Columnistas

Dinerocracia, lagartocracia y Meretrizocracia.
Autor: David Roll
16 de Abril de 2015


Hace varias décadas se publicó un libro titulado "En que momento se jodió Colombia", referido a la guerra, y hoy habría que reeditarlo.

Pero referido a la meretrizocracia, a nuestra democracia prostituida en amiguismos, lagarterismo, intercambio de nombramientos.  Todo menos la meritocracia.


Digamos la verdad, cuando nuestros padres y nuestros profesores le dijeron a mi generación que el mérito, especialmente el educativo, era importante para triunfar en vida, muchos nos lo creímos. Y estábamos equivocados. El narcotráfico llegó con su inagotable botín y la riqueza se convirtió en la reina de este país. Incluso quienes pregonaban con sinceridad esos valores los abandonaron en la práctica, pues esa generación habla con admiración de fulanito que tiene mucho dinero o se casó con quien lo tiene y nada más. Hasta  alguno de mis profesores más “éticos” se dedicó a defender a líderes de organizaciones criminales. No lo saben, pero la coca también le trastornó el cerebro a mucha gente que ni la vio, por esta vía de favorecer el dinero sobre el mérito.


Lo más grave es que no es cierto que el narcotráfico prostituyó a Colombia, fue realmente la política, el Frente Nacional, el miti miti, lo que convirtió al país en un terreno de negociación mafiosa. Todo tenía un precio, y apareció quienes podían pagarlo. Hubo unos adalides que no se doblegaron y murieron en el intento, conocidos y menos conocidos, pero todos ellos héroes. Una ovación a ellos. La cultura del mangoneo que vivimos es hija de ese matrimonio entre el dinero fácil y la forma de hacer política. Salió de ahí, pero se difundió por toda la sociedad. Son  millones de personas quienes no la practican y viven de lo que ganan con esfuerzo y mérito. Pero esto cada vez más se parece a “Walkin Dead”, la serie de televisión que muestra a unos pocos sobrevivientes huyendo de enjambres de zombis  tratando de devorarlos.


Lo peor es que hoy, y ad portas de un proceso de paz, la situación es preocupante. Quienes damos clases sobre democracia e intentamos convencer a los estudiantes de creer y participar en ella, nos queda muy difícil insistir en que los meritos llevan a los logros y decirles que siendo buenos estudiantes, profesionales y activistas democráticos tendrán posibilidades laborales, espacios políticos o reconocimiento social. Habría que esconderles los periódicos, apagarles la televisión, desconectarles el Internet para que no vean lo que está pasando en el país en todos los niveles, desde algunas de las altas cortes hasta los pequeños municipios y en las propias familias y las empresas.


Los caminos de la meritocracia sí existen,  y quizá se han ampliado un poco en algunos ámbitos. Pero son estrechos, culebreros, lentos y desalentadores. Sin ellos muchos no habríamos logrado ser profesores de la universidad pública, por ejemplo, pero también sabemos que en éste y otros funcionariatos públicos hay gente que ha entrado por roscas organizadas, desplazando a otros mejor preparados, y que en general el mérito no conduce al éxito sino la conspiración, el amiguismo ideológico o corporativo, etc.


Aunque algunos son campeones por acción en la antimeritocracia, en este tema muchos somos culpables por omisión o silencio. Casi toda la sociedad podría decirse. Cuando evaluamos los profesores por ejemplo a los alumnos sin distinguir el esforzado del vago, estamos atacando la meritocracia en sus cimientes, y esto se da en los trabajos públicos y privados, y hasta en las familias. El nepotismo es sano solo si el amigo al que llaman está bien preparado y tiene el agregado de la confianza, e igual sucede con el partidario político, el excompañero universitario y demás. Pero esto se ha vuelto un mercado a la salida de un templo, como el que arrasó Jesús en un arranque de ira humana.


Hay una esperanza. Esta nueva generación llega a la vida adulta aun con una cierta ingenuidad y optimismo. Por tener mucho acceso a la información han desarrollado mejor que las generaciones anteriores un concepto de lo ético que va más allá del discurso de los padres y profesores. No es sino ver como, salvo notables excepciones,  reaccionan ante las injusticias en las redes sociales y se identifican con causas a las que antes nosotros dábamos la espalda. Están un poco obsesionados con lo ecológico, con una justicia social sin pesadillas revolucionarias, con utopismos cinematográficos que les sacan las lágrimas, y con el decoro. Incluso se enfrentan a sus padres acostumbrados a pasarse las normas por la galleta y los confrontan cuando ven que su discurso y su acción van por dos caminos. Esa es la esperanza: Que no alcancemos a contaminarlos, y que logren ellos convertir a la meretrizocracia colombiana en una autentica meritocracia. Esa que soñamos con la Constitución de 1991, y que, no nos digamos mentiras: ya no nos tocó a nosotros.


* Profesor Titular Universidad Nacional