Columnistas

Los activistas Montealegre y Ordóñez
Autor: Rubén Darío Barrientos
2 de Abril de 2015


¿En qué se parecen el fiscal Luis Eduardo Montealegre y el procurador Alejandro Ordóñez? En que ambos quieren ser candidatos a la presidencia de la República en el 2018.

¿Cuál es el tema que más los enfrenta? El proceso de paz. ¿Qué los hace protagonistas permanentes? El prurito de salir en los medios. ¿Qué circunstancia saliente los hará pasar a la historia? Que los dos navegan en las aguas de la extralimitación de funciones. La verdad es que si el presidente Santos no para de hacer política, estos dos personajes nacionales –con abismales diferencias ideológicas– no cesan de hacer lo propio. En eso, son infumables.    


El país está cansado del show diario de estos funcionarios, que no permiten pasar inadvertidos. La intervención incesante en temas que no les competen, hastía y polariza. Por ejemplo, El Espectador, en uno de sus editoriales le pidió a Montealegre que “cierre su micrófono”. El portal La Silla Vacía aseveró que “Montealegre es el aliado impenitente del gobierno para la paz”. Tienen de común, igualmente, que motivan por fuera de sus despachos (ondas hertzianas y periódicos). No entiende uno hasta dónde llegan sus ámbitos de control, porque hablan de lo divino y de lo humano.


Un día, Montealegre le notificó a Óscar Iván Zuluaga acerca de un interrogatorio en su contra, por el caso de Sepúlveda. Todo estaría acorde con sus tareas sino fuera porque lo hizo en la F.M. de Vicky Dávila. Al día siguiente, El Espectador lo tildó de “locuaz” en su editorial. El bumangués Ordóñez, le dijo a Santos que se iba a seguir metiendo en el proceso de paz porque así se lo ordenaba la Constitución. Ninguno de los dos conoce la prudencia, son incendiarios, se pisan las mangueras, ostentan una desmesurada ambición, se agarran en sitios públicos y no se limitan a su rol constitucional. Pullas van, pullas vienen.


Muchas veces el país siente que el fiscal y el procurador, utilizan los cargos indebidamente. Se vive en el ambiente que coadministran. Montealegre es un inocultable brazo político del gobierno, mientras Ordóñez es un tenaz opositor. Se sitúan en orillas bastante distantes y pelean por muchas cosas: que el narcotráfico pueda ser conexo con el delito político, el marco jurídico para la paz, las Farc, el matrimonio gay, el tribunal de aforados, los viajes de Timochenko, los apoderamientos y honorarios del fiscal cuando fungía como simple apoderado, Sandra Morelli, las sentencias de la corte constitucional, el sistema penal acusatorio, etc.


El fiscal le dijo al procurador que “su concepto de justicia es del siglo XVIII”. No se respetan, se agreden verbalmente en universidades, se enfrascan en rifirrafes, se sacan los trapos al sol, arman alborotos y destilan poder. La revista Dinero habló del “Club de la pelea” y escribió que con sus actitudes están obstaculizando la colaboración armónica entre los órganos de control. Se desbordan a diario y la desmesura los acompaña las 24 horas. Son soberbios y no saben de imparcialidad. Montealegre prejuzga con entera facilidad y se dedicó a perseguir a Sandra Morelli porque lo delató en sus andanzas en Saludcoop y en su proteccionismo a Palacino. Un columnista de El Heraldo, Óscar Montes, tildó a Montealegre de ser “el gran protagonista de la política del país”.


Ordóñez perdió dos peleas que le quitaron su fuerza impactante: los reveses en los casos Gustavo Petro y Alonso Salazar. Pero, por encima de todo, ambos han perdido los papeles. Son una especie de pierde-pierde. El espectáculo que vivimos los colombianos es deplorable. ¡Basta ya!, podría ser el titular del inconformiso de la gente. Sería muy bueno que Alejandro Ordóñez repasara el comportamiento de su homólogo antioqueño, Mario Aramburo Restrepo, quien ofició como procurador entre 1967 y 1970. Se circunscribía a sus funciones, era enérgico, prudente y se concentraba en sus tareas. Montealegre, comparativamente, si no tiene para donde mirar mucho en el espejo retrovisor…