Columnistas

¿Llegó el momento?
Autor: Sergio De La Torre
17 de Mayo de 2015


Decíamos antes que las Farc vienen dilatando los diálogos mediante rondas que se repiten sin cesar, con intervalos cada vez mayores.

Y que ahora se dan a razón de una por mes, y  esa tarda una semana, reservándose las otras tres para evaluar lo discutido, o para consultas, presumo yo. Y de paso para holgar y relajarse en la playa y los bares de la isla, tan placentera y paradisíaca para los turistas y visitantes, ya que no para los nativos del común.


Los comandantes, orondos, satisfechos, le dan largas a las conversaciones, pero no solo porque las llevan al ritmo de su reloj biológico, como aquí decimos al referirnos a los tiempos de nuestra ya larvada guerrilla rural, y de la Colombia urbana, que no son los mismos tiempos. Demoran el diálogo también porque así lo tienen calculado, con vistas multiplicar sus preciadas oportunidades de exhibición y comparecencia pública. Lo cual harto le conviene a una facción que permaneció escondida en la manigua colombiana o en países limítrofes como Venezuela durante una década.


En efecto, la exposición mediática (como con tanta elegancia se llama al hecho de andar mostrándose a toda hora en prensa y televisión) le sirve sobremanera a la guerrilla, pues le devuelve la identidad política, medio perdida de tanto dedicarse al narcotráfico y demás lucrativas actividades criminales. Le sirve por darle entidad y reconocimiento, así el mundo tenga que escuchar la misma monserga memorizada y vacía con que pretende catequizar a los labriegos desde hace 60 años. Tales letanías ya no se entonan ni en los santuarios aún sobrevivientes del stalinismo, como Norcorea y Cuba, pues no impresionan ni interpretan a nadie.


De cualquier modo, el tiempo manejado a su antojo es un elemento clave, por lo rentable, para los comandantes. Gracias a  él han logrado revivir, afuera y adentro, a una guerrilla muda y fantasmagórica hasta ayer, aunque por costumbre siempre letal. Si bien la mesa de La Habana se instaló hace dos años, añadiéndole los preparativos previos hoy ajusta cuatro. Tiempo suficiente para evacuar un temario que apenas va por la mitad. La demora es imputable a la guerrilla, y no hay excusa que valga. Ella se ha excedido en desafiar la paciencia colectiva, lo cual ha llevado al proceso de marras, de suyo frágil y vulnerable, a un punto en que podría colapsar porque la sociedad (exhausta e irritada, ya persuadida de que aquel no conduce a nada, que se juega con sus ilusiones y esperanzas) decida ponerle fin a lo que va configurandósele como una farsa. Muy costosa para el país y para un gobierno que, aplicado a ese objetivo, descuidó tareas inaplazables, urgentes para el orden social y el progreso económico, como la justicia, la infraestructura, la educación y el desarrollo agropecuario, casi todo los cual hoy está en crisis, cuyo radical remedio no da espera.


A raíz de la matanza del Cauca el presidente Santos anunció la reanudación de la ofensiva aérea sobre campamentos y laboratorios (cosa que no se ha visto todavía) y la fijación de plazos a las conversaciones de La Habana, lo cual tampoco se ha cumplido. Transcurridos dos meses de tal anuncio, ¿no cree el Gobierno que, estando en mora de hacerlo, debe proceder sin más vacilaciones? La muy previsible reacción o amenaza de las Farc en cuanto a que si se le pone límite a los diálogos se levantaría de la mesa, en mi sentir apenas sería una baladronada, de esas acostumbradas para presionar a la contraparte.


El panorama es claro para el Gobierno. Es hora de actuar, cobrando las concesiones que en cuanto a Simón Trinidad, glifosato, etc., se vayan haciendo, pues en una negociación de tal calibre nada puede regalarse. En caso contrario, con las encuestas empeorando y unos diálogos que no trascienden el caviloso, estéril murmullo al que se han reducido, esta noble y ardua empresa, con todo lo que ha costado, se perderá muy probablemente.