Columnistas

Rescatemos el campo boyacense
Autor: Juan Manuel Galán
1 de Abril de 2015


Ser campesino no es una actividad económica; es una forma de vida. Recuerdo que una de las cosas que con más fuerza me transmitió mi padre, en vida, fue el amor por Boyacá, por su gente y especialmente, por sus campesinos.

Esta tierra, no solamente era el lugar de mis ancestros, o el escenario en el que se escribieron los principales documentos políticos, ideológicos e históricos del Nuevo Liberalismo; es también, una  tierra de libertad, desde donde debemos recuperar la dignidad pérdida de la política,  la esperanza de nuestro pueblo campesino boyacense y sobretodo,  el carácter pluralista del estado colombiano.


El reconocimiento del pluralismo cultural del campesinado colombiano, ha estado ausente de estrategias reales de protección, por lo que históricamente, se ha traducido en diversas formas de marginación y abandono económico del campo. Es sorprendente que las cifras actualizadas, muestren que Boyacá tuvo un aumento del 2.7% en su indicador de pobreza extrema, a pesar de que el promedio nacional disminuyó; o que el ingreso per cápita promedio fue de $391.566 y que con respecto a 2012, disminuyo un 4.2%. Es inaudito que la tasa de desempleo en el departamento, pasó de 7.3% en 2012 a 8.9% en 2013.


Es necesario dar respuesta a las sentidas denuncias sobre los altos costos de producción agrícola y la caída de los precios de sus productos; impulsar empresas asociativas rurales y finalmente, contener lo que ha sido llamado el envejecimiento de la población de agricultores, relacionada directamente con que la población más joven viene siendo enlistada en las Fuerzas Armadas para la guerra, o, decide migrar a los centros urbanos dejado el campo sin fuerza de trabajo. La meta es reversar esos indicadores, generar riqueza, ingresos, productividad, y que nuestro campo no se siga envejeciendo. Esa, puede ser en primera instancia una responsabilidad estatal y de cada campesino; pero también, es una responsabilidad nuestra, que podemos empezar a cumplir, reconociendo al campo como un modo de vida, promoviendo su diversidad, haciendo parte activa de la comercialización de sus productos.  Cada campesino es una identidad que no solo hay que reconocer, sino proteger.