoptado el punto de vista de las Farc de que existen, contra toda evidencia, causas objetivas que justifican sus pretensiones, es decir, que tienen razón en su rebelión; las ha puesto en el papel del Estado y del soberano –el pueblo- para decidir asuntos que tienen que resolverse con el pueblo mismo y no con ellos, que representan, a lo sumo, una fracción mínima de los colombianos, como los tipos de propiedad de la tierra y su acceso a ella y, el manejo de territorios; piénsese también en que está manejando con estas  el tratamiento de las víctimas de todos los actores armados y no sólo las de ese grupo, a las que de paso se niegan a reparar, como debería ser. Agréguesele el cambio radical en la política antinarcóticos, para favorecer sus intereses, aumentar la producción de coca y lavar el dinero del Cartel que tienen constituido, hasta llegar a la suspensión de la aspersión aérea de los campos sembrados de coca. 


Súmesele la suspensión de los bombardeos y la disminución, probada estadísticamente, de la ofensiva militar contra las Farc, tragándose el cuento del cese al fuego unilateral, que se convirtió, de hecho, en unilateral;  la creación de una comisión conjunta para estipular el destino de las Fuerzas Armadas, como quien dice, definiendo el futuro de estas con el enemigo que no las ha derrotado;  la aceptación de mentiras monumentales como la de esta semana, de alias Santrich, de que sólo tienen 10 o 13 niños en sus filas y bajo su “protección”; el auspiciar cumbre entre las Farc y el Eln en La Habana; el traer como héroes al país, desde Cuba, a conocidos personajes responsables de crímenes de guerra y de lesa humanidad, para “inaugurar” el desminado en Antioquia y Caquetá, en lugar de los individuos que sembraron las minas y saben dónde están colocadas, con el evidente propósito de darle pantalla y lavarle la cara a las Farc, a los pocos días del asesinato de 11 militares en el Cauca, que provocó  una avalancha de repudio a esa organización, a la negociación y al gobierno mismo, quien se vio obligado a “reanudar” –falta ver si es cierto- los bombardeos. Esto, por citar sólo algunos ejemplos.


Lo que Santos y sus negociadores no entienden, en caso de que mi hipótesis sea verdadera, es que las Farc no son una empresa en el mundo de los negocios lícitos, sino una empresa criminal determinada a tomarse el poder para instaurar en el país un estado narcosocialista, que no ha renunciado ni renunciará a su objetivo de la toma hegemónica del poder y que utiliza la estrategia de uso en los partidos totalitarios de negociar para debilitar al enemigo y prepararse para ganar la guerra. Mucho menos, si se ha renunciado a la estrategia de reducirlas militarmente hasta hacerlas  inviables. Si llegase ahora a firmarse un acuerdo, sería uno que dejara a las Farc en las mejores condiciones para su asalto final y no el que esperamos los colombianos, que fortaleciese la democracia, cerrase la puerta a la impunidad y recuperar las armas de esa guerrilla para nuestro Estado de derecho. Lo que sucede es que todos los días el gobierno les concede la razón, las hace quedar bien, les tiende un puente de oro, pensando que las va a “persuadir” de la “necesidad” de la paz, mientras éstas muestran sus orejas de lobo a caperucita  Santos. Si es que éste actúa de buena fe.


Sin una verdadera presión militar no hay negociación que valga, como las mismas Farc nos enseñan todos los días. Pero aquí la pantalla, la justificación sibilina, el acuerdo de hecho contra los intereses del país todo lo pueden. Ya nos están metiendo por los ojos, aunque digan que no, la tesis de que el presidente está autorizado por la ley del marco jurídico para firmar los acuerdos con las Farc sin que sean aceptados por el pueblo, mediante una ley habilitante. Con negociadores así....