Columnistas

La guerra del abuelo y las democracias
Autor: David Roll
14 de Mayo de 2015


Hace 70 años acabó la Segunda Guerra Mundial y muchos lo ven como algo lejano y ajeno, y no es cierto.

No es lejano porque personas que conocimos quienes aún no somos ancianos participaron en ella. Y no es ajeno, porque configuró el mundo que actualmente existe, incluyendo el hecho de que proliferaran poco a poco las democracias por todo el orbe de ahí en adelante.


Aunque murió relativamente joven, alcancé a conocer de niño a mi abuelo Haim Roll Von Weissel, emigrante judío askenazí del Líbano, quien fue soldado norteamericano en la Segunda Guerra Mundial. Recuerdo que circulaba por casa el aviso de prensa de un periódico colombiano en el que se despedía de Medellín, su ciudad de adopción, para irse a pelear, por su patria francesa y por su pueblo judío. A lo mejor estuvo en la retaguardia en la sección de aprovisionamiento, pero varios miembros de la familia decían que había sido contraespía para evitar un atentado en el Canal de Panamá, y me inspiré en esa historia para hacer una novela para mi hija sobre ese hecho y otras aventuras de este personaje (como el haber venido caminando a pie desde Buenos Aires para ganarse un concurso de viajeros). Leyendas o verdades familiares aparte, hoy setenta años después de finalizada esa confrontación, caigo en la cuenta de que la guerra de mi abuelo, como la solíamos ver, fue realmente la guerra de todos, porque con su conclusión se transformó el planeta tierra, y de manera radical, positivamente.


Sobre todo hay que señalar que se derrotó a la principal amenaza que ha tenido la democracia en su historia, que fue el fascismo (el comunismo en la práctica lo fue muchísimo menos). La derrota de Hitler, Mussolini e Hiro Hito, no sólo supuso salvaguardar las principales democracias del mundo de su eliminación definitiva, como Inglaterra y Estados Unidos, y recuperar la mayoría de las que habían sido tomadas en la guerra, como  Francia,  Bélgica y Holanda, sino incluso convertir a la mayoría de los países derrotados en democracias ejemplares, como Alemania y Japón. Debemos reconocer por supuesto que se trató de un triunfo en alianza con la totalitaria y antidemocrática Unión Soviética, y hay que tragarse el sapo de que sin el genocida Stalin muy probablemente no nos hubiéramos librado del genocida Hitler. Pero el mundo posterior a ese fin de la guerra, que ahora se conmemora, es el mejor que ha habido en la historia de la humanidad en términos de paz y progreso, a pesar de las posteriores guerras en korea, Vietnam, Afganistán, Irak, Centroamérica, Yugoslavia Colombia y otros muchísimos problemas, varios aún no superados. Sin embargo es un mundo mejor al que nos esperaba bajo la dirección mundial de la Alemania nazi aliada con Japón, e incluso mucho mejor del que nos imaginamos quienes vivimos la Guerra Fría y consideramos que la destrucción nuclear estaba a la vuelta de la esquina.


El aniversario no debe servir en modo alguno para triunfalismos conformistas, a pesar de esta realidad de bulto de que la humanidad se salvó de que el mundo se convirtiera en algo parecido a lo que pintan las películas de moda como Hunger Games o Divergente. Es momento de repensar que no ha salido bien e inspirados en ese pasado en verdad glorioso de ese triunfo militar, buscar soluciones a esos problemas. Es indudable, como dice Piketty, que el capitalismo se desmadró, que las democracias de partidos proliferaron pero tienen problemas serios de legitimidad y eficacia, que la destrucción ecológica no es una ficción como demostró Goré y que la paz mundial está siendo seriamente amenazada por la nueva guerra fría entre Rusia y la Otan, por el fundamentalismo de algún sector del islamismo y por otros peligros de no poca magnitud. Me pregunto si mis futuros nietos recibirán un mundo mejor del que nos dejaron los abuelos, y sobre todo si lo que estamos haciendo las actuales generaciones, usted y yo en particular, tendrá una verdadera incidencia en ello.


 


* Profesor Titular Universidad Nacional