Columnistas

Carlos Gaviria: un gran colombiano
Autor: Jorge Arango Mejía
5 de Abril de 2015


Carlos Gaviria fue un personaje ejemplar: como abogado, como profesor, como juez, y, sobre todo, como hombre que practicaba las mejores virtudes: generosidad, ecuanimidad, fidelidad a las ideas, respeto por los derechos ajenos.

Tuve el privilegio de compartir con él las tareas de la Corte Constitucional. Oirlo razonar era una experiencia inolvidable. Analizaba todos los argumentos propios y ajenos con una lógica implacable. Hacía gala de una capacidad diléctica formidable. A una inteligencia privilegiada, unía una memoria notable. De sus autores preferidos recitaba páginas completas.


Muchas veces estuve de acuerdo con él; otras veces discrepamos. Pero siempre el diálogo con él era constructivo. 


Fue liberal en el mejor sentido de la palabra: ajeno a todos los extremismos, enemigo de todo lo que significara imponer las ideas por un camino diferente al de la convicción. Además, era un pacifista ciento por ciento, que rechazaba la violencia en todas sus formas. Y respetaba las ideas de los otros, diferentes a las suyas.


Tenía un fino sentido del humor, muestras del cual eran  sus apuntes inesperados, que en ocasiones suavizaban las tensiones causadas por controversias especialmente difíciles.


Había una característica de Carlos Gaviria que podía pasar desapercibida para el común de las gentes, pero no para sus amigos: la sensibilidad. Con él era realidad la conocida frase: cuando un hombre sufre, toda la humanidad sufre. El sentía, compartía, los padecimientos de todos. No he conocido a nadie que entendiera y sintiera en la misma forma la hermandad entre los hombres.


Su naturaleza cordial y su sencillez le granjeaban la simpatía de todo el mundo. Además, se comprortaba con una urbanidad refinada, ajena a toda chabacanería. 


Era un amigo leal, cualidad tan rara en todos los tiempos. Cultivaba la amistad y respetaba la manera de ser de los amigos, los conceptos en que coincidían como las opiniones diferentes. 


Tenía una cualidad que no es frecuente: la franqueza. Decía lo que pensaba, con absoluta sinceridad, sin propósito de ofender a nadie y sin temor a quedar mal con nadie. Recuerdo un incidente que ocurrió cuando se discutía un proyecto de sentencia en la Corte.


A alguien se le había ocurrido demandar la ley que había adoptado el Himno Nacional. Con ese fin había redactado un farragoso documento, lleno de tonterías carentes de sentido. Cuando le llegó el turno de hablar, Carlos manifestó su opinión, pero comenzó su intervención con estas palabras: Que si la demanda era ridícula, el proyecto de sentencia que negaba sus pretensiones, lo era igualmente. Así dijo, con sinceridad, lo que todos pensábamos pero no nos atrevíamos a decir.


Sin exageración, puede afirmarse que Gaviria era una autoridad reconocida en filosofía del derecho. Su versación en esa materia era incomparable. Era ésta, precisamente, una de sus fortalezas cuando la controversia versaba sobre temas jurídicos: él sabía porque y para qué se había dictado una ley, cuál era su finalidad última. 


Durante toda su vida demostró una honestidad a toda prueba. Siempre ciñó su conducta a los más exigentes principios de la honradez. Acaso por esta razón, su única riqueza fueron sus libros


Era un escritor castizo que manejaba una prosa correcta, lo que le permitía expresar sus ideas con claridad. Para decirlo en resumen, escribía como si hablara, como si conversara. Por eso sus escritos eran inteligibles siempre.


Con María Cristina Gómez, formó una familia ejemplar. A todos ellos los acompaña hoy la solidaridad de los amigos, de quienes sentimos la ausencia de Carlos con la intensidad nacida del cariño y la admiración.


Se ha ido, en síntesis, un colombiano irreemplazable: por sus cualidades, por sus conocimientos, por su manera de ser. Uno tiene que resignarse a todo: no queda otro remedio. Pero cuando hombres como éste desaparecen, se tiene la sensación de que con ellos se ha ido algo de la propia vida, y que ha quedado un vacío que no llenarán los recuerdos.  Que ahí estará siempre, dolorosa e incurable, la ausencia del compañero.