Columnistas

La salud: un bien indefinible
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
31 de Marzo de 2015


Uno cae en cuenta de la importancia de la integridad de cada uno de los huesos de la mano cuando tiene la mala suerte de fracturarse alguno en una ca韉a tonta.

Unas semanas de dolor, de limitación funcional y de incapacidad para usar los cubiertos en la mesa, escribir unas notas o abotonarse la camisa, se convierten en un pequeño pero intensivo curso recordatorio de lo que pensaba un ilustre cirujano francés hace un siglo, René Leriche: la salud es la vida en el silencio de los órganos. Claro, cuando tenemos cálculos recordamos que tenemos vesícula biliar, cuando sucede la bronquitis recibimos la notificación -expectorante o silbante- de que hay bronquios y pulmones, cuando nos golpea el cáncer en alguna ubicación a que conduce ése extraño capricho del desorden del crecimiento celular, identificamos al órgano afectado. De lo contrario todos aquellos protagonistas pasarían en silencio por nuestras propias existencias, siendo tan íntima parte de cada quien.


Estos datos se relacionan con la gran dificultad de definir la salud. Ya es suficientemente conocido el cuestionable concepto del completo bienestar al que acudió la OMS a mediados del siglo XX. Claramente aquello de completo –cualquier particular, sobre todo mayor de cuarenta años- lo percibe como ilusorio. 


En todo caso la salud no es un bien comercializable. Lo que  equivocados sistemas normativos han convertido en un fatídico negocio es algo que guarda relación con la salud, pero no la constituye: tecnologías médicas, diagnósticas y terapéuticas, comercialización de bienes adquiribles en un multimillonario supermercado de polifarmacia y de modas envolventes, hiper-especialización, son aspectos –si bien vecinos y relacionados con el valor de la salud- que no la definen ni la agotan.


Medicalización de la vida y la muerte, horror colectivo al envejecimiento, quimeras de  condiciones físicas atléticas obtenidas en martirizantes rutinas de gimnasio y de consumismo, quirófanos atestados de gentes que se niegan a aceptar su condición corporal genuina, sustituyéndola por lo que imponga las leyes del mercado, no constituyen salud. Como ejemplo oscilan los volúmenes y formas de las siliconas según cambian los vientos propagandísticos y las conductas y veleidades de las masas. Se pasa del menos al más, luego del más al menos, luego de la naturaleza a la nueva modelación de la misma, hasta llegar a la caricaturesca y tragicómica imagen de la anciana de falsa exuberancia juvenil y  estrogénica.


Al convertirse la salud en bien comercializable se le degrada y corrompe. Se abre la puerta, como lo ha hecho el mundo occidental desde hace unas décadas, a la mitológica  devolución de la humanidad hacia una confianza en lo tecnocrático e instrumental, minúscula fe que en últimas no es sino expresión del pensamiento mágico egocentrista y pueril. Se busca fundamentos en lo externo y se deja de tener el piso en la realidad. De todo ello sagaces comerciantes, políticos, mercaderes y charlatanes, obtienen ganancias; habilidosos traficantes de la esperanza de los ingenuos. A fin de cuentas se reduce todo aquello que denominan derecho a la salud en uno más de los escenarios del mundo de los contratos.