Columnistas

“En la cárcel, y no me visitasteis”
Autor: Luis Fernando Múnera López
4 de Mayo de 2015


Hace unas semanas la señora Elbacé Restrepo publicó en su columna de El Colombiano dos crónicas sobre la vida en la cárcel de Bellavista, en las cuales hablaba de las condiciones humanas de los presos. Es más preciso decir inhumanas.

Entre los comentarios que recibió de sus lectores había uno que decía: “¿Qué respeto por la persona humana y la dignidad de sus víctimas encuentra usted que han tenido los tenebrosos delincuentes que purgan sus crímenes en las cárceles? ¿Cree acaso que es más valiosa la dignidad de un asesino que la de su víctima?” 


Todos los juicios son legítimos, pero tienen efecto de espejo. Y éste no es la excepción. ¿Cómo puede nadie arrogarse la prerrogativa de decidir cuál ser humano tiene y cuál no tiene derechos y dignidad?


La pena que se impone a un delincuente no puede considerarse una venganza del Estado en beneficio de las víctimas. La pena que se impone al reo debe constituir una sanción condigna por el mal causado, amén de factor disuasivo a otros para que se abstengan de delinquir. Y en el fondo debe procurar resocializar a ese delincuente, educarlo y convertirlo en un buen elemento para la sociedad. 


Pero nada de ello se cumple, nuestras cárceles son centros de hacinamiento, que atacan la dignidad de los presos, y no procuran esa resocialización como lo ha reconocido la misma Corte Constitucional. Parece que la intención fuese que sufran la pérdida no sólo de la libertad sino de la condición humana.


El jurista José León Jaramillo Jaramillo, exprocurador general de la nación (e), presenta la propuesta siguiente que debería ser analizada por los responsables del asunto. “Por qué no concederles a los industriales que funden empresas (prisiones industriales dignas) y que generen empleo para los presos, ventajas tributarias, tales como que puedan deducir hasta un 30% de la renta que generen esas inversiones. Por qué no permitir las cárceles privadas, administradas por los particulares, pero vigiladas por el Inpec, siempre y cuando quienes disfruten de una cárcel privada deban cubrir los gastos de otro condenado sin recursos y liberar así recursos para atender a los presos abandonados a su suerte”.


Otro amigo nuestro, que tuvo la desventura de estar en la cárcel, enfrentó su cautiverio de manera reflexiva y constructiva. Cuando al fin logró superar los sentimientos de derrota y abandono, aprovechó su cautiverio para meditar de la siguiente manera sobre la vida:


“Uno puede aprovechar la cárcel para reflexionar o para rechazar lo que está viviendo.


”En las cárceles ‘el dolor es un momento prolongado que no es posible dividir en estaciones’. En las cárceles ‘el tiempo no progresa, sino que gira siempre en torno a un círculo de angustia’. ‘Los pesares vienen en fila a preguntar por uno a las puertas de la cárcel, y estas se abren de par en par para que pasen’.


”Allá la soledad se mete hasta lo más recóndito del alma, y solo la reflexión acompañada de mucha lectura, permite construir un mundo de esperanza. Allá se hacen con intensidad, cursos de maestría en humildad, paciencia y algo de esperanza. Entiendes que solo se pierde la libertad física, pero se acrecienta la ‘última de las libertades humanas — la elección de la actitud personal ante las circunstancias — para decidir el propio camino’.


”Lo último que quisiera acotar es que la historia de las prisiones no cambia, siempre son lúgubres, son sitios de tortura física y mental. Son también escuelas, para unos del crimen, para otros de estudios de posgrado en espiritualidad, humildad, paciencia y amor”. 


Esta reflexión constituye una mirada humilde, honesta y realista de la vida, válida inclusive si uno no ha estado en prisión.


Independientemente de que los presos pueden estar cumpliendo o no una condena justa, tienen derechos que la sociedad colombiana no les reconoce. Tienen el derecho a unas condiciones humanas y dignas en la reclusión y la preocupación del Estado por su recuperación para la sociedad. Y tienen el derecho al respeto y a la solidaridad de todos nosotros. La cual, inclusive es un mandato evangélico. Estamos lejos de que así sea.