Editorial

Cae el telón
13 de Abril de 2015


La VII Cumbre Iberoamericana, que concluyó el pasado sábado en Ciudad de Panamá, marca un quiebre histórico en las relaciones de los países americanos desde el surgimiento de la dictadura castrista.

En el pasado deberán quedar las confrontaciones de origen ideológico, alimentadas por la dictadura cubana y sus aliados; por tanto, hacia el futuro se avizoran nuevas iniciativas de cooperación para enfrentar los problemas que comprometen a la población y la estabilidad del continente. Teniendo el horizonte despejado, la OEA encara el reto de velar por la Carta Democrática y escapar al silencio impuesto por el chavismo.


El tono antiimperialista de los hermanos Castro y sus aliados es fruto de una tendenciosa tergiversación de la historia continental a la que han contribuido algunos “académicos”. Ella tiene origen en las sanciones económicas con las que los Estados Unidos pudo contener sus pretensiones de expandir el comunismo al continente y en la decisión adoptada en 1962, con catorce votos a favor y seis abstenciones, por la Octava reunión de consulta de los ministros de Relaciones Exteriores que se cumplió en Punta del Este, de declarar contrario al sistema interamericano el marxismo leninismo y por ende excluir el Gobierno de Cuba de la OEA. Con el ascenso de gobiernos filocomunistas, los hermanos Castro recibieron un salvavidas económico y se hicieron a aliados políticos que asumieron la confrontación con Estados Unidos como causa propia que adelantar en los escenarios políticos.


Tras la decisión del Gobierno Obama de normalizar relaciones económicas y diplomáticas con Cuba, cabía esperar el retorno de los Castro al sistema interamericano y sus mecanismos de diálogo y cooperación. También, que el momento en que esto sucediera sería aprovechado como acto final y caída del telón de su representación. Protagonista indiscutible de este acto fue el presidente Obama, quien brilló en su última participación como jefe de Estado en estas cumbres continentales. Con habilidad, propició que el ingreso de Cuba tuviera el realce que anhelaban el dictador isleño, sus aliados continentales y los expectantes medios de comunicación. Con prudencia, se hizo el desentendido frente al extenso discurso con el que Castro se ratificó autoritario e irrespetuoso de las reglas, al tomarse casi una hora a pesar de los ocho minutos asignados a todos los presidentes para sus intervenciones. Y con gran elegancia participó de un extenso encuentro formal con el antiguo contradictor. Hábil,  se cuidó de entregar los esperados anuncios sobre reanudación oficial de relaciones diplomáticas y apertura de embajadas, así como el de exclusión de Cuba de la lista de países que apoyan el terrorismo, medidas sobre las que la diplomacia paralela y los medios de comunicación habían creado amplias expectativas. Sin cambiar libreto ni perder su rol de segundo protagonista, Raúl Castro disfrutó de ser nuevo amigo del Imperio y miembro  del sistema interamericano, limitó su lenguaje y hasta aceptó sin mayores sustos la notificación de Obama sobre que “Estados Unidos no va a dejar de advertir sobre los derechos humanos, la libre expresión y la libertad de prensa (en Cuba)”.


La capacidad diplomática del presidente estadounidense quedó confirmada en la habilidad que desplegó para contener la escaramuza iniciada por los presidentes del Alba con pretensión de reavivar la tradición antiimperialista, fabricando nuevos motivos y representaciones de choque de sus gobiernos extremistas contra Washington. A Rafael Correa lo silenció notificándole que “no estoy interesado en dar batallas que comenzaron antes de que naciera. Lo que me interesa es resolver problemas y trabajar con ustedes, movidos por el espíritu de la alianza”. De la señora Cristina Fernández apenas si se ocupó tangencialmente, y simplemente ignoró al presidente Nicolás Maduro, desentonado en su lenguaje, acciones y hasta en extender su discurso más allá de lo previsto, así tuviera audiencia mínima que escuchara sus exabruptos.


Aunque no consiguieron que Estados Unidos aceptara la batalla que le presentaron, Nicolás Maduro  y sus aliados de la doctrina antiimperialista, sí alcanzaron a bloquear las posibilidades de que la exigencia de 25 expresidentes hispanoparlantes y las esposas de los presos políticos en Venezuela tuviera el protagonismo que merecía y que hubiera sido aliento para la solitaria batalla por la democracia que libra la oposición en el país hermano.