Columnistas

La visita del papa
Autor: Alfonso Monsalve Solórzano
5 de Abril de 2015


El papa Francisco I ha dicho que visitará al país el año entrante como un apoyo a la paz que buscan los colombianos.

Es una noticia relevante dado que el Sumo Pontífice es la cabeza visible de los 1.200’000.000 católicos que hay en el mundo, entre los cuales se encuentra la mayoría de los colombianos y porque ha ganado protagonismo en el escenario mundial como exponente de la justicia, la reconciliación, la defensa de los abusados, de sus correligionarios y del pluralismo religioso (lo que le ha valido, entre otras cosas, convertirse en blanco de los radicales terroristas musulmanes). Su voz es escuchada con respeto por los líderes mundiales y gente común de todos los credos e, incluso, de los agnósticos.


El anuncio merece algunas reflexiones. A estas alturas ya está claro que todo mundo en Colombia, con un mínimo de decencia, piensa que la paz es una meta altamente deseable y necesaria. Lo que está en discusión es cuál es el precio que debe pagarse por ella. 


Es en torno a este punto sobre el que se ha librado un pulso desigual entre los que piensan, con el presidente Santos, que para alcanzarla, la sociedad colombiana debe estar dispuesta a aceptar todas las exigencias de las Farc, de un lado; y de quienes creen que, para asegurar una paz definitiva y una garantía de no repetición, es necesario que esa guerrilla cumpla con unos mínimos de verdad, justicia y reparación, así como ciertas condiciones políticas que no son negociables, del otro.


En efecto, el señor presidente considera que hay que ceder a todas las pretensiones  de las Farc aunque vayan en contra de la preservación del Estado democrático y liberal de derecho, no obstante se pase por encima de los derechos de los millones de víctimas que esa guerrilla ha ido produciendo a lo largo y ancho de la geografía nacional en tanto que es la mayor perpetradora de crímenes de guerra y de lesa humanidad en la historia de Colombia. Como si fuera poco, es partidario de se les conceda impunidad total a sus dirigentes (a través del mecanismo de remedos de penas)  y se les permita  lavar definitivamente los activos de la organización que se ha convertido en la mayor organización traficante de narcóticos y de otros comercios ilícitos.


Quienes creemos que esa es una estrategia equivocada, pensamos, por el contrario, que en la negociación se debe preservar la institucionalidad democrática, se debe reconocer y reparar a las víctimas de las Farc - porque en el Siglo XXI, la justicia y la paz sólo pueden conseguirse si se asume el dolor y la tragedia de éstas- y, en consecuencia, se garantiza que no se repitan los crímenes de los asesinos y delincuentes,  que la reparación se haga mayormente con los recursos ilícitos que las organizaciones delincuenciales han acumulado causando dolor y destruyendo el país, y que por supuesto, haya un castigo efectivo, así sea con disminución de penas, para los responsables de los crímenes atroces mencionados, precisamente, como seguro de no repetición y de verdad. Hay perdón relativo en aras de la reconciliación, pero no puede haber olvido. Ni la destrucción del sistema que asegura las libertades y derechos individuales.


Estas dos concepciones hacen parte de lo que se llama la opinión pública sobre el proceso, siendo la segunda, obstaculizada y estigmatizada por la primera, que abusa del poder del Estado y de alianza con algunos importantes medios de comunicación, para denigrar de aquella con toda clase de epítetos y maniobras administrativas y judiciales para acallarla, a pesar de que representa, según las pasadas elecciones - fuertemente cuestionadas en su transparencia- casi el 50% de la ciudadanía.


La experiencia acumulada nos enseña que la visita del Papa puede ser usada como arma arrojadiza contra la oposición, a la que se intentará acorralar de todas las maneras posibles, acusándola de enemiga de una paz en la que está de acuerdo el Sumo Pontífice, tratando de poner a los colombianos en contra de las tesis que aquella defiende. En realidad, esta andanada ya comenzó: Inmediatamente después del anuncio, el presidente Santos salió a instrumentalizar la visita y a sacarle partido, argumentando que es un espaldarazo al proceso que lleva en La Habana con las Farc.


Pero hay un truco en esa afirmación. Las conversaciones de La Habana son un hecho. De lo que se trata, de nuevo, es qué tesis van a defenderse en ellas. Y lo que ha dicho el Santo Padre hasta ahora es que su visita no es política. Es más, Francisco I considera que “hay que arriesgarse a cimentar la paz desde las víctimas (del conflicto colombiano), con un compromiso permanente para que se restaure su dignidad, se reconozca su dolor y se repare el daño sufrido” (www.semana.com, 03.04.2015)”. Esto no se parece a lo que defiende Santos; es más cercano a lo que la oposición ha defendido: las víctimas como un punto nodal de la negociación. Y ya sabemos que las Farc no reconocen sus víctimas o lo hacen de manera tramposa y que el gobierno admite esa posición. De manera que bienvenido el Papa y su visión reparadora de la paz.