Columnistas

Gaviria cormo catarsis
Autor: Sergio De La Torre
12 de Abril de 2015


No es f醕il hablar de Carlos Gaviria con ecuanimidad total, por lo ambivalente de los juicios e impresiones que su vida y obra suscitan en quienes, como yo, pese a no haberlo tratado nunca, muy espor醖icamente.

(Sólo cuando se avenía a que la prensa le publicara algo) lo leíamos y seguíamos sus pasos. Leíamos sus sentencias apodícticas y sus escritos ocasionales, de prosa decantada e impecable. Y repito: de muy rara difusión en los periódicos, propia de quien, ajeno a las vanidades del mundo, no gusta de exhibirse. Por algo Sócrates, tan parco con la pluma como hondo en sus coloquios, entre los antiguos fue uno de sus grandes guías.


Gaviria fue un maestro en toda la dimensión de la palabra. Gracias a lo cual y sin buscarlo llegó a la Corte Constitucional de los noventa, la primera, la más sabia y emblemática de cuantas hemos tenido en décadas. Allá, en su ámbito natural, dio de sí todo lo que de él se esperaba, que fue mucho si lo comparamos con el precario balance que suele dejar tanto colega suyo en tales recintos, según podemos constatar, cada vez más asolados. Por cumplimiento del período se alejó él de tan noble y fecunda labor donde, fiel a su vocación, tantos frutos podía rendir todavía. Pero aquí las cortes son transeúntes, y no vitalicias como debieran serlo y lo son, para provecho de la justicia y el derecho, por ejemplo en Estados Unidos y otras sociedades de similar prestancia. Un hombre así, tan escaso en su oficio, debió quedarse allá cuando, en plena fertilidad intelectual (cimentada en una vasta experiencia ciudadana y en los estudios y elucubraciones de toda una vida) la implementación de la Carta del 91 y la jurisprudencia que ella iba generando, más requerían de sus luces.


Descolló el profesor en la magistratura como muy pocos antes. Pero la vida, que no es lineal, tiene sus extraños giros en un país donde se echa de menos el mérito en el sector público. En lugar de volver a la cátedra o al magisterio ejercido desde su biblioteca, lo envolvió la marea de la política, entendida no como ese otro magisterio, desde el cual, al modo de los legendarios Sabios de la Tribu, impartiera enseñanzas y consejos, sino como la burda puja por curules que conocemos. La izquierda le ofreció una silla en el Senado y él se dejó tentar, movido por los mejores propósitos. Y vino lo predecible: su desempeño como congresista ya no fue el mismo que como juez. Mal podía serlo, en tratándose de escenarios tan distintos, donde no se respiran los mismos aires. La Corte respondía a su talante primigenio, pero en el Parlamento tuvo que mezclarse con la medianía espiritual que uniforma todas las bancadas, incluida la suya del Polo. Y a regañadientes, supongo, debió integrase al juego de la política menuda que allí se practica sin que nadie que quiera sobrevivir pueda eludirlo. Ni el mismísimo, perilustre Darío Echandía, personificación del decoro y la entrega, de quien se decía era la conciencia jurídica del país, y que cierta vez, despreciando la oportunidad que inesperadamente se le presentaba de ocupar el solio de Bolívar, preguntó: “ ¿y el poder para qué?“ , con displicencia propia del pensador griego o de los primeros cristianos.


El problema de fungir como congresista para un librepensador impenitente es que los partidos tienen una disciplina que acatar. Y ahí es donde personas de su calibre tropiezan y hasta se estrellan. Porque la triquiñuela y el disimulo nunca serán su fuerte. Son peces fuera del agua. No consiguen ocultar su ineptitud para los malabares y prevenir el desengaño que sigue, salvo que, sin moverse de la fila, se silencien bastante y opinen poco. La tal disciplina presupone militancia y ésta, por la connotación sectaria, cuasi-religiosa que tiene, se hace imposible en almas con vuelo propio. Después del rutilante triunfo del 2006 (que, quisiéramos creer, fue suyo y no del partido), donde obtuvo una votación jamás registrada por la izquierda, Gaviria se dejó arrastrar a una puja interna por la candidatura en la que lo molió Petro, su opuesto en todo sentido. La conclusión es obvia: él no cabía en ninguna bandería, dada su índole libertaria, contraria al vasallaje y la obediencia. O, más propiamente dicho, dado su corazón de anarquista, no en el sentido peyorativo y vulgar que se le da al término, sino en su acepción primitiva, la más bella y genuina, emparentada con el pensamiento de Nietzche y Tolstoi. Pero ya proseguiremos esta semblanza de un ser escogido y superior, que justamente ahora, con ocasión de su muerte, coincidente con el bochorno que abruma a la justicia, se ha transformado en catarsis para todos, los inocentes, y los que no lo son tanto.