Columnistas

Simple relaci髇 costo-beneficio
Autor: Sergio De La Torre
26 de Abril de 2015


Nada m醩 c髆odo que cuestionar un proceso de paz, cuando la guerra ha abierto tales heridas y sembrado tantos odios.

En la historia de Colombia, y de América entera, nadie, independientemente de su color o tendencia ideológica, fue tan aborrecido por sus coterráneos como las Farc. Las tropas españolas de Murillo, verbigracia, y los chapetones que aquí las secundaban, no provocaron tanto repudio. Y hablando de ejércitos regulares, ni aún los más represivos que se conozcan, al servicio de sátrapas como Duvalier, Trujillo, Somoza, Pinochet, Videla o, yendo más atrás, el mejicano Huertas y el paraguayo doctor Francia, merecieron tanto rechazo. Porque en el ranking de la crueldad ninguno de esos tiranos o de aquellas facciones igualan a la guerrilla nuestra en sus excesos, que al comienzo eran ocasionales y se volvieron rutinarios con el correr de los años, cuando ella se mezcló con el narcotráfico y recurrió al secuestro para financiarse y de paso enriquecer a sus comandantes apoltronados en el “Secretariado”. El propio Fidel Castro, su ídolo y santón supremo, censuró tales prácticas, por ser ajenas a los principios e ideales que invocaban.


Lo más escalofriante que registran los anales de la criminalidad colombiana, por las simas de degradación alcanzadas, el volumen de víctimas y el saldo de cadáveres que arrojó, fue la llamada Violencia (con mayúscula, como con mayúscula se escribe Holocausto cuando aludimos al exterminio de los judíos en Europa a manos de los nazis). Se calcula en 300.000 los muertos de aquella “guerra civil no declarada”, que desangró al país entre los años 47 y 53. Pues bien, la hazaña de las Farc, en lo atinente a las vidas humanas que ha costado (alrededor de 200.000) todavía no iguala esa cifra, pero se le va acercando. Y en cuanto al daño, la depredación de todo tipo, el efecto letal sobre la inversión, el desarrollo industrial y la actividad agropecuaria (en todo lo cual, como en las víctimas, también tiene su parte el paramilitarismo, surgido en reacción a las tropelías de Tirofijo, al despojo y desplazamiento de tantos finqueros grandes y pequeños) en todo aquello, digo, también la guerrilla ha producido su daño, si no peor por lo menos igual al de la fatídica Violencia mencionada.


Ningún país del continente ha padecido una tragedia semejante a la que para nosotros representa esta guerrilla. Decirlo suena perogrullesco, pero el conflicto por ella avivado solo se resolverá a la brava, o negociando. Sabemos que la primera opción es bien difícil, por no decir que imposible. El último y mayor intento lo hizo Uribe, y no lo logró pese a concentrar toda la potencia militar del Estado en el empeño, que el mandatario sostuvo con fervor de cruzado. Dos períodos no bastaron, pero en el tercero, abortado por la Corte Constitucional, tampoco habría coronado su meta.


Todas las guerrillas de América Latina, incluida la peruana de Sendero Luminoso que, sin contar a las Farc, fue la más contumaz y sanguinaria, se vieron forzadas a tranzar antes de ser derrotadas. Pero con la nuestra la cosa es a otro precio: ella luce inextinguible, por estar ya larvada en la corteza y la piel de Colombia, diseminada y oculta en su extensa, accidentada topografía, que el Ejército no logra cubrir para, al taponarla, cerrarle todas las vías de escape. Además está Venezuela, que la acoge y ampara a necesidad, y que aloja a sus comandantes para que desde allí, sin exponerse, la manejen. Y por si no bastara, Farc tiene nexos y ramificaciones internacionales. En el lejano Paraguay, por ejemplo, ya apareció su réplica, que lleva el mismo nombre y le copia sus peores canalladas, vicios y mañas, entre ellos la sevicia inútil, el hermetismo, la pasmosa indiferencia frente al grave mal que a diario ocasiona.


A contrapelo del triunfalismo (o sea la fe en el triunfo final sobre los insurgentes) y de las alegres voces optimistas (no sabemos si genuinas o aparentes) que se oyen en el ala más dura del Establecimiento, el grueso de los ciudadanos ya nos apechamos de la realidad. Estamos persuadidos de la indestructibilidad de tal grupo. Imagínese la ofensiva más efectiva y eficaz que pueda emprenderse en su contra: siempre quedará un reducto, escondido en el más remoto paraje montañoso. Con eso basta para que la guerrilla retoñe, como el ave fénix de entre sus cenizas, por poético o impropio que suene el símil. Por esa sola razón práctica, pese a lo dicho atrás, y en gracia de ello, por graves que sean los incidentes y hasta las masacres con que se tropiece en el camino, siempre resultará mejor, cobijados por la comunidad internacional, negociar hasta conseguir un acuerdo que levantarse de la mesa. Dicho coloquialmente, sería como hacer una simple relación de costo-beneficio, cotejando al final pérdidas y ganancias.