Editorial

Una vida inspiradora
1 de Abril de 2015


La Iglesia, la Lengua Española y las mujeres libres suman a las celebraciones propias de esta Semana Santa 2015, el quinto centenario de nacimiento de Santa Teresa de Jesús (1515-1582), canonizada el 12 de marzo de 1622 por Gregorio XV y declarada en 1970 doctora de la Iglesia, dignidad que hoy apenas ostentan cuatro mujeres, siendo ella la primera en recibirla.

Los honores que le ha concedido el catolicismo hacen justicia a quien vivió, pensó, escribió y actuó buscando la perfección personal y reclamando que esta fuera camino de fe en la aproximación a la experiencia de Dios.


La vida holgada de su familia de mercaderes le permitió a Teresa de Ávila la oportunidad de disfrutar de la lectura y el análisis de libros que empezaban a circular, gracias a la reciente creación de la imprenta. Ser letrada y acceder a los escasos libros en circulación le permitió a esta joven conocer, analizar y comparar hechos y reflexiones de diversos autores. Como otros de sus contemporáneos transformadores del cristianismo, como Martín Lutero, o del catolicismo, como Erasmo de Rotterdam o San Luis Beltrán, Teresa encontró fallas en la Iglesia y en las órdenes que la representan, haciéndose disidente y reformista. Promovió, como ellos, cambios a instituciones que habían perdido rigor y capacidad autocrítica; escribió obras críticas del ser religioso de su tiempo, y experimentó, al lado de ellos, la necesidad de provocar cambios que tocaran los cimientos de la Iglesia y de la fe. 


Ella no siempre fue aceptada. Aún vivía cuando la Iglesia decidió emprender el camino de la Contrarreforma y poner en acción una de sus instituciones más cuestionadas: la inquisición, que persiguió a ilustrados, sobre todo mujeres, que buscaban respuestas en el conocimiento; la censura de los lectores oficiales, que afectó a Teresa por las modificaciones inapelables hechas a sus manuscritos, y el Índice de libros prohibidos (Index Librorum Prohibitorum), cuya lectura imponía pena de excomunión, y en el que fueron incluidas sus obras. La acción de un católico radical, el rey Felipe II de España, que ordenó su protección en el Palacio del Escorial, salvó para la posteridad, los manuscritos encontrados tras su fallecimiento. 


Disidente por su propia voluntad, como lo mostró al huir para hacerse monja carmelita, contrariando la voluntad de su progenitor, Santa Teresa radicalizó su espíritu contradictor de las ideas y fórmulas vigentes cuando determinó separarse del convento en el que era acogida y llevaba buena vida, para fundar, con otras doce monjas, la que se convertiría en la Orden de las Carmelitas Descalzas, carisma monástico radical en sus preceptos de silencio, oración, austeridad y trabajo. Esos principios, construidos junto a San Juan de la Cruz para fundar los Carmelitas Descalzos, controvirtieron y transformaron radicalmente las relajadas costumbres de congregaciones religiosas acomodadas al buen suceso de las riquezas que les proveía la Conquista americana y a la predominancia en la cultura de la Iglesia Católica.


La autoexigencia de Santa Teresa quedó documentada en sus obras autobiográficas y en sus guías de formación para la vida consagrada: Vida de Santa Teresa, el Camino de la perfección, Relaciones y Mercedes, Concepto del amor de Dios, las Fundaciones y Moradas del alma, considerado este último la más mística y perfecta de sus obras en prosa. Los tratadistas religiosos, los estudiosos de la Lengua y los lectores iniciados, resaltan la sencillez en la escritura de obras de inmensa profundidad y sabiduría, y algunos hasta consideran tal cualidad como predecesora del arte de la novela que años más tarde habría de perfeccionar don Miguel de Cervantes. A estos autores debe el español la norma estilística, aún vigente y necesaria, que reclama del redactor de todo texto escribir como habla, buscando la fluidez de la expresión y la claridad de la palabra. 


La historia del catolicismo reconoce en los santos Teresa de Jesús y Juan de la Cruz a dos de los máximos exponentes del misticismo, y la Iglesia Católica recomienda hoy, como no lo hiciera anteriormente, la lectura de su obra poética, como camino a la comprensión de la experiencia de la redención, motivo central de la Semana Santa.