Editorial

El dilema de la migración
26 de Abril de 2015


La muerte de unos 900 ciudadanos africanos y del Medio Oriente que en una semana naufragaron en el Mediterráneo cuando intentaban alcanzar playas europeas, ha enrostrado al mundo las tragedias de los desplazamientos de millones de personas hacia continentes que les representan la esperanza de paz, bienestar y progreso: Canadá y Estados Unidos, en Norteamérica; Europa continental, para el resto del mundo.

La que actualmente transcurre ha sido descrita como la mayor oleada migratoria humana tras el fin de la II Guerra Mundial, en la que millones de familias huyeron del nazismo y el fascismo. De acuerdo con datos oficiales, en Estados Unidos viven once millones de migrantes ilegales, en su mayoría llegados de Centroamérica. Las autoridades europeas calculan que sólo en 2014 ingresaron a los países comunitarios, 280.000 migrantes ilegales, con aumento en 138% frente a los que habían entrado en 2013; los estudiosos explican el crecimiento en la huida masiva de habitantes de Siria, Libia y de los países que no consolidaron sus gobiernos tras la Primavera Árabe. Más fuerte que la migración es la percepción desproporcionada y negativa que de ella tienen ciudadanos de los países receptores, quienes la calculan hasta tres veces mayor a la real y la convierten en queja o en motivo de movilización y dudosas agresiones raciales o religiosas contra los recién llegados a las naciones excoloniales. 


El crecimiento de la migración ha generado algunas aperturas, todavía tibias, como la acogida de Europa a los migrantes con título profesional que demuestren tener contratos de trabajo en su área de conocimiento en los países que los recibirán, o como el intento de regularización que ha promovido el presidente Obama a través de la acción ejecutiva con que buscó sustituir la inacción del Congreso para aprobar la reforma migratoria puesta a su consideración. La continuidad de los beneficios de la acción sólo podrá destrabarla el Tribunal Federal que actualmente estudia el recurso de apelación interpuesto para desmontar la medida cautelar impuesta por un juez local que suspendió la acción ejecutiva. En Europa, el Gobierno de Italia, mediante la operación Mare Nostrum, desarrolló acciones de acogida y protección a navegantes en riesgo en aguas del Mediterráneo. Pero ante la llegada masiva de migrantes que encuentran en la apertura de fronteras de un país, oportunidades para transitar entre las distintas naciones, los gobiernos europeos buscan consensuar una nueva política: la operación Tritón, que pretende evaluar y ser comprensiva de los motivos de expulsión en los países de origen,  y los de atracción que la Unión Europea ejerce sobre los inmigrantes, al tiempo que ser barrera de contención para millones de personas.


En sus análisis identifican las guerras civiles, conflictos políticos y batallas de clanes, como factores de expulsión de poblaciones que huyen en África y el Medio Oriente afectando a Europa; también revisan las guerras en torno al narcotráfico o desatadas por la criminalidad emergente en Centroamérica, algunas de ellas derivadas de fallas en los acuerdos de paz con grupos alzados en armas, como causa de las oleadas migratorias a Estados Unidos. Entender esas diásporas, debe permitir a los países receptores y la ONU focalizar sus programas de ayuda al desarrollo hacia el fortalecimiento de la institucionalidad y el apoyo a la superación de las guerras en los estados expulsores.


En el diseño de las políticas y destinación de recursos también cobra importancia, como se los pidiera el papa Francisco en intervención del pasado noviembre, la comprensión de su actuar y el combate a las mafias de traficantes de personas que en Europa y América abusan del desespero de millones de personas, poniendo en riesgo sus vidas como quedó registrado en las 3.419 muertes que Acnur registró en el Mediterráneo en 2014 o los 230 que la Organización Internacional de las Migraciones reportó entre enero y octubre del año pasado, cuando buscaban pasar de México a Estados Unidos. Los traficantes de personas incurren en técnicas y métodos tan infames que los analistas internacionales no temen en compararlos con los tratantes de esclavos que en los siglos XVI y XVII arrancaron a millones de personas de sus hogares, para venderlas al mundo como mercancías. Las vidas humanas sacrificadas en estos viajes desesperados son pérdidas para la comunidad humana, y en primer lugar deben enlutar a los países responsables de la expulsión y la mala recepción, que ha dado largas a la definición de políticas que contrarresten esta otra tragedia causada por las guerras irresueltas y los gobiernos ineficientes.